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El deporte cubano se parece a Fidel

La historia tiene su coincidencias mágicas y quiso que el Jefe de la Revolución Cubana, quien concibió el deporte como un derecho del pueblo, naciera el mismo día, mes y año que el Comité Olímpico Cubano

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EL DEPORTE cubano se parece a su Revolución, a la unidad de su pueblo, a su Comandante en Jefe, y en consecuencia a su convicción de victoria. 

Fidel y sus compañeros que asaltaron el Moncada, en Santiago de Cuba, y el cuartel de Bayamo el 26 de julio de 1953 no triunfaron, pero allí nacieron, con los programas de aquella gesta, las victorias sociales que irían a presidir la humana obra de la Revolución.

No triunfó Mijain López en su primer asalto a los Juegos Olímpicos en Atenas 2004, pero su entrenador, Pedro Val, en aquel momento le dijo a la prensa: «No van a tener rollo para la películade triunfos de Mijain».

El gigante de Herradura, un pequeño pueblito de Pinar del Río, convirtió aquel revés en un mausoleo a la victoria, con cinco títulos olímpicos consecutivos.

Ana Fidelia Quiroz no había sido campeona mundial, y esa aspiración parecía fenecer con un fatídico accidente que estuvo a punto de acabar con su vida. ¿Era un revés inevitable? No, porque él estuvo allí, todos los días, cual si fuera un medico, y porque su nombre, Fidelia, era por él. Es decir, estaba hecha para ganar.

Mas del 40 porciento de su cuerpo quemado, disímiles operaciones y el verde olivo de Cuba acompañándola en la batalla contra la muerte fue el escenario en los albores de 1993.

Pero en el verano de ese año, los Juegos Centroamericanos y del Caribe de Ponce la vieron en la pista. No podía bracear, su torso era rígido, su rostro marcado por las huellas del accidente y las cirugías. 

Sin embargo, estaba en el bloque de arrancada de los 800 metros. Letitia Viesdre, una surinamesa que se codeaba, como ella, con lo mejor del mundo corría en el carril contiguo a la hija de Palma Soriano. 

Su paso firme dejó a la cubana en la medalla de plata tras cruzar la meta. Nunca antes un segundo lugar se vivió con tantos aplausos y tantas emociones, expresadas por sus propias rivales 

Dos años después, en 1995, la ciudad sueca de Gottemburgo la encontró nuevamente en la pista. 

Era el Campeonato Mundial, y un día como hoy, pero de 1995, también con el Comandante en Jefe de cumpleaños, Ana hizo historia en el Ullevi Stadium.

Después de disímiles operaciones quirúrgicas, pero aún con limitaciones de movimiento, sobre todo en su brazo derecho, se proclamó campeona mundial de los 800 metros. En esa carrera por el título dejó a Viesdre en segundo lugar y a la británica Kelly Holmes en tercero.

El tiempo de la campeona fue de 1:56.11, todavía una súper marca, tanto que ese registro es mejor que el de la ganadora de los pasados Juegos Olímpicos de París 2024.

Volvió a repetir la hazaña en la cita del orbe de 1997, en Atenas, dejando a la líder de la prueba, María de Lourdes Mutola, en medalla de bronce y a la rusa Afanasieva en la de plata. Ella, como Cuba, como su Revolución, y como su Comandante, no se rindió, triunfó.

Javier Sotomayor, el hombre que más se ha elevado desde sus pies, hasta el inalcanzable record mundial de dos metros y 45 centímetros, le temía a las alturas, ese espacio en que reinaría para siempre.

Un maestro, casi un padre, prácticamente sin estudios cuando triunfó la Revolución, su entrenador José Godoy, convirtió ese miedo en victoria y lo hizo un saltamontes: campeón olímpico y mundial, y recordista del planeta hace ya 33 años.

La judoca Drilulis González apenas podía caminar por una seria lesión cervical dos meses antes de los Juegos Olímpicos de Atlanta 1996. 

La ciencia y la medicina cubana que el invicto barbudo había promovido y desarrollado como bastión de la sociedad la hicieron regresar al tatami. Ella no podía, entonces, arriesgarse en movimientos veloces por el lado derecho. Así, solo con agarre por el sector izquierdo, retornó a Cuba con la medalla de oro. Tampoco se dió por vencida la guantanamera y salió victoriosa.

Mireya Luis pasó varias veces por el quirófano para hacer realidad sus tres medallas de oro olímpica en el voleibol, junto a las Morenas del Caribe; Teófilo Stevenson tuvo a Fidel a su lado siguiendo cada paso ante un proceso de falta de motivación del gran campeón de los pesos pesados de boxeo, quien después completó su dos mágicas triadas doradas en campeonatos mundiales y Juegos Olímpicos.

La desaparición de la URSS y del campo socialista europeo hizo que Cuba entrara en lo que se conoció como periodo especial en tiempo de paz. Cientos de reporteros procuraban una plaza en La Habana para describir el final de la Revolución.

Que fiasco se llevaron, porque lejos de eso, la Mayor de las Antillas levantó en el umbral de aquel momento los Juegos Panamericanos, hace ya 35 agostos, con él como principal impulsor, y un pueblo entero volcado a construcciones de estadios, villas y otras edificaciones.

Pocos apostaban al éxito de aquella fiesta continental, en medio de tan difícil situación económica. Pero el Tocopan, la mascota de los Juegos, y el calor no solo del clima cubano sino del pueblo, lograron una de las mejores citas regionales de la historia de América. 

Tampoco Cuba se rindió, y venció.

Año 2026, la Isla asediada por la misma cruel e injusta política de bloqueo económico, comercial y financiero, brutalmente recrudecida, con un cerco energético que pretende matar de hambre y sed a toda una población, no se rinde. 

Cuba se hizo presente en los XXV Juegos Centroamericanos y del Caribe de Santo Domingo. Fue en desventaja, porque los atletas sienten en carne propia todas dificultades que genera esa guerra. Además, con la exigencia del entrenamiento deportivo para la alta competición, poniendo al límite su condición humana.

Las 51 medallas de oro, 48 de plata y 55 de bronce, para el tercer lugar fue otra prueba de cómo se levantan las cubanas y cubanos por encima de cualquier obstáculo. Frente a la falta de adecuada alimentación, de los implementos más modernos para competir, ante la afectación de la relación trabajo-descanso por el cerco energético; con la ausencia de recuperantes y de algunos medicamentos que respaldan el proceso del entrenamiento, tampoco se rindieron los jóvenes de esta generación.

Quienes subieron a los podios y los que no, pero lo dejaron todo en el empeño para ubicar a su país en ese previsto tercer lugar, homenajearon al Comandante en Jefe, justo en su cumpleaños cien; regresaron con el orgullo de parecercele en su convicción de victoria.

Fidel está tan ligado al deporte que quiso la historia que naciera el mismo día, mes y año, en que se fundó el Comité Olímpico Cubano. Al Olimpismo, a la excelsa obra de Pierre de Coubertin y sus sucesores le dedicó parte de sus profundas ideas y pensamientos.. 

Incluso, llegó a entablar amistad con varios de los presidentes del Comité Olímpico Internacional (COI), como el español Juan Antonio Samaranch.

Fue un defensor de los deportistas en ese ámbito, al expresar que sin los atletas no hubiera olimpiadas, y mucho menos ingresos a las arcas del COI. En su voz, Cuba, levantó la de los pueblos del Tercer Mundo a tener derecho a instalaciones deportivas y a la práctica del deporte.

Nadie como el removió los cimientos del COI para clamar por los derechos de los países del Sur a ser sede de unos Juegos Olímpicos, un coto, como el señaló, prácticamente privado del Grupo de los 20, que reúne en un cónclave a las principales potencias del planeta.

No fue ni por vanidad, tampoco por adquirir las ganacias que se quedan, que lanzó a La Habana como candidata a sede olímpica. Al hacerlo defendía ese derecho, y tal vez sabía de antemano que no cristalizaria la intención, porque dijo que Cuba no podía prometer nada, solo la amistad, la hospitalidad, y la capacidad movilizativa y organizativa de su pueblo.

Por supuesto que compartió más con los presidentes del Comité Olímpico Cubano posteriores al triunfo de la Revolución, porque antes luchaba por poner en lo más alto del podio de premiaciones la independencia definitiva de la Patria.

Fue con Manuel González Guerra y con José Ramón Fernández Álvarez, con los titulares de esa organización con quiénes departió sobre ese maravilloso mundo de los cinco aros.

Fernández, al mismo que le encomendó la batalla de Playa Girón, se entregó por entero a la misión de los Juegos Panamericanos de 1991, en calidad de Presidente del Comité Organizador. Luego presidió el Comité Olímpico Cubano.

Antes, otro incondicional a la obra revolucionaria y al movimiento deportivo que de ella emergió, Manuel González Guerra, fue todo un icono en defensa de los atletas, del ideal olimpico y un fiel e incondicional seguidor de Fidel.

Su admiración por el Jefe de la Revolución y su fidelidad tuvieron muchísimas pruebas, pero una de ellas la contó Nelson Domínguez Morera, en un artículo homenaje a quien todos conocimos como Manolon.

La entonces Organización Deportiva Panamericana (ODEPA) propuso, en 1993, al COI imponerle el collar representativo de la Orden Olímpica creada en 1974 como reconocimiento a quienes muestran sobresalientes méritos en la causa del deporte mundial y fidelidad al olimpismo. Pero él condicionó aquella propuesta con una sólida argumentación: «siempre y cuando antes se le otorgue al principal artífice del deporte y los cambios sociales de la Revolución Cubana, al Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz».

No valieron los ambages del amigo Mario Vázquez Raña, titular de la ODEPA, de que ello estaba previsto para más adelante dada la condición del Jefe de Estado, entre otros razonamientos.

A finales de ese mismo año, en el Salón de Ceremonias del Consejo de Estado de Cuba, en sencilla ceremonia de tarde noche, con presencia de autoridades deportivas nacionales, extranjeras y el cuerpo diplomático, se le otorgó a Fidel Castro Ruz el collar y la Orden Olímpica.

Fidel fue en toda su dimensión un atleta, un campeón. No solo por sus cualidades físicas, cultivadas desde muy pequeño; sino por la más pura esencia del deporte, la que promueve la amistad, la fraternidad, la salud y el bienestar social.

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