El sonido que siempre me ha acompañado

Rogelio Castillo
Recuerdo que mi madre hacía siempre las labores de la casa escuchando el sonido de la radio. No es que buscara al azar un programa, tenía rutinas muy específicas. En las mañanas disfrutaba de uno de los musicales, que conducía Machín de la Peña, locutor muy querido en esta región y primo de mi padre. A ese, le seguía un programa que se nombraba «Por nuestros campos y ciudades»», que trataba temas de salud a través de dramatizados.

A las doce del día, como en muchos hogares de Cuba, en el mío se disfrutaba de «Alegrías de sobremesa»», el humorístico que tenía, en mi familia, el añadido de que Alberto Luberta había sido amigo de mi padre durante su infancia y juventud, en Marianao, donde ambos vivían muy cerca. 

Siempre que viajábamos a La Habana íbamos a Radio Progreso a disfrutar de «Alegrías de sobremesa»», que se hacía en vivo, en un estudio de esa emisora, y, con ello, mi padre tenía la posibilidad de saludar a su estimado amigo, con él, mantenía largas conversaciones en las que repetían casi siempre los mismos cuentos de una añorada etapa de sus vidas.

Gracias a esa amistad no teníamos que hacer la interminable fila que diariamente se hacía para acceder al estudio y disfrutar de ese popularísimo programa. 

Siendo aún niño, nos visitó Luberta en casa con parte del elenco de «Alegrías de sobremesa»», habían venido a Santa Clara para transmitir desde aquí varios programas. Algo usual en aquella época, los espacios muy notorios tanto de la televisión como de la radio giraban por el país.

En esa visita lo acompañó, entre otros actores, la reconocida Aurora Basnuevo, quien interpretaba el papel de Esterbina y cuando bajamos las escaleras del edificio donde entonces vivíamos, emplazado justo en una de las esquinas del céntrico parque Leoncio Vidal, había una enorme cantidad de personas aglomeradas para saludar y aplaudir a la actriz que fue premiada por el pueblo, mucho antes de recibir el Premio Nacional de Humorismo. Tuvo que venir la policía para ayudarla a llegar al hotel Santa Clara Libre, donde se hospedaba, porque todos querían decirle una frase cariñosa, conversar con ella, tomarse una foto o lograr una firma de la actriz.

Por las tardes, mi madre escuchaba las novelas de la radio, las cuales, a pesar de ser una a continuación de otra, todas ganaban su atención. En su mayoría eran versiones muy buenas sobre novelas clásicas, universales y cubanas, quizás, por ello, las amas de casa tenían entonces un nivel cultural que hoy desgraciadamente no se aprecia.

Cuando estudiaba en la primaria había varios incentivos para lograr que nos portáramos bien en las clases, uno de ellos era ganarnos el derecho de ir hasta el estudio de la CMHW, a grabar el programa infantil «Chirrín chirrán»».

Tuve la suerte de estar muchas veces en él, ahora no creo tanto que fuera por mérito a nuestro buen comportamiento sino porque la escuela era muy cercana a la Emisora Provincial de Radio. Ningún niño entonces dejaba de escuchar ese programa, de la misma manera que todos nuestros hijos disfrutaron más tarde de «Pañoleta azul»», siendo para muchos el incentivo para abandonar la cama y prepararse para ir a la escuela.

Ambos programas fueron ideados y dirigidos por el que hoy es Premio Nacional de Radio y amigo mío, además de que desde hace ya algunos años somos vecinos, Rogelio Castillo.

Aristides Vega

Tuve el placer de entrevistarlo en el 2014 como parte de una serie de programas realizados por la Dirección Provincial de Cultura para la televisión. En este, conversaba con personalidades de la cultura villaclareña en las que, por supuesto, se encontraba él. Hacía poco tiempo había perdido a su esposa y fue una entrevista muy emotiva, donde su sinceridad en todos los asuntos que conversamos me conmovió de manera muy especial.

En los primeros años del nuevo siglo me propusieron ir al programa de radio que dirige Madelaine Arteaga en la CMHW, la muy escuchada revista «Hablemos»», para sostener una sección donde recomendara a los oyentes, la lectura de un libro. Fueron muchos años promoviendo, cada jueves, un libro que estuviera en existencia en las librerías, y, muchas las gratificaciones que recibí por esa labor. Personas que en la calle me hacían saber que habían disfrutado de un libro gracias a mi recomendación. Todavía hoy, cuando ya hace algunos años recesé en esas funciones, las personas recuerdan mi participación en ese programa donde fui acogido con afecto y mucho respeto. 

Hace muchos años leí un artículo que anunciaba el fin de la radio con la era digital. No sé a qué se deba, pero hay mucho placer en algunos por anunciar el fin de las cosas. De igual manera he leído otros que aseguran el fin de la impresión de libros. Lo cierto es que solo hay que andar por la calle para escuchar la radio que asoma por cualquier ventana, puerta entreabierta o resquicio de las casas y los establecimientos que no dejan de escucharla, como en las guaraperas, los talleres, las bodegas y en muchos centros de trabajo.

Sucede con frecuencia que algún vecino me hace saber que me escuchó en la radio ofreciendo alguna entrevista y cuente con pormenores cuanto dije. Pudiera asegurar que como mismo recuerdo a mi madre escuchando la radio, hay muchos que siguen pendiente de esa magia. Mi suegro es uno de ellos. Arregla sombrillas y paraguas escuchando la radio, por eso conoce todos los grupos de música existentes. Hace pocos días hablaba con él por teléfono y me dijo: -Ahí está el Sabina ese que me gusta, yo lo escucho por la radio muy a menudo, tiene esa canción que dice «siempre tuvo la frente muy alta, la lengua muy larga y la falda muy corta»».

Ahora que soy consciente de cuánto ha significado para mí el festejo de haber estado acompañado por la radio, quiero dejar constancia de mi admiración por todos los que sostienen y hacen posible este placer.

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