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Celia y el fulgor de su presencia vital

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Celia no fue nunca heroína inalcanzable, sino líder popular y querida, en la que anidaron, de forma natural, la bondad y el detalle

celia sanchez
Celia no fue nunca heroína inalcanzable, sino líder popular y querida, en la que anidaron, de forma natural, la bondad y el detalle. Foto: Tomada de exposición colectiva en Sandino, Pinar del Río

Alojada en el pecho de un pueblo que, a pesar de su ausencia física y del paso de los años, le sigue profesando un cariño proverbial, Celia, nuestra eterna Celia, «no es un silencio que el sepulcro encierra/ sino una idea viva que fulgura», como lo señalara en sus versos Jesús Orta Ruiz.

Es por ello que cada enero su presencia vital suele renacer en la memoria de quienes no olvidan a la niña que, junto a su padre, honró al Maestro en el año de su centenario; a la primera guerrillera de verde olivo en la Sierra Maestra; a la combatiente temeraria de la clandestinidad; a la luchadora que «cargó» en su mochila la historia escrita de la guerra; a la dirigente imprescindible de la Revolución, y a la madrina de todos, en cuyo regazo encontraron amparo los niños huérfanos, las mujeres sin derechos, las madres necesitadas, los campesinos desposeídos o los obreros más humildes.

Otros muchos cubanos la recuerdan desde el respeto y la admiración que conquistó con tanta entrega, sencillez y altruismo. Porque siendo ya toda una leyenda, Celia no fue nunca heroína inalcanzable, sino líder popular y querida, en la que anidaron, de forma natural, la bondad y el detalle.

Escurridiza para recibir honores merecidos, nuestra «flor más autóctona» prefería hacer, crear y fundar sin llamar la atención, aunque la huella de su obra se esparce latente por toda la Isla. Se sentía más cómoda con ropas modestas y alpargatas que vistiendo de etiqueta; comía poco y fumaba mucho, pero trabajaba casi sin descanso; ningún dolor o problema social le eran ajenos y era feliz manejando su auto sin escoltas, dialogando con los hombres del surco o los pescadores, y cuidando de las plantas y de los animales.

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Al lado de Fidel, la Heroína de la Sierra y el Llano hizo muy suya la bandera de la modestia y el de­si­n­terés. No en balde en su sepelio, aquel tristísimo 11 de enero de 1980, hace hoy 43 años, Armando Hart Dávalos afirmaría que «en el carácter de Celia se integran la dulzura, el cariño, el afecto, la alegría de vivir con la más rigurosa exigencia, en los principios y en el trabajo revolucionario (…) era como la justicia: humana y exigente».

Esa es la esencia que le ha ganado la sobrevida, porque Celia vive en el aroma de las mariposas, en los ríos más transparentes del lomerío, en la sonrisa limpia de un niño, en la verdad y en la esperanza; vive en la soberanía que nos abraza en cada despertar.

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