Un autor incómodo

Virgilio Piñera fue un autor incómodo… y ese puede ser un gran elogio para un escritor, si además de incómodo, es bueno. Es el caso. Más que bueno, excelente. Un clásico, con todas las implicaciones del término. Nacido en Cárdenas en 1912 y fallecido en La Habana en 1979, su vida transcurrió entre el rigor de la creación y la aspereza de quien no sabe callar sus verdades, marcando una trayectoria que lo posicionó como una de las figuras más transgresoras de las letras cubanas del siglo XX.
Estamos, probablemente, ante el dramaturgo mayor del canon cubano. Sus textos revolucionaron la escritura para el teatro en la isla, pues eran piezas concebidas para la representación, pero sostenidas por una literatura de altura. Electra Garrigó y Aire frío devienen verdaderos parteaguas en la escena nacional: el primero es una revisión audaz del mito clásico bajo la lupa de una cubanidad incisiva; el segundo, una zambullida descarnada en las tensiones de la cotidianidad, desde una mirada profundamente arraigada en la identidad y las circunstancias de su contexto.
Pero sería injusto circunscribir a Virgilio solo al teatro. Fue poeta, narrador y ensayista de un rigor estético envidiable. Integró, no sin traumas, algunos de los empeños editoriales y grupos intelectuales de antes de la Revolución, como las míticas revistas Orígenes y Ciclón. Su capacidad para lidiar con la ironía, la frase directa y, al mismo tiempo, inquietante, sumada a la diafanidad poderosa de sus imágenes, permitieron sostener un estilo perfectamente identificable que lo alejó de cualquier convencionalismo.
Amante de la polémica, Virgilio fue también un hombre incomprendido y, en ciertos períodos, relegado por erróneas tácticas culturales que intentaron silenciar su voz. Aunque su respuesta pareció a muchos un gesto de amargura, en el fondo se trataba de un acto de resistencia intelectual. Piñera habitó la periferia con la dignidad del que sabía que el tiempo le daría la razón, manteniendo su integridad artística por encima de las modas o las presiones de toda índole.
Ahora hay consenso absoluto: es uno de los imprescindibles.
Aquel autor que se decía «maldito» ocupa hoy el centro del panorama literario hispanoamericano. Su obra no ha envejecido; su vigencia es asombrosa porque todavía tiene mucho que contar. Virgilio sigue ahí, desafiándonos con su risa sardónica y su lucidez implacable, como para recordar que la gran literatura es, por definición, una forma de incomodidad necesaria.
