El espectáculo del verdugo en la ONU
Hay que tener un cuajo moral muy descompuesto para pararse en el plenario de las Naciones Unidas, ajustar los micrófonos ante los representantes de todo el planeta y acusar a un país de «Estado fallido» cuando se lleva décadas apretándole el cuello con una soga de asfixia económica calculada al milímetro

Hay que tener un cuajo moral muy descompuesto para pararse en el plenario de las Naciones Unidas, ajustar los micrófonos ante los representantes de todo el planeta y acusar a un país de «Estado fallido» cuando se lleva décadas apretándole el cuello con una soga de asfixia económica calculada al milímetro.
Pero Donald Trump nunca ha necesitado coherencia, pudor ni apego a la verdad, su intervención este 22 de septiembre en Nueva York no fue un discurso de Estado; fue otro acto circense de bravuconería imperial, cargado del tufo supremacista y neofascista que define su trayectoria política.
La respuesta de Cuba estuvo a la altura del agravio y de su historia: el canciller Bruno Rodríguez Parrilla y la delegación de la Isla se levantaron de sus asientos y abandonaron la sala.
Ese portazo diplomático no fue solo un acto de dignidad elemental frente a las mentiras de un mitómano consuetudinario; fue el desprecio legítimo de un pueblo soberano ante quien pretende dictar sentencias de muerte desde el podio de la hipocresía internacional.
Calificar a Cuba de «fallida»mientras se le impone una guerra económica despiadada que solo en el último año provocó pérdidas millonarias es la consumación perfecta del cinismo.
¿Cómo se mide el funcionamiento de una nación a la que se le persigue cada barco de combustible, a la que se le prohíbe importar piezas para sus termoeléctricas y a la que se amenaza a cualquier banco internacional que intente procesar un pago de medicinas o alimentos?
El propio diseño de la política de «máxima presión» inaugurada por su administración —y sostenida como garrote de Estado— tiene como fin confeso provocar el hambre, la desesperación y el colapso de los servicios básicos.
Desde enero de 2026, el cerco naval y financiero contra los suministros petroleros ha llevado la vida cotidiana de las familias cubanas a un límite desgarrador: apagones que castigan la noche de nuestros ancianos y niños, salas de hospitales funcionando bajo una tensión agónica y una escasez de fármacos que afecta a millones de enfermos crónicos.
Convertir ese dolor deliberadamente inducido en un argumento de campaña para declarar el «fin inminente» de la Revolución no es diplomacia; es la lógica perversa del torturador que culpa a la víctima de sus propios hematomas.
Para alimentar la paranoia de los sectores más reaccionarios del sur de la Florida y distraer a su propia sociedad de las fracturas internas que carcomen a los Estados Unidos, desempolvó los manuales más rancios del macartismo.
No sorprende, habla el mismo personaje que construyó su capital político llamando delincuentes y violadores a los migrantes latinoamericanos; el que enjauló niños en la frontera sur; el que azuzó turbas para asaltar el Capitolio de Washington cuando las urnas no le dieron la razón; el que ha hecho de la mentira compulsiva un método de dominación cotidiana.
Ese mesianismo grotesco con el que cerró su diatriba, prometiendo una supuesta «libertad» respaldada por el «poderío militar incomparable» del Pentágono, deja al descubierto el verdadero rostro del neofascismo contemporáneo: si un pueblo se niega a arrodillarse ante los designios corporativos de Washington, se le condena a la muerte por asedio o se le amenaza con el fuego.
Bien lo denunciaron voces dignas en el plenario, como la representación de Brasil, al calificar este cerco prolongado por lo que en estricto derecho internacional representa: un crimen de lesa humanidad, un castigo colectivo contra más de diez millones de seres humanos por el único delito de defender su independencia.
Trump puede gritar en Nueva York, inventar conspiraciones de bolsillo y amenazar con el fuego de sus arsenales.
Sin embargo, ignora la lección fundamental de estos más de 60 años: a este archipiélago se le puede privar temporalmente de petróleo o de luz, pero no se le puede comprar el alma.
Frente a la prepotencia del imperio decadente, Cuba seguirá respondiendo con la serenidad de los justos.
El verdugo pasará, sus bravatas se oxidarán en los archivos de la infamia, y la bandera de la estrella solitaria seguirá ondeando limpia, sin amos y sin miedo.
