Lo que le faltaba al Balón de Oro
El resultado no convence a nadie y siempre quedará la frase comodín: “El fútbol es subjetivo”; una auténtica lavada de manos para eludir cualquier responsabilidad

Si algo le faltaba al Balón de Oro para caer en el desprestigio total era que los propios futbolistas se fajaran entre ellos para demostrar quién tiene más méritos. Porque, al parecer, no basta con que periodistas, exjugadores, aficionados, algoritmos, tertulianos y señores que gritan frente al televisor discutieran durante meses sobre el ganador.
Ahora también hay que añadir al menú las declaraciones cruzadas de las estrellas, convertidas en una especie de debate electoral donde todos prometen representar al fútbol mejor que nadie y ninguno acepta haber perdido.
Las recientes palabras de Kylian Mbappé y Lamine Yamal han embarrado todavía más un galardón que lleva años caminando por el filo de la credibilidad, con la elegancia de un defensa central en una pista de hielo.
Cada edición del Balón de Oro parece menos una ceremonia deportiva y más una junta de vecinos en la que todos llegan con pruebas, vídeos, estadísticas, testigos y una carpeta titulada “Razones por las que yo sí”.
El problema no es que los futbolistas hablen, faltaría más. Tienen todo el derecho a defender su trabajo, valorar su temporada y explicar por qué creen merecer un reconocimiento.
El problema es que el Balón de Oro ha logrado convertirse en una competición tan confusa que cada candidato parece obligado a ejercer de abogado, fiscal y perito de su propia candidatura. Ya no basta con jugar bien: hay que presentar un informe económico, un documental de Netflix y una declaración jurada de impacto emocional.
Durante años se nos explicó que el premio reconocía al mejor futbolista del mundo, pero después descubrimos que también importaban los títulos colectivos, pero no siempre.
Luego aparecieron las estadísticas, aunque tampoco todas; más tarde se incorporó otra narrativa: el regreso, la redención, la juventud, la épica, el liderazgo, la mirada intensa durante el himno. En algún momento, incluso respirar con suficiente dramatismo pareció convertirse en un criterio válido.
La confusión es tan grande que nadie sabe si se premia al mejor jugador, al más decisivo, al más regular, al que ganó más títulos, al que marcó más goles o al que protagonizó la historia más emocionante. La respuesta oficial suele ser: “Todo cuenta”. Una fórmula muy útil, porque permite justificar cualquier resultado y, al mismo tiempo, su contrario.
Si gana un delantero goleador, se dirá que los números mandan, si es un centrocampista, se reivindicará la influencia invisible, si se impone un joven, se hablará de revolución generacional, si vence una estrella veterana, se celebrará la jerarquía.
En fin, el resultado no convence a nadie y siempre quedará la frase comodín: “El fútbol es subjetivo”; una auténtica lavada de manos para eludir cualquier responsabilidad.
Lo único seguro es que, cuando se anuncie el ganador, muchos quedarán insatisfechos, y ahí está, probablemente, la única tradición de este vituperado premio que todavía conserva una regularidad admirable.
