Sobre ciertas «verdades»

No vamos ni a intentar la tan ardua tarea de definir qué es la verdad, con todas sus implicaciones y meandros. No vamos a discutir las posibles tensiones entre hechos, evidencias y las interpretaciones o meras opiniones que esos hechos inducen. Es posible que (simplificando mucho la conceptualización) confluyan varias verdades (incluso, excluyentes) sobre determinados aspectos.
Pero lo que está claro es que en esa construcción que es la opinión pública son vitales, en igual medida, la información y la ética. En el berenjenal de las redes sociales de Internet puede encontrarse uno “objetos” insospechados, epatantes, perturbadores… partiendo de buenas, regulares y francamente malas intenciones: el camino del infierno (y del paraíso) tiene un empedrado variopinto.
En ese contexto tan movedizo, convendría, como primer ejercicio de higiene intelectual, establecer algunas distinciones básicas: qué cosa es periodismo, qué es propaganda y qué son, sencillamente, bulos o campañas de desinformación sin el menor asidero ético. No todo contenido que circula con apariencia informativa responde a los mismos principios, ni persigue los mismos fines.
Tener la capacidad de reconocer esas diferencias es crucial en tiempos en que las pautas, los consensos y los referentes parecen resquebrajarse y diluirse a una velocidad vertiginosa.
El periodismo, en su mejor tradición, responde a métodos, verificaciones y responsabilidades públicas; la propaganda busca persuadir desde una agenda explícita o encubierta; los bulos, en cambio, operan desde la manipulación descarnada, el sensacionalismo y la mentira lisa y llana. Las redes sociales, por su propia arquitectura, tienden a mezclarlo todo en un mismo flujo continuo, sin jerarquías claras. De ahí que el ejercicio crítico del receptor sea hoy más importante que nunca.
Para lograrlo no basta con la intuición o el “olfato”. Es necesaria una sólida cultura general que blinde una noción coherente del acceso al conocimiento y a la información. Leer, contrastar, conocer contextos históricos, políticos y culturales permite identificar incongruencias, exageraciones o directamente falsedades. Sin esa base, el ciudadano queda a merced de los algoritmos y de los discursos más estridentes, no necesariamente los más honestos o mejor fundamentados.
De ahí la importancia de defender esquemas de formación que apuesten por el estímulo del pensamiento crítico. No se trata de adoctrinar ni de imponer el peso del dogma, sino de enseñar a preguntar, a dudar con rigor, a argumentar.
Formar personas capaces de procesar información compleja, de sostener debates razonados y de aceptar la incertidumbre como parte del conocimiento es una tarea urgente en sociedades saturadas de mensajes.
La búsqueda de la verdad —o, al menos, de nuestra verdad— es siempre un proceso profundamente personal. Pero también es un diálogo constante con los otros. Requiere apertura, disposición y una actitud activa frente a lo que se consume y se comparte. Supone saberse parte de algo que nos trasciende —una comunidad, una época, un entramado social— y proyectarse en su conocimiento y, llegado el caso, en su defensa.
Creer a ojos cerrados todo lo que circula en las redes, solo porque coincide con nuestras simpatías ideológicas o emocionales, es una irresponsabilidad. Más aún si de verdad nos interesa participar en el debate público y no limitarnos a reafirmar prejuicios. La comodidad de la burbuja informativa puede ser tentadora, pero empobrece la comprensión de la realidad y radicaliza posiciones.
Por eso resulta tan importante encontrar referentes: medios, periodistas, investigadores, intelectuales o instituciones que hayan demostrado coherencia, rigor y honestidad a lo largo del tiempo. Pero incluso esos referentes deben ser leídos críticamente.
Formarse una opinión sobre los temas trascendentales exige siempre un sustento ético y cultural, una disposición a contrastar fuentes y a escuchar argumentos disímiles.
Las redes sociales no son, en sí mismas, ni el infierno ni el paraíso. Son un espacio donde conviven informaciones valiosas, análisis lúcidos y testimonios necesarios, junto a una enorme cantidad de ruido, manipulación y superficialidad. Hay grano, sin duda, pero hay mucha paja. Y no siempre es fácil distinguirlos a simple vista.
En tiempos convulsos, marcados por crisis múltiples y por una sobreabundancia informativa sin precedentes, esa capacidad de distinguir se vuelve una herramienta cívica esencial. Defenderla no es un gesto elitista, sino una forma de responsabilidad social. Porque, al final, la relatividad de las verdades en las redes no nos exime de una obligación básica: pensar, informarnos y actuar con ética.
