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Un fuego como estandarte de libertad

El incendio de Bayamo devino símbolo insoslayable para avivar otras llamas futuras en defensa de la soberanía y la nacionalidad que hoy resplandecen, como estandartes de la Revolución, en el horizonte de los cubanos

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Pocas veces un fuego provocado intencionalmente «ardió» con tanta fuerza en el pecho y la conciencia de un pueblo, como aquel que el 12 de enero de 1869 envolvió en llamas a la ciudad de Bayamo, erigiendo hasta el firmamento de la nación una antorcha de libertad que –154 años después– aún nos ilumina.

Basta con repasar el sublime suceso para que las pupilas se agiganten y las emociones florezcan ante la determinación inquebrantable de los bayameses de despojarse de todo cuanto poseían por defender su conquista más preciada: la independencia.

No podía ser de otra manera en la tierra insurrecta que, desde el 20 de octubre de 1868, y al calor de un himno patrio y de una naciente República en Armas liderada por Céspedes, había aquilatado la emancipación de España durante más de 80 días.

Pero esa sagrada libertad, alcanzada con el filo del machete mambí y la unión –como hermanos de lucha– de acaudalados patricios y antiguos negros esclavos, fue puesta en peligro con el avance, hacia Bayamo, de los españoles capitaneados por el conde de Valmaseda tras derrotar, en sangriento combate, a las tropas cubanas.

Frente a los horrores que se avecinaban, la respuesta de los hijos de la primera urbe libre de Cuba fue contundente y estremecedora: prenderle fuego a la ciudad.

Tanto fue así, que pocas horas antes de que Bayamo se convirtiera en una enorme pira de firmeza y patriotismo, en una reunión encabezada por Pedro (Perucho) Figueredo, el joven Joaquín Acosta, gobernador de la ciudad, expresó: «¡Que las cenizas de nuestros hogares le digan al mundo de la firmeza de nuestra resolución de libertarnos de la tiranía de España! ¡Que arda la ciudad antes de someterla de nuevo al yugo del tirano!».

Y la urbe ardió. Ardió durante tres días, y al entrar, asombrados, los españoles encontraron casi todo hecho cenizas. Mientras, en el aire, era perceptible el espíritu patrio de un pueblo que, en el más sublime acto de sacrificio colectivo, decidió irse a la manigua agreste y a otros rumbos inciertos, con la dignidad como única pertenencia y el cielo como techo. Muchos de ellos fueron víctimas de la cruel cacería desatada entonces, o padecieron hambre y enfermedades.

Sin embargo, aquel fuego no fue en vano. El incendio de Bayamo devino símbolo insoslayable para avivar otras llamas futuras en defensa de la soberanía y la nacionalidad que hoy resplandecen, como estandartes de la Revolución, en el horizonte de los cubanos.

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