Serás algo notable, Corona, yo te lo digo

corona

Cuentan que nadie se enteró de su nacimiento, pero vino al mundo el 17 de junio de 1880, humildemente «€”como iba a morir»€”, en una familia de insurrectos de Caibarién, en el litoral centronorteño cubano.

Cuando concluye la Guerra del «€˜95»  Corona se traslada de la Villa Blanca a La Habana, donde lo encontramos trabajando como tabaquero.

Pero a Manuel Corona Raimundo la música «€”y su eterna compinche, la poesía»€”»  le pone la sangre en estado de ebullición.

De manera que, a diario, cumplidos sus deberes en la tabaquería, anda estrenándose en el mundo de la bohemia «€”que será el suyo para toda la vida»€”, ejerciendo su aptitud musical en»  los más terroríficos barrios capitalinos, entre fleteras, chulos y matones.

En 1902 visita Santiago, la Meca de los Trovadores. Durante un encuentro en el Hotel Colón,»  escucha cómo Pepe Sánchez, profético, le dice: «€œSerás algo notable, Corona, yo te lo digo»€.

Pronto, en los años aurorales del siglo XX, se va a convertir en un ídolo para todos sus compatriotas que saben evaluar qué son los versos de alto vuelo, escoltados por una melodía arrebatadora. Hasta»  el punto de que los melómanos se dividen en dos bandos: los seguidores de Sindo Garay y los de Corona.

En 1911 una chiquilla » que apenas había cumplido los 14 años se decide a participar en un espectáculo-beneficio, que se va a celebrar en el teatro Polyteama Grande, convocado para favorecer a Arquímides Pous. La muchachita se llamaba «€”»¡escuchen bien, por favor!»€” María Teresa Vera. Allí debutó interpretando Mercedes, de Corona, una pieza que ha inspirado a varias generaciones de cubanos masculinos en ejercicio de nuestra varonía.

Muy afanosos peritos sobre su obra, aseguran que «€”recordista»€” le dio nombre de féminas a más de 80 de sus piezas.

Ah, pero hubo el momento clímax.

Él visitaba el cuarto de vecindad habitado por María Teresa. Y se le presentó un personaje de alto vuelo.

Armando André, periodista, había sido comandante del Ejército Libertador. Le puso una bomba en Palacio a Valeriano Weyler, el gobernador colonial, homicida psicópata. Finalmente lo asesinó otro desequilibrado: Gerardo Machado y Morales (también «€œhideputa»€, como se decía en español antiguo).

André trae para el caibarienense una singular encomienda.

Él es el amante de Longina O»€™Farril, quien se había desempeñado como bailarina y cantante de coro en una compañía teatral. Y era una mulata impropia para que la contemplasen»  los afectados por dolencias cardíacas.

Desde que Corona conoció a aquella diosa de aceituna, se estaba inaugurando la más conmovedora e inimaginable historia de amor no correspondido.

Y André le pide una canción para su amada.

Ahí está la pieza Longina, por los siglos de los siglos, estrangulándonos la respiración a todos los cubanos.

Tétrico final» » 

En el año 1950, Corona, tuberculoso, tiene por hogar un minúsculo cubículo del bar El Jaruquito, Playa de Marianao, donde guardan los útiles de limpieza. El 9 de enero, allí encuentran muerto a aquel mago de la trova, hijo de insurrecto.

El andar bohemio no le proporcionó riquezas, ni siquiera en vida disfrutó de la fama que alcanzaron sus composiciones.

Dada su pobreza, los conductores de ómnibus de la ruta 32, de la capital cubana, hicieron una colecta para velar su cadaver en la funeraria San José, luego la Sociedad de trovadores lo trasladó para su sede, y el 10 de enero de 1950, en horas de la tarde, fue su entierro; la despedida de duelo estuvo a cargo del notable músico Gonzalo Roig.

Sus restos permanecieron en el cementerio habanero hasta que en 1968, se trasladaron a»  la necrópolis de Caibarién a instancias de un grupo de sus coterráneos encabezados por Armando Rosado, conocido como Machina, importante promotor de la cultura local. El 14 de septiembre de 1968, sus restos se velaron de nuevo en la capital, el día 15 recibieron honores del pueblo y trovadores de todo el país en la» Academia de Música de Caibarién, donde se cantaron durante toda la noche piezas antológicas de la trova tradicional.

En la mañana del 16, sus restos se trasladaron al cementerio en un desfile donde continuaron las canciones y las ofrendas florales. En un pequeño osario, sobre el regazo de una hermosa joven escogida por su nombre, Longina, como el de la canción que lo inmortalizó, llegó Manuel Corona a la bóveda más antigua del cementerio de Caibarién, donde aún descansan hoy y reciben numerosas ofrendas de amantes de la música y admiradores de su obra.

En Caibarién se le recuerda también a través de un Festival de la Canción que lleva su nombre, surgido en los años noventa y con caracter bianual, que premia la composición y la interpretación, y por condiciones ajenas a la voluntad de los caibarienenses hace años no se celebra. Además, la institución fundamental de la Cultura en el territorio, la Casa de Cultura, donde se forman aficionados en las diferentes manifestaciones del arte y se fomenta el gusto por ellas, se nombra «Manuel Corona», como recordatorio al genio que murió solo, abandonado y del que Pepe Sánchez, profétizó: «€œSerás algo notable, Corona, yo te lo digo»€.

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Fuente y versión de artículos de los autores Argelio Santiesteban, Nicolás Guillén y Ecured

Yudith Delgado Rodríguez

Yudith Delgado Rodríguez

Periodista, directora, locutora y guionista en CMHS Radio Caibarién.

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