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Cuba: La epidemia de la falta de civismo

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Buena Vista es un barrio popular del municipio Playa, en La Habana, Cuba. Aquí vivo hace más de una década, no es especialmente lindo, pero me da hogar y tiene muchas bondades que intento siempre resaltar antes de menospreciarlo porque, además, para mí siempre lo más importante ha sido el confort que pueda tener a puerta cerrada. Pero, valoro que tiene buena ubicación, cerca de comercios, hospitales, bancos. Hay de todo cerca sino te lo aproximan a la puerta de la casa revendedores que ofrecen a todo pulmón desde aguacate maduro hasta pan suave, pastilla de cloro y ladrillo.

Está a un rato del mar, y a diez minutos —en taxi— del Vedado, donde se concentra la vida cultural habanera. ¿Qué más puedo pedir? Su ubicación me permite ir hacia cualquier lugar de la capital sin la menor perturbación porque está bien comunicado en cuanto a transporte público y vías directas.

Sin embargo, cuando cuento que vivo aquí la gente reacciona de diferentes modos. Unos me dicen que no parezco de Buena Vista, como si hubiera que tener una cara predeterminada. Otros se preocupan por mi seguridad porque lo consideran un sector “malo” por la fama que antaño tuvo de revoltoso, porque sus habitantes somos multicolores, la mayoría extrovertidos sentados en los contenes durante el día, y porque hace años en las noches todo es oscuridad, no funciona el alumbrado público, y otras tantas razones que carecen de objetividad y responden solo a simple apreciación estigmatizada como que las fachadas son feas debido al bajo poder adquisitivo.

Me atrevo a asegurar que son las personas las que asustan en este barrio. Y analizando el comportamiento desde la oficina que monto cada día en el portal, donde veo pasar a vendedores, vecinos y visitantes, compruebo que, efectivamente, no es asunto exclusivo de Buena Vista lo que llama mi atención, es nacional.

Sí. Encuentro una epidemia difícil de erradicar: la mala educación, la falta de civismo, el irrespeto a los demás. Lo que aquí sucede a gran escala, quizás porque es un barrio sobrepoblado y se nota más, es el mismo mal que veo en todas partes, en unas áreas más marcado que en otras.

Me preocupa la generalización de la conducta incivilizada porque sucede constantemente y lo naturalizamos: hablar a gritos, no caminar por las aceras sino por las calles como ganado, poner música ensordecedora, dejar basura por doquier, orinar en los rincones como si fueran cavernícolas. Y así, una inmensa lista de acciones carentes de buenos modales.

Recuerdo una asignatura que recibí hace muchos años, Educación Cívica, sobre nuestro papel en la sociedad, la convivencia ciudadana guiada por normas, y la manera de engranar tanto en el sistema como con nuestros semejantes. Enseñaban los principios básicos del buen proceder, desde el saludo hasta el caminar por la derecha para no estorbar a quien viene de frente, o bostezar y comer de forma educada.

Me pregunto si ya no se imparte porque la formación de los valores debería involucrar tanto a la familia como a la escuela, pero cuando uno de los dos flaquea un poco, ya, es suficiente para el resquebrajamiento. Y el peso de la educación debe ser equilibrado porque no basta que sea excelente solo de un lado.

Advierto que hace algún tiempo es muy notable que a nadie le importe si obra mal o si molesta a los demás. Ocurre sin distinción local, van hacia adelante arrasando sin pensar en consecuencias, y no es que desconozcan cuál es la actitud cívica según contexto, pero no les importa, se sienten cómodos desobedeciendo normas sociales. De ese modo cada rincón se convirtió en un campo de batalla, en el sálvese quien pueda, donde el más fuerte impone su algarabía y se acabó la discusión.

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Caricatura tomada de www.trabajadores.cu
 
Después de vivir durante cuarenta años en varios lugares de este mismo Playa supuestamente de alcurnia, en unas zonas mejor evaluadas y con vistas más bonitas, además de otros municipios —incluso más movidos— como Boyeros y Arroyo Naranjo, y sumada la experiencia de andar toda La Habana, la de lujo y la suburbana e inmunda, en diferentes momentos y con distintos objetivos, confirmo que son las personas y sus principios lo que marca el contraste. Ya ninguna plaza se encuentra exenta de este mal.

Pienso en la crisis social, en el suicidio de los valores, el asesinato del sentido común. El maleducado está por todas partes, y elige ser así, no sé por qué.

En primera persona lo afirmo, muchos sí conocen cuándo una acción no está bien, pero les gusta ser salvajes, creo yo, portarse mal, incomodar a una minoría, y cuando les intentas corregir —como me sucedió hoy a las dos de la tarde con un hombre que quiso orinar entre mi portal y el de al lado— responden reduciendo, minimizando, imponiéndose, gritando, contradiciendo con agresividad.

Estos sujetos no tienen argumentos de validez, pero con tal respuesta para nada avergonzada, escasa de educación y con sobrada vulgaridad, siento tristeza y me recuerda que el real eslabón perdido de toda sociedad es la desidia, lo soez, el poco interés en ser mejores. Y eso, aunque en la escuela lo intenten, se aprende en casa, así sea Buena Vista, Miramar o Habana Vieja.

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