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La injusticia que pesa como una eterna deuda

Hay dolores que no se disipan; se vuelven eternos y acompañan a quienes los sufren hasta el último aliento. José María Uranga lo sabía. Cuando le preguntaron por su hija Nancy Uranga Romagoza –la floretista cubana que regresaba triunfante de Caracas–, apenas atinó a decir con la voz quebrada: «Hoy, igual que el primer día, siempre la estoy recordando. Yo, la mujer… ¿Pero qué vamos a hacer? Veintitantos o treinta años poniéndole flores…». Luego se reclinó con lentitud sobre el espaldar, como buscando amparo en el hueco mismo del dolor. Porque hay vacíos que no terminan nunca, y hay padres que deben aprender a convivir con una ausencia sembrada a sangre y fuego.

Haymel Espinosa tenía apenas unos meses cuando su padre, Miguel Espinosa Cabrera, copiloto del vuelo de Cubana de Aviación, murió en el atentado terrorrista de Barbados. Ya adulta, confiesa en el documental Explosión a bordo: «Tantas veces lo necesité a mi lado, tantas veces lo quise tener cerca. Lo quise conmigo el día que me casé. Siento que esa foto está inconclusa: estoy junto a mi madre, pero falta mi padre». Y añade: «Cuando te lo quitan así, tan de pronto, te queda esa esperanza de que pueda regresar. Para mí es un sueño, y es lo que siempre sueño con mi papá. A veces pienso que voy a encontrarme con él, que tal vez ha sido un náufrago».

Aquel 6 de octubre de 1976, dos bombas estallaron a bordo de un avión de Cubana de Aviación en pleno vuelo. Iban 73 personas, entre ellas 24 adolescentes del equipo juvenil de esgrima. La mayoría quedó convertida en fragmentos sobre el mar. Solo los restos mortales de ocho cubanos pudieron ser recuperados, y se convirtieron en símbolo de todos los caídos.

La noticia del ataque se esparció como pólvora y dinamitó los corazones de las madres que, orgullosas, esperaban el abrazo de sus hijos; de los retoños a quienes el terrorismo mutiló para siempre el abrazo del padre; de las familias a las que les arrancó de golpe el regaño, las palmadas en el hombro, la alegría de verlos casarse y florecer su descendencia.

El terrorismo no solo les arrebató la vida: les robó también la despedida, el cuerpo al que velar, la mano que estrechar, la palabra que quedó por decir. Dejó, en cambio, una foto inconclusa, una silla vacía, un teléfono mudo, una pregunta que envejece con los años.

En una muerte natural, aunque el dolor sea un abismo, hay ritos que ayudan a nombrar la pérdida. En un atentado, en cambio, el duelo se vuelve interrogatorio: ¿cómo habrá vivido ese último momento?, ¿en que pensaría?, ¿por qué hacer algo como eso? La mente se niega a aceptar el hecho, el corazón espera, y la ausencia se vuelve una herida que sangra cada vez que se acerca esa fecha.

Solo las familias que han sido víctimas del terrorismo conocen ese dolor insuperable, esos llantos ahogados que irrumpen de madrugada, la rabia que no encuentra destinatario, la culpa absurda por seguir vivo y la negación obstinada a aceptar lo irreversible.

Muchos progenitores no resistieron el golpe: la tristeza se adueñó de ellos y se ancló tanto en el alma que les arrebató el aliento. La esperanza de las familias comenzó a desvanecerse. ¿Con qué ganas mirarían de frente a la vida? ¿Qué padre está preparado para enterrar a un hijo, para sobrevivirle?

Dicen que por aquellos días el dolor se multiplicó y la vida del país se paralizó por completo. La Plaza de la Revolución, en La Habana, era un mar de pueblo luctuoso, conmovido, indignado.

Los diarios de entonces eternizaron aquellas escenas que todavía nos estremecen: madres que se doblegaban sobre las fotos de sus hijos, como si quisieran devolverles el aliento; otras, aferradas a un cuerpo que ya no estaba. Y las fotos, ya eternas, de aquellos muchachos que volvían triunfantes de Caracas, o de sus compañeros aquí, haciendo, profundamente conmovidos, la más dura gurdia de honor.

Todo quedó grabado en la memoria colectiva, y también la frase de Fidel, repetida como un eco que no cesa: «Cuando un pueblo enérgico y viril llora, la injusticia tiembla». Aquel día en la Plaza, el Comandante dijo frases hermosas, sentidas: «Sus medallas yacerán en el fondo del océano y se levantarán en el Olimpo de la Patria».

Pero los mismos que indujeron aquel acto, se encargaron de que sus perpetradores nunca pagaran el crimen. Orlando Bosch fue indultado y Luis Posada Carriles murió impune, sin responder ante la justicia. Mientras tanto, las familias cubanas seguían poniendo flores, contando aniversarios y padeciendo ausencias.
La impunidad añadió a la pérdida una segunda herida: la de saber que quienes sembraron el terror pudieron envejecer tranquilos, pasearse sin cadenas, dormir sin culpas, mientras una madre seguía hablándole a una fotografía y una hija aprendía a querer a su padre de oídas.

Cada 6 de octubre, Cuba revive el dolor de aquel día: el nudo en la garganta, el abrazo multiplicado, la ausencia que se sienta a la mesa. Mientras haya memoria y la justicia siga pendiente, Barbados seguirá doliendo. Dolerá aunque la impunidad se disfrace de olvido, porque aquella injusticia, pesa como una eterna deuda.

Jose Antonio Zuloaga Martínez

Jose Antonio Zuloaga Martínez

Periodista, director de programas en CMHS Radio Caibarién.

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