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De pronto sales con otra voz

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Hace más de una década el poeta Ángel Augier me sugirió escribir este trabajo, pero no lo hice. Estaba consciente de no contar entonces con la fuerza necesaria para hacerlo, dada la seriedad que el tema merecía y merece; y aunque estuve acopiando libros, haciendo lecturas y tomando notas, nunca me decidí a darle forma definitiva.

Antonio Hernández Pérez

Hoy lo hago por varias razones, y entre ellas tiene más fuerza ese poeta enorme que fue Antonio Hernández Pérez. La otra razón está en consonancia con pasadas intenciones demostradas de recordar a determinadas figuras de la literatura cubana que han sido olvidadas por la crítica y los lectores.

Antonio Hernández Pérez nació el 21 de mayo de 1909 en Santa Cruz de Tenerife, en Islas Canarias. En 1910 su familia se trasladó definitivamente a Cuba y pasó a residir en el municipio de Yaguajay, antigua provincia de Las Villas. En dicho lugar Antonio vivió toda su infancia, que fue signada por el temprano suicidio de su padre y que lo obligó a trabajar duro en el mantenimiento de su familia. En 1933 se traslada a Caibarién, donde realiza diversos oficios hasta lograr armar un negocio propio y así aparece en su vida la peletería La Defensa, donde alguna vez lo vi y escuché de niño, mientras atendía a mamá que intentaba comprar ciertos zapatos.

Luego, al triunfo de la Revolución, acontecimiento que Antonio abraza con entusiasmo y seriedad, le entrega al Estado su negocio privado y se convierte en el administrador del mismo, labor que realiza con dedicación y esmero hasta su desaparición física.

En el año 1969, con mi vuelta a residir en Caibarién de nuevo, (había pasado varios años viviendo en Mayajigua donde constituí y dirigí un Taller Literario), es que conozco al Antonio poeta, que con toda su fuerza y prestigio colaboró a que pudiéramos reorganizar el Taller Literario «€œAntonio Escobar»€, que a partir de entonces fue más que literario un taller de creación, por cuanto se integraron varios artistas plásticos, que también colaboraron a que pudiéramos imprimir una revista titulada «€œCon la mies en parvas»€, título tomado de un verso del propio Antonio.

Sus primeros intentos como poeta, según nos contaba, se dieron alrededor de un grupo que espontáneamente se reunía en el Parque de Caibarién a fin de hacer lecturas de inéditos, entre ellos estaban Raúl Ferrer, Francisco de Oraa y Carlos Galindo Lena. De ese primer trabajo de taller es que sale su también primer texto: «€œVientos sin pauta»€, publicado en 1947, en La Habana, en los Talleres Gráficos de Tamayo y Cía. (Se acaban de cumplir 62 años de aquel acontecimiento). De este texto, cercano a lo mejor de José Ángel Buesa, de quien incluye un exergo, y con marcada influencia del chileno Pablo Neruda, había dicho el poeta Raúl Ferrer: «€œque se movió entre dos imperialismos, Buesa y Neruda; pero su voz fue propia»€.

De dicho poemario quiero brindarles y comentarles algunos poemas donde Antonio logra imágenes novedosas y originales, apartándose de caminos trillados en la estética del romanticismo, tan en boga en aquella época.

Observe el lector las referencias al mar y sus maneras, y al puerto, evidentemente que el de Caibarién, cuando utiliza y repite incluso palabras como ancla, borrasca, singladuras, espuma, bruma, naufragio, brújula, mástiles; todas ellas combinadas armoniosamente con otras que refieren al paisaje campestre, donde desarrolló su infancia como: ríos, arroyuelos, noche, estrellas, tallos, bosques, floresta, pájaros, crepúsculo.

De «€œVientos sin pautas»€ les he escogido los poemas siguientes:

ANCLAS

He gastado los mapas soñando con tus costas

y mis anclas viajeras no han herido tus aguas.

Soñador de las rutas que mueren sin inicio,

miro como la inercia condecora mis anclas.

Pero las nubes pasan como remotos sueños,

acaso tras la espiga de luz de la alborada.

(No todos los caminos han crecido con rosas

ni por todos los ríos corren las mismas aguas.)

Hoy que he gastado el sueño viendo pasar las nubes,

mi corazón en sombra rompe los viejos mapas.

Y una niebla de olvido que brota de tu ausencia

se extiende sobre el sueño que envejeció mis anclas.

POEMA INDIFERENTE

Llegas a mi silencio de barco abandonado

como llega el perfume a los pañuelos viejos.

Quizás pudiste un día surcar mis latitudes

cuando los altos mástiles cantaban con el viento.

Hoy mi abandono crece al par que mi tristeza

por sobre de la noche cansada de luceros.  

Por eso no me inquieta que llegues a mi rada

como tal vez podrías llegar hasta otro puerto.

(No importa que me brindes perpetuas primaveras

porque las hojas nacen con el otoño dentro)

Después de este primer libro Antonio se desvincula de la literatura y no es hasta 1969 que se atreve a enviar a un Concurso 26 de Julio de las FAR su nuevo libro «€œLos árboles»€, con el que obtiene mención, aprobada por un jurado donde se incluyen Eliseo Diego y Ángel Augier.

En 1970 se lanza al premio Uneac y lo alcanza, teniendo como jurado a Nicolás Guillén y al propio Eliseo Diego, este texto se titula «€œDe pronto sales con tu voz»€. Sobre este poemario el poeta Eliseo Diego escribiría:

«€œSin duda es lícito confundir poesía con estruendo, ya que existen a mano ejemplos ilustres: la «€œMarsellesa»€, pongamos por caso, qué es sino un bramar de ángeles.

Pero no todo ruido acaba en poesía, como parece hoy convicción de muchos, y también cabe encontrarla en el rumor.

Este libro puede que nos pase inadvertido si tenemos las orejas hechas para estirarse hacia el escándalo. Pero si nos inclinamos solo un poco, y «€œescuchamos como chirriaba el pájaro»€, y nos dejamos luego persuadir de que las palabras pueden, con solo un poco de atención nuestra, también significar poesía, o aludirla desde un desvío como el escueto poema del bombardeo, donde la desolación se resume en la simplicidad de estas líneas:

«€œcuando regresamos / el gato no tenía tejado»€; si consentimos no más en atender, hallaremos que en la inaudita novedad de un libro de poemas líricos también nos aguardan muy satisfactorias experiencias.

Obra para leer sin los «€œtics»€ nerviosos del que atisba si no viene o tarda la generación de pasado mañana, solo entregará su lección de ensimismamiento a quien quiera acogerla desde el centro de silencio y trabajo en que fue compuesto. Para nuestra buena suerte, la poesía siempre nos reservará estas sorpresas, estos saludables avisos.»€

Por supuesto que no he de evitarles con mis comentarios que tengan la posibilidad de razonar e interpretar esta reflexión de uno de los grandes poetas cubanos contemporáneos, reflexión que parte del análisis crítico de una época determinada de la literatura cubana, y más particularmente, de la poesía cubana y que además, no debemos sacarla del contexto en que fue concebida. ¿O sí?

«€De pronto sales con tu voz»€ es realmente el regreso de Antonio a la literatura, y su entrada por la puerta ancha, de dicho texto les ofreceré varios poemas a fin de que observen cuánto cambia la poética, como su sistema de sugerencias se hace más particular y aparece esta voz, la de ahora, que es más propia, peculiar y fuerte:

HAY UNA BATALLA

Hay una batalla bajo el viento

donde se mezclan las cruces con los días.

Ofelia yace en tierra.

Sus manos

sobre el dolor de las abejas

enloquecidas por el humo.

Si la batalla no tuviera

su color de fragua definido,

al agua le faltaría la frescura

que le asigna la sed.

Entonces sería inútil

restañar las heridas de las flores

que son aplastadas por los perros.

1958

Nos habían dicho

que el avión vendría.

La precaución aceleró los pasos.

Sábanas, colchas, los calderos

algunos víveres, los niños.

Escuchamos los truenos desde el monte.

Los muchachos en tierra, temblorosos,

la vieja persignándose,

los demás con los ojos clavados

en la lejanía de humo.

Cuando regresamos

el gato no tenía tejados.

CONFIANZA

Cierto que un día puede

el cielo dejar de ser azul,

pudiera tener el agua

un color preciso,

congelarse el vino

como una flor de invierno.

Quizás vea cruzar un perro

que desprecie a los hombres,

o que alguien hable de mí

como si hablara de un fantasma.

Pero ella estará aquí,

y me dará un cigarro,

segura de que mis dedos no han de temblar.

ESTE ES MI SITIO. (Es el último poema del libro)

Todos los trenes iban hacia el sur.

Mi pelo era negro y fuerte, mis ojos

pequeños, pero miraban hondo

como si quisieran taladrar las lomas

sus cortinas de verde y piedra.

Todos los trenes iban hacia el sur.

Yo llegué al norte. Dije adiós

a muchos que jamás volví a ver.

No los extrañé mucho, seguramente

ellos se olvidaron de mí.

De los puertos del norte

todos los trenes parten hacia el sur.

Todavía este es mi sitio, como ayer,

para decirle adiós a los viajeros

que parten hacia el sur

o que se van al norte.                   

El año 1973 es tremendamente prolífico para Antonio, termina un texto que manda de nuevo al concurso 26 de Julio de las FAR y vuelve a obtener mención y otro texto de su  autoría es recomendado en el Concurso Casa de las Américas.

A fines del año 1973 o principios del 1974, (eso no lo recuerdo muy bien), Antonio enferma repentinamente, el médico le prohíbe viajar a Checoslovaquia, lo cual era parte del premio que ofrecía la Uneac. «€œEs cáncer en el mediastino»€ nos diría destrozada Delia, su compañera de la vida y jefa de retaguardia del Taller Literario que funcionaba en su propia casa, en aquel pequeño patio que tenía una hermosa enredadera que echaba dos tipos diferentes de flores.

En septiembre de 1974 llegaría a nuestras manos el texto de la primera mención del 26 de Julio, titulado «€œLos árboles»€. Ya Antonio no lo pudo ver porque no estaba en el mundo de los vivos. Dicho texto tiene un exergo de Navarro Luna que fue toda una premonición, y que decía: «€œHa de andar toda la noche quien quiere llegar al día»€. De este libro les propongo escoger varios poemas que hablan de su infancia, de la muerte, de la memoria, de cierta muchacha y de la vida. Ahí van:

LA CARTA

No me leas la carta, te dejo.

Todas las noches hay riña en la taberna.

Esa muchacha loca

toca muy bien el piano.

Mi padre está esperando que vuelva

el cobrador,

algo tiene que inventar.

Tal vez no sepas nada

de aquel árbol doblado en el camino

me duele pasar bajo su sombra.

Mi padre estaba allí y yo esperando su regreso.

No me leas la carta, madre.

Ahora soy yo el hombre del pan.

Me verás en el camino vivir a dentelladas.

DESTINO

Hablé del sueño de los poetas,

de los árboles recostados sobre el agua turbia.

Hice poemas al fuego, luego quemé los papeles

inútiles, algunos proyectos.

Los años se atropellaban en la sangre.

La duda

entraba con sus palomas ariscas, con su sol enano.

Las calles se derretían

en los ojos del gato vagabundo.

Mi infancia fue un calambre.

Tuve la muerte entre los dedos.

Soñé con piñatas, ciudades de hielo, puertos

de mástiles borrachos, subterráneos azules.

Pero me trajo el viento áspero

la mala noticia de septiembre.

Y olvidé la buenaventura del gitano

al contar los trece huérfanos de mi padre.

LA MUERTE

Algunas veces íbamos

al fondo de la muerte a conspirar.

El tiempo de tormenta entumecía las lenguas.

Hablábamos del soldado

que vivía cerca de la escuela,

del policía permanente en la esquina

donde los niños jugaban a los novios,

hablábamos de los enmascarados

que rompían las noches con sus botas.

Teníamos un gran temor a las paredes,

a las rendijas de las cercas,

a los muros de cal entre los patios.

Dondequiera podía estar la muerte

disfrazada,

sola.

LA MUCHACHA.

Desde el puente

la muchacha arrojaba al agua sus botellas.

Todos los amaneceres

se escurrían entre las palmas

con su atado de ropa bajo el brazo.

En el paso estrecho del río,

lejos, cerca de los mangles,

en una red de bejucos pescábamos las botellas:

algunos cigarrillos

y las últimas noticias del pueblo.

Un día

la red solo atraparía espumas.

No sé cómo se llamaba la muchacha.

ESTA CINTURA VERDE

Ni hombre de pistola

ni deleitoso amigo del fusil.

Jamás cazador furtivo

o centurión del hombre enajenado

en la soledad de los volcanes.

Amigo soy de la paloma

y el grano de maíz.

Sencillamente

amo la paz

y la vida hermosa de la sangre.

Pero son necesarios

el fusil y la pistola

defendiendo esta cintura verde

donde hoy la vida abre sus ríos.

Antonio estuvo solo cinco años convertido en preceptor de muchos de nosotros, que constituíamos un grupo de «€œdiletantes literarios»€, pero el tiempo le sobró para enseñarnos para siempre que escribir no era divertimento y si alegría, que la alegría de la creación no era tumulto y si regocijo interior y callado, y que para que las cosas salieran bien había que trabajar y trabajar en lo oscuro hasta acercarse a la perfección.

Nos enseñó todo lo que sabía y más aún. Cierta vez escribió «€œsu versión»€ de nuestros poemas para que pudiéramos verlos de otra manera y escribió textos infantiles, (que fueron publicados), más para enseñar y participar que por un interés marcado.

Algunos de aquellos muchachos revoltosos, que festejábamos con ron cualquier premio literario municipal o nos consolábamos con ron cuando perdíamos, seguramente por estupidez o desidia del jurado, al final abrazamos el oficio y en él andamos y moriremos; otros quedaron en el camino, pero existieron y son parte de la historia, y Antonio Hernández Pérez, aquel «€œisleño»€ aplatanado en el terruño, quedará para la historia de Caibarién como uno de los mejores prospectos literarios de su época y a quien la muerte tronchó en plena ebullición creativa.

Emilio Comas Paret

Emilio Comas Paret

Escritor y periodista cultural, con diez títulos publicados, galardonado con varios premios nacionales y dos menciones internacionales. Nacido en Caibarién en el 1942 y miembro de la UNEAC.

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