Manteniendo la magia
Formar parte de esta histórica tradición, es sinónimo de una infancia feliz y de padres maravillosos

Anita es una niña de 6 años, un poco traviesa, su mamá la regaña con frecuencia porque llega de la escuela y sin quitarse el uniforme sale a jugar regresando sucia por «mataperrear como si fuera un niño». Le encanta estudiar y adora a su maestra. En el año que deja atrás ha procurado no ensuciar «tanto» su ropa, ha realizado en tiempo las tareas y le ha hecho caso a mamá. Su plan de «niña modelo» tiene un solo fin: que este 6 de enero llegue el tan esperado regalo de manos de los reyes Magos.
Su madre es una mujer luchadora quien reconoce que su hija se merece el mejor de los regalos, pero en los actuales tiempos de inflación resulta difícil costearse un juguete con precios excesivamente caros. Será otro año en que el pedido de la carta de su hija quede en pausa, esperando una época mejor.
Sin embargo, con la complicidad de su hija mayor, a quien hace un tiempo le cayeron encima los cimientos de sus predios fantásticos, al descubrir que Melchor, Gaspar y Baltasar son pura ficción, coloca a hurtadillas la noche anterior el modesto regalo que pudo comprarle, a los pies del triste árbol, que apenas ha brillado esta Navidad.
Como madre cubana, su único fin es que la magia sobreviva en la mente de su hija pequeña, quien cuando sea una adulta entenderá, como nos ha pasado a todos, que más allá de descubrir que son seres místicos, creer en su existencia cuando fuimos niños nos hizo vivir momentos de dicha inmensa, así como a comprender hoy adultos que haber formado parte de esta histórica tradición, es sinónimo de una infancia feliz y de padres maravillosos.
