Un mundo detrás del brillo
Magda González Grau regresa al largometraje de ficción con Ricky-Ricardo, una coproducción del canal Cubavisión y el Icaic, que prevé su estreno en 2026

El regreso de Magda González Grau al largometraje de ficción no ocurre por azar, sino por la insistencia de una historia que pedía más espacio, más música y otra respiración. Ricky-Ricardo nació como una idea pensada para la televisión, pero muy pronto comenzó a reclamar una dimensión distinta, una profundidad que solo el cine podía ofrecer.
En ese tránsito entre formatos, la directora entendió que había un universo emocional y artístico que no podía comprimirse en los límites originales del relato.
La música, apenas insinuada en la versión inicial, terminó convirtiéndose en la columna vertebral del filme. Porque Ricky-Ricardo se adentra en el mundo del transformismo, una manifestación donde el cuerpo, la voz y la escena dialogan constantemente. No se trata solo de doblar una canción, sino de interpretar un género, encarnar a una diva, sostener un repertorio y convertir el escenario en un acto de identidad.
«Los retos dramáticos existen en cualquier historia, pero en esta, en particular, se intensifican porque se trata de un personaje que sufre mucho al sentirse incomprendido», comenta González Grau a JR.
—¿Cómo fue la construcción del personaje protagónico junto a Ariel Zamora y qué elementos consideró esenciales para que Ricky resultara creíble y conmovedor?
—La construcción del personaje protagónico junto a Ariel Zamora fue un proceso muy consciente y profundamente trabajado. Para que Ricky resultara creíble y conmovedor, era esencial que el público empatizara con él desde el primer momento.
«No quería que se viera solo como una víctima, sino como alguien vulnerable, sí, pero con una fuerza interior capaz de crecer, empoderarse y defender sus razones. Esa evolución dramática era clave.
«Ariel trabajó mucho la contención, los matices emocionales, la fragilidad inicial que luego se transforma en firmeza. El director, por supuesto, forma parte activa de esa construcción, y fuimos afinando cada gesto, cada silencio, cada reacción.
«Además, hubo un entrenamiento muy riguroso para asumir la dimensión del transformismo en el personaje de Delirio —nombre artístico de Ricky—. Con el apoyo del director artístico Carlos Rey se trabajó la corporalidad, la gestualidad, la feminidad escénica, el repertorio musical y la interpretación de las canciones. No se trataba de imitar, sino de encarnar con respeto y verdad.
«Ariel se entregó por completo al proceso —incluso atravesando dificultades de salud durante el rodaje— y creo que logró un personaje profundo, honesto y emocionalmente poderoso. Estoy convencida de que será un punto importante en su carrera».
—La música tiene un peso simbólico importante en Ricky-Ricardo, con temas emblemáticos de la cancionística cubana. ¿Cómo dialoga la banda sonora con la historia que se cuenta?
—La música claramente tiene un peso fundamental, porque el transformismo es eso: música, interpretación, presencia escénica. Elegir las canciones no fue algo sencillo. Primero, porque había muchas para las que no teníamos derechos, y segundo, porque no era nuestro objetivo usar simplemente temas de moda, ya fueran de cantantes extranjeras o cubanas, que no tuvieran la riqueza de la canción cubana tradicional.
«Por eso decidimos hacer un homenaje a todas esas divas de la canción cubana. No a todas, porque no cabían en la película, pero sí a las más importantes, y el repertorio resultó excelente.
«La canción que hay en la película pertenece a lo mejor de la cancionística cubana, y estoy convencida de que va a funcionar. La buena música siempre tiene ese poder: no importa la edad, siempre conecta, siempre se agradece y deja una huella».
—El filme habla de reconstrucción y amor. ¿Qué mensaje le gustaría que el público se llevara después de verla?
—Todas las historias que cuento, de alguna manera, deben transmitir un sentido positivo y dejar algo en el público. Quiero que quienes las vean reflexionen sobre si realmente vale la pena excluir a un ser humano que no le ha hecho daño a nadie: excluirlo de la vida, de la sociedad, de la familia… Eso no tiene sentido. Lo que importa es el amor, la reconstrucción y la posibilidad de ser comprendido. Creo que la película habla justamente de eso.
«Sobre todo, trata de cómo perseguir los propios sueños, aunque uno choque con incomprensiones o con actitudes basadas en prejuicios. Son comportamientos que muchas veces no se entienden, pero que, lamentablemente, existen.
«Si el público piensa en esto, si reflexiona sobre por qué se excluye a alguien simplemente por ser diferente, entonces habremos logrado lo que queríamos: abrir una puerta al entendimiento, a la empatía y al respeto hacia los demás».
—Amílcar Salatti se ha convertido en una especie de guionista «fetiche» dentro de su obra. ¿Qué encuentra en su escritura que dialoga tan bien con su mirada como directora, y cómo ha evolucionado esa complicidad creativa a lo largo de los proyectos que han compartido?
—Desde que estoy trabajando con Amílcar soy una persona muy feliz, por una razón muy sencilla: es un guionista extraordinariamente creativo y escribe muy bien. Yo soy filóloga y respeto muchísimo la sintaxis de sus textos, la construcción de sus diálogos, la manera en que caracteriza a los personajes a través del lenguaje y los diferencia con precisión. También admiro cómo construye las situaciones dramáticas y cómo, en cada una de sus historias, hay siempre un mensaje profundamente humano.
«No quisiera hacer otra cosa que no fuera trabajar con él. Siempre hemos estado de acuerdo en lo esencial; debatimos, discutimos las propuestas, yo le hago sugerencias y ocurre algo maravilloso: cuando le propongo una idea, él me la devuelve multiplicada, enriquecida. Ese intercambio creativo es una verdadera fiesta.
«Trabajar con un guionista así —tan asequible, tan creativo— es un privilegio».
—¿Considera que esta película dialoga de alguna manera con obras anteriores suyas?
—Sí, creo que esta película dialoga con obras anteriores mías. Los creadores no pueden traicionarse a sí mismos, y a mí me interesan todos estos temas de exclusión, incomprensión e intolerancia. Creo que la ficción tiene esa virtud: hacer que la gente reflexione sobre su propia conducta y comprenda lo que es correcto y lo que no lo es.
«Por eso, toda la fuerza y todo el aliento que pueda poner en este tipo de historias lo voy a aprovechar. Son relatos que hacen falta, porque ayudan a que seamos mejores seres humanos y a construir una sociedad más comprensiva y justa».
—Finalmente, si tuviera que definir esta película en una sola palabra, ¿cuál sería?
—No creo que pueda resumirlo en una sola palabra; más bien, lo veo como una filosofía de vida. Yo diría que se trata de abrir la mente a las diferencias. Las personas distintas pueden ser absolutamente iguales a nosotros en virtudes y defectos. Cuando alguien las etiqueta como «diferentes» es, muchas veces, por ignorancia. Por eso es necesario conocer, aprender y entender, y para eso primero hay que tener la mente abierta.
«Quizás Ricky-Ricardo no se pueda resumir en una palabra, ni siquiera en una emoción única. Lo que deja trasciende la pantalla y se convierte en un recordatorio silencioso de que abrir la mente es también abrir el corazón. Que la diferencia no es amenaza, sino posibilidad. Que detrás de cada gesto, de cada historia ajena, hay un mundo que merece ser conocido, comprendido y respetado.
«Al final, lo que queda no es solo un relato, sino una invitación a mirar más allá de lo evidente, a cuestionar prejuicios y a descubrir la humanidad que late en todos nosotros. Tal vez esa apertura sea la verdadera esencia de la película: una filosofía que permanece después de apagar la luz de la sala, y que nos acompaña en cada encuentro con los otros y con nosotros mismos».
