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La pandemia nos hizo envejecer

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«€œ»¡Ay, pero qué viejo se ve Fulano!»€, «€œ¿Viste que mal se ve Menganita?, ni la conocí.»€

Es probable que usted haya escuchado expresiones semejantes a estas después que empezamos a flexibilizar las medidas higiénico sanitarias en Cuba.

Una vez que los índices de contagiados y de fallecimientos descendieron, a la par que aumentaba el número de vacunados, con el desescalamiento, la vida comenzó a parecerse al menos un poco a lo que dejamos unos dos años atrás.

Sin embargo, al resurgir los encuentros presenciales, no siempre los rostros de amigos, conocidos y compañeros de trabajo a quienes habíamos dejado de frecuentar, nos resultaron semejantes a los que recordábamos.

Y así ha sucedido no solo en esta geografía insular, prácticamente en todos los países del mundo la gente ha envejecido más rápido que lo usual.

Es un fenómeno que corrobora el Doctor Markus Wettstein, catedrático alemán de la Universidad Heidelberg y una de las voces más reconocidas a nivel mundial en el campo de la gerontología.

Al frente de la Red de Investigación sobre el Envejecimiento de ese centro de estudios y autor de numerosos textos e investigaciones acerca del tema, este experto asegura que «€œestamos en medio de uno de los procesos más acelerados de envejecimiento a nivel global de los que tenemos memoria en la era contemporánea»€.

Interrogado sobre si realmente habíamos envejecido más rápido en estos tiempos de pandemia, el doctor Wettstein  asegura que, según sus encuestas e indagaciones, «€œlas canas y las arrugas empezaron a aparecer con una dinámica más veloz.»€

Como condicionantes de este envejecimiento acelerado, sobre todo referido a los mayores de 60, señala el aislamiento social que fue necesario implementar, así como el estrés traumático y postraumático, los dolores personales y comunitarios, así como la pérdida de proyectos personales o sus replanteos.

«€œAsí como los especialistas en infancia advierten sobre retrasos de la maduración en diferentes aspectos del crecimiento de los niños, los especialistas en gerontología nos sorprendemos con la aceleración de los procesos de decadencia»€, indica.

Lo asegurado por el experto claro que no puede generalizarse, se trata solo de tendencias. Pero lo cierto es que no pocas personas percibieron durante estos largos meses de pandemia síntomas de deterioro en el cabello, la piel, en su flexibilidad y fortaleza muscular, así como en el área cognitiva, entre otras. 

Tanto ha sido así que un estudio realizado por el centro Stony Brook de Nueva York estimó que el promedio de envejecimiento ronda una proporción de 3 años en 12 meses.

Es probable que ese estimado sea aun más difícil de tomar incluso como tendencia, sobre todo considerando la heterogeneidad de realidades y también de condiciones personales que  existen.

No obstante, hay coincidencias lo mismo por parte de especialista que de público en general «€“cuyas apreciaciones lo mismo dan a conocer en diálogos frente a frente que mediante las redes sociales u otras vías de comunicación- en que muchos perciben que sus cuerpos o han engordado o se han vuelto mucho más delgados, flácidos.

Concuerdan en que han aumentado las molestias osteomusculares a causa de sedentarismo, de malas posturas, lo mismo en el teletrabajo que por largas horas dedicadas al esparcimiento frente al televisor u otras pantallas digitales. Se perciben y autoperciben más canas y arrugas, más ojeras, menos cabello, huellas más marcadas en el ceño o las comisuras de los labios, por no hablar de las maldecidas patas de gallina.

La oreja peluda del estrés

Es sabido que mientras más estrés, mayor es el deterioro. Y sin dudas los aislamientos o confinamientos, así como las incertidumbres, inseguridades, y ansiedades, así como los dolores a causa de la pérdida de seres queridos nos han pasado factura traducidos en estrés.

Y este indeseable puede expresarse, entre otras cosas, también en un mayor deterioro físico. Así lo comprobó, por ejemplo, el biólogo Bing Zhang y su equipo de científicos de la Universidad de Harvard, donde constataron que en ratones sometidos a estrés se hiperactiva el sistema nervioso simpático y ello da al traste con una significativa pérdida de determinadas células de los folículos pilosos, es decir, los asociados con el pelo.

También las dificultades para conciliar el sueño han hecho de las suyas, y se ha constatado que en la actualidad acuden a las consultas más que nunca personas aquejadas de insomnio. Tales cotas ha alcanzado el fenómeno que ha sido llamado coronasomnia.

Según un estudio Universidad de Southampton a nivel global uno de cada cuatro individuos mayores de 45 años sufren hoy ese mal, que entre otras cosas se traduce en evidencias físicas acordes con el envejecimiento fácil.

De tristezas y otras malas hierbas

Cuenta una abuela que durante los peores días de aislamiento, aunque se la pasaba angustiada por cómo estaba su nieto adolescente, decidió no llamarlo porque, después de preguntarle por su salud, se mantenía en un molesto silencio del lado de allá de la línea telefónica porque, en verdad, no tenía nada más que contarle. 

Así resultaban de semejantes los días,  sin novedad agradable que compartir y muchas veces sin interacción con otras personas. El tiempo parecía haberse estancado o fluir asombrosamente lento, como incómoda melaza, y todo eso conspiró también al estrés, en este caso atentando contra esferas como la memoria.

En general, esa y otras manifestaciones se inscriben bajo la llamada Fatiga pandémica, asociada a depresiones, tristezas y desconciertos que igualmente restaron a la lozanía de mentes y cuerpos.

Y aunque esos impactos se hicieron evidentes sobre todo a medida que los individuos sumaban calendarios de vida,  también adolescentes y jóvenes sufrieron efectos similares por percibir que se les iban meses, años entre las manos, y con ellos, también proyectos de vida. 

Pero si ellos la pasaron mal, a veces muy mal, los de mayor edad y en especial los adultos mayores sufrieron al sentir que se les escapaba un tiempo precioso, probablemente de los últimos, para compartir con los suyos y disfrutar de esa cuenta ya regresiva.  

Vale aclarar que envejecer es un proceso biológico indetenible e inevitable «€“al menos hasta ahora-, pero que también puede discurrir cargado de satisfacciones y sin discriminaciones edadistas. Sí se ensombrece y apura al sobrevenir la sensación de haberse desconectado del mundo, de todo sentido de utilidad y de la cercanía de los afectos.

Más envejecidos, pero»€¦

A pesar de las huellas que ha dejado esta pandemia «€“y que aún deja, porque una buena parte del mundo sigue padeciéndola duramente-, incluyendo esas huellas visibles equivalentes a envejecimientos acelerados, también dejó saldos en la orilla de lo positivo.

Al menos en esta Isla, constatamos una vez más, muchas veces, cuánto de valiosa puede ser la solidaridad humana, el Nosotros desplazando al Yo. 

Con vivencias como esas -que desbordan el magnífico y sacrificado trabajo del personal de salud, de los científicos con las cinco salvadoras vacunas y de muchas estructuras de dirección, empezando por la dirección del país-, es más fácil retomar el camino, a pesar de nuevas canas y arrugas.

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