Cultura

El meteoro llamado Carlos Enríquez

Vistas: 0

Aunque llegó y se fue del mundo cual torbellino, como su propia vida, la estela de la obra del pintor cubano Carlos Enríquez (1900-1957) continúa imborrable entre lo más prominente de la plástica nacional.

El 3 de agosto se cumplen 121 años de su nacimiento en la localidad central de Zulueta, antigua provincia de Las Villas. Falleció en La Habana, el 2 de mayo de 1957, una desaparición prematura atribuida por muchos de sus allegados a las consecuencias de una vida sumergida en los excesos de la bohemia y el alcohol.

Y sin embargo, fue un excepcional y creativo trabajador del arte, y hay quienes lo consideran el mejor pintor cubano de todos los tiempos.

Su trayectoria más relevante pertenece a la pintura, en la cual hizo aportes de vanguardia e irreverentes con la academia, pero también incursionó en las letras, con la autoría de tres novelas llamadas: Tilín García, La vuelta de Chencho y La Feria de Guaicanama, esta última publicada póstumamente en 1959.

Estuvo entre los audaces creadores que alrededor de 1925 abandonaron de plano el academicismo y ofrecieron una propuesta de un estilo nuevo, audaz, que muchas veces resultó escandalosa.

Para esa época ya estaba de vuelta de una estancia temporal en Pensilvania, Estados Unidos, donde por interés paterno había estudiado comercio y cursos técnicos, y además se había inclinado por el arte y contraído matrimonio en ese mismo año con la artista de la plástica estadounidense Alice Neel.

También estaba de regreso de un intenso periplo por España, Francia, Italia, Inglaterra, México y Haití, con miras netamente artísticas, algo fructífero y aleccionador.

Establecido en La Habana, donde había vivido parte de su primera juventud, trabaja en la Lonja del Comercio, y en una producción artística notable, exenta de todo tipo de convencionalismos, como sería en definitiva su sello.

Ya en 1927 participa en el II Salón de Bellas Artes y comienza a mostrar sus creaciones en publicaciones habaneras. Sin dudas, ese año marca un hito en sus comienzos pues también aporta ocho obras en la Exposición de Arte Nuevo, deja por completo su labor en el comercio, vuelve a EE.UU. y se dedica exclusivamente al arte.

Hacia 1930 su matrimonio había acabado, tras la muerte de la mayor de sus dos únicas hijas, Santillana del Mar, a consecuencias de la difteria. En Cuba nuevamente para esa fecha su obra genera revuelo, al suspenderse una exposición suya de fuerte contenido político y un inusual tratamiento del desnudo.

Algunos entendidos consideran que es precisamente a partir de esos años cuando se define su indiscutible estilo personal, después de pasar por un ciclo creador llamado Español en el que mostró un fuerte expresionismo, con guiños oníricos.

Entonces presenta piezas de mayoría de edad, no solo para él, sino de la pintura cubana: Primavera bacteriológica, Crimen en el aire con Guardia Civil y su Virgen del Cobre, esta última un lienzo en el que está presente el sincretismo entre las creencias cristianas y africanas esencial en la cultura cubana.

Se establece definitivamente en Cuba en 1935 con el aval de ser dueño ya de una audaz cosmovisión del arte, rebelde e innovadora primordialmente y se entrega a lo que sin dudas fue el gran gozo estético y humano de redescubrir el paisaje y a sus compatriotas, y hacerlos protagonistas de sus simpares creaciones.

Casi nadie discute hoy que El rapto de las mulatas, actualmente en la colección del Museo Nacional de Bellas Artes, hecha y premiada en 1938, es considerada la más famosa de sus obras y sigue invitando al deleite desde la violencia del mensaje y de su sensualidad, movimiento y estallido de cálidos y transparentes colores tropicales. Cubana por los cuatro costados y fe de autoría de su creador.

La polémica y la crítica negativa acompañó varias veces la vida y el accionar de ese artista grande que dinamitaba esquemas establecidos, al igual que otros compañeros de la llamada vanguardia artística, por lo cual fueron incomprendidos por el modo de pensar dominante, conservador y gazmoño cuando menos.

Con la producción de su óleo El rey de los campos, dedicado a Manuel García, premiado a nivel nacional, comienza a prefigurar una temática que a partir de entonces estaría presente en su arte: el entorno rural, corriente a la que le puso el nombre de Romancero guajiro.

En 1940 elabora la obra Dos Ríos, pues también el tema patriótico le resultaba cercano.

Pero hubiera dejado de ser él si abandonaba el desnudo femenino, la voluptuosidad del trópico y no lo hizo, a lo que sumó viejas leyendas y consejas del campo, la dicotomía entre héroes y bandidos, el recuerdo a los patriotas, incluso expone el cariz de una reconocible denuncia social, aunque indirecta y no descarnada.

Vive una suerte de era creativa de oro, con la paternidad de obras antológicas, que marcó una etapa fecunda entre 1939 y 1946 con proyecciones hacia Estados Unidos, México, Haití, Guatemala, Argentina, además de Cuba. Actividad que combina con conferencias y una labor editorial, escribiendo artículos e ilustrando publicaciones.

Es también la etapa en que comienza a vivir en su finca de las afueras de La Habana, hoy legendaria, que bautizara con el nombre de Hurón Azul.

Llegó la malhadada década de los años 50, con un fuerte declive de su salud a consecuencia del alcoholismo en lo fundamental, para lo cual intentó algunas curas infructuosas. Fue una etapa marcada por la tristeza y la turbulencia en las relaciones, con el abandono de familiares y amigos.

Sin embargo le quedaron unos pocos fieles en su última hora. Dicen que el día de su deceso debía inaugurar una exposición en la Editorial Lex, acto que fue pospuesto y realizado en el mes de junio de 1957, en homenaje póstumo. Hoy, la obra del invaluable Carlos Enríquez forma parte de lo más valioso y querido de la cultura nacional. 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *