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Cuidar al cuidador

En una sociedad que a menudo prioriza la productividad visible, contable en cifras de ganancias, existe un ejército silencioso y esencial cuya labor rara vez se reconoce en toda su magnitud: los cuidadores. 

Son pilares anónimos, por lo general familiares, que dedican su vida, su tiempo y su energía a asistir a un ser querido con una enfermedad crónica, discapacidad o dependencia. Su altruismo es una de las mayores expresiones de amor, pero la realidad es que el precio de este compromiso puede convertirse en una carga insostenible, que, frecuentemente, llevan las mujeres.

El acto de cuidar es física y emocionalmente agotador. El cuidador primario suele sacrificar su carrera, sus interacciones, su salud y su bienestar financiero. Este desgaste constante tiene un nombre: el síndrome del cuidador quemado (burn out). Los síntomas son claros y alarmantes: agotamiento crónico, aislamiento social, depresión, ansiedad, e incluso problemas de salud física graves, a menudo ignorados porque la persona dependiente siempre se percibe como la prioridad.

La paradoja es cruel: para poder ofrecer un cuidado de calidad a largo plazo, el cuidador debe estar sano. Sin embargo, el sistema y la cultura a menudo lo empuja al límite del colapso.

«Cuidar al cuidador» no es solo un eslogan de autoayuda; es una cuestión de salud pública y justicia social. No podemos darnos el lujo de ignorar a estas personas. Si el horcón que sostiene al niño pequeño, el familiar con discapacidad, el enfermo o el anciano dependiente, cede, se derrumba con él toda una estructura de organización familiar en la que cumple una función muchas veces subvalorada.

Durante los últimos años, en Cuba se han aprobado varias regulaciones encaminadas a respaldar a quienes ejercen esta función, entre ellas, el Decreto 109, publicado en la Gaceta Oficial de la República el 15 de octubre de 2024, el cual establece el Sistema Nacional para el Cuidado Integral de la Vida, muestra de la voluntad del país de articular las diferentes políticas y programas relacionados con las necesidades de cuidado y, al mismo tiempo, con la protección de los cuidadores.

Sin embargo, por muchas razones, las leyes no bastan. Por un lado, se necesitan cambios en la percepción social y familiar de esta actividad, de modo que las presiones y exigencias no se conviertan en sogas al cuello de uno o alguno de los miembros de la familia, sino que los roles se definan y compartan a partir de acuerdos y negociaciones justos y dinámicos donde el relevo y oportunidad de «coger un respiro» estén garantizados para todos por igual.

Por otro lado, la conciencia del autocuidado es una urgencia, no un lujo: aprender a decir «no» a peticiones adicionales, o a delegar tareas no esenciales; aceptar la ayuda externa; priorizar una rutina de sueño adecuada como base para mantener la energía física necesaria para el trabajo diario; romper el aislamiento, pues la soledad es uno de los mayores peligros: mantener contacto con amigos, participar en grupos de apoyo o buscar hobbies ajenos al cuidado, resulta un potente antidepresivo.

El cuidado es el motor invisible que permite que muchas personas sigan viviendo con dignidad. Es hora de dejar de ver a los cuidadores como héroes estoicos que deben poder con todo. Debemos asumirlos como lo que son: seres humanos que cumplen una función vital y que merecen, por derecho, ser cuidados también.

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