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El genocidio que crece desde el silencio

Como bombas silenciosas destinadas a exterminar al pueblo cubano, caen semana tras semana las medidas y sanciones de Estados Unidos

Con una retórica política que no resiste el más mínimo análisis lógico ni se sostiene sobre hechos verificables, la actual administración estadounidense hace todo lo posible por destruir a Cuba, su ejemplo y su Revolución, aunque el costo sea la vida de seres humanos que solo desean vivir en paz.

Según datos de la Organización de las Naciones Unidas, la mortalidad infantil se ha duplicado, alcanzando 9,9 muertes por cada 1.000 nacimientos. El mismo informe advierte que la supervivencia al cáncer infantil cayó del 85 % al 65 %, un retroceso grave en la atención médica. Además, la disponibilidad de medicamentos esenciales apenas llega al 30 % de los niveles normales de suministro.

Como si esta situación no fuera ya alarmante, el informe revela que la producción alimentaria disminuyó en un 60 %, lo que ha provocado un aumento drástico en los precios de los alimentos básicos. Los apagones eléctricos superan regularmente las 20 horas diarias, y más de 2.900 toneladas métricas de alimentos quedaron bloqueadas por la suspensión de servicios de navieras.

Estos datos evidencian cómo el cerco energético y las presiones de Washington contra terceros países han incidido negativamente en la calidad de vida de los habitantes de una nación que, pese al bloqueo, ha desarrollado una industria biotecnológica robusta y con avances únicos. Hoy, sin embargo, sus proveedores enfrentan también las consecuencias del cerco genocida, lo que limita sus capacidades y amenaza la salud de miles.

El pueblo cubano sufre, y ese sufrimiento es el objetivo declarado de figuras como Marco Rubio y de quienes han secuestrado la política de Estados Unidos hacia Cuba, convirtiendo la muerte y el genocidio silencioso en un lucrativo negocio.

Con total desfachatez, han declarado que esperan que las altas temperaturas del verano se conviertan en aliadas de su macabra estrategia. Pretenden que el calor y la imposibilidad de conservar alimentos provoquen un estallido social en Cuba, uno que justifique las más duras acciones e incluso contribuya a materializar la tan cacareada agresión militar contra los cubanos.

Cada porcentaje de esos informes tiene un rostro, un nombre, una historia. No solo duele a los familiares, sino también al médico que no pudo aplicar el tratamiento necesario porque alguien, desde un campo de golf, una lujosa recepción o una gran oficina en Washington o Miami, decidió que para quienes viven en Cuba no habrá medicamentos, no habrá comida, no habrá petróleo para alumbrar las casas ni poner en marcha las fábricas, y mucho menos divisas para comerciar.

Las más elementales relaciones económicas de Cuba deben ejecutarse de manera furtiva y a veces con tazas de riesgo, por las amenazas y acciones que buscan sembrar miedo y provocar la estampida de empresarios que mantienen relaciones con Cuba.

Esta guerra, el pueblo cubano la enfrenta con enormes reservas morales y humanas, con estrategias para hacer frente a esta agresión asimétrica, con la determinación de no claudicar en nombre de quienes han sido las víctimas fatales de esta agresión.

Es una resistencia que se levanta desde la dignidad y la resiliencia, y que convierte el dolor en fuerza para seguir defendiendo la vida.

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