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La mujer que habitó los libros

Escrito por Manuel Eduardo Jiménez Mendoza

La cultura cubana despide hoy a Araceli García Carranza, una de sus investigadoras más rigurosas y discretas, fallecida en La Habana. Su nombre está indisolublemente ligado a la Biblioteca Nacional José Martí y a la preservación sistemática de la memoria intelectual del país, una labor sostenida durante más de seis décadas y que hoy constituye un patrimonio imprescindible de la nación.

Nacida el 10 de octubre de 1937 en Guanabacoa, Araceli García Carranza se formó en la Universidad de La Habana, donde se graduó y doctoró en Filosofía y Letras. Desde temprano encontró en la bibliografía no solo una disciplina científica, sino una vocación ética: ordenar, registrar y poner al alcance de investigadores y lectores el pensamiento de quienes han construido la cultura cubana.

Su trayectoria profesional estuvo estrechamente vinculada a la Biblioteca Nacional, institución en la que desarrolló una obra monumental como investigadora, bibliógrafa y editora. A ella se deben exhaustivos repertorios bibliográficos sobre figuras esenciales de la intelectualidad cubana, entre ellas José Martí, Alejo Carpentier, Fernando Ortiz, José Lezama Lima, Cintio Vitier, Eliseo Diego, Roberto Fernández Retamar, Eusebio Leal Spengler y Ernesto Che Guevara, entre muchos otros.

Especial relevancia tuvo su trabajo para el Centro de Estudios Martianos, donde desde 1976 asumió la compilación anual de la bibliografía martiana, un proyecto de largo aliento que alcanzó 45 tomos hasta 2023, convirtiéndose en una de las empresas bibliográficas más sólidas, sistemáticas y duraderas de la cultura cubana contemporánea.

Araceli García Carranza dedicó su vida a una tarea esencial y, a menudo, poco visible: conservar la memoria escrita del país, dotarla de orden y garantizar su permanencia. Su obra no solo facilitó el trabajo de generaciones de investigadores; también contribuyó a la comprensión profunda de la historia cultural de Cuba, al ofrecer herramientas fiables, rigurosas y permanentemente actualizadas.

Más allá de los méritos académicos, fue también una mujer de gestos sencillos y de una generosidad intelectual poco común. Tuve la oportunidad de conocerla siendo apenas un joven de 20 años, en un encuentro fortuito en el elevador de un edificio habanero. Bastaron unos minutos de conversación para que, con naturalidad y cortesía, me invitara a su casa.

Aquel hogar era, en esencia, un museo vivo de libros. Estanterías colmadas, volúmenes cuidadosamente ordenados, fichas, papeles y anotaciones componían un universo donde cada texto parecía dialogar con otro. Para mí, aquel espacio fue una revelación. No solo por la magnitud de su biblioteca personal, sino por la manera en que ella habitaba ese mundo: con respeto, humildad y la convicción de que el conocimiento solo adquiere sentido cuando se comparte.

Hoy, cuando han pasado seis años desde aquel encuentro —yo voy por los 26—, guardo ese día como una experiencia inolvidable. No fue una relación sostenida en el tiempo ni una entrevista formal; fue un instante, pero de esos que dejan huella. Araceli García Carranza me enseñó, sin proponérselo, que la grandeza intelectual puede convivir con la sencillez humana, y que la cultura también se construye desde el silencio y la constancia.

La muerte de Araceli no clausura una obra, la confirma. Su legado no se mide únicamente por la cantidad de tomos publicados o por la minuciosidad de sus registros, sino por la coherencia entre su vida y su trabajo, por su elección permanente del rigor antes que el protagonismo.

En tiempos donde la visibilidad suele imponerse al contenido, ella eligió siempre el segundo plano. Prefirió que hablaran los libros, los autores, los documentos rescatados del olvido. Su nombre aparece una y otra vez en bibliografías, índices y repertorios, como una presencia constante pero humilde, indispensable y casi invisible, tal como suelen ser los verdaderos pilares de la cultura.

Con su partida, el país pierde a una de sus más fieles guardianas, pero conserva intacta su obra. Las futuras generaciones seguirán encontrando su nombre en los repertorios, consultando sus compilaciones, apoyándose en el andamiaje sólido que levantó durante más de medio siglo.

Hay personas que no desaparecen con la muerte. Permanecen —como Araceli García Carranza— en los libros que ayudaron a salvar, en el conocimiento que organizaron y en la memoria cultural de un país que hoy la despide con respeto y gratitud.

Texto: Manuel Eduardo Jiménez Mendoza
Foto: Tomada de la red

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