Aún hoy, la Gran Revolución

A 105 años del triunfo de la Revolución Socialista de Octubre, los revolucionarios deberíamos volver a las raíces de aquel acontecimiento, y proponernos, otra vez, superar al capitalismo

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Robert Kennedy era un político muy sagaz. Fiel a su hermano, aun después de que este fuera asesinado, su suerte no fue muy diferente a la de Jack.

Un año después de que Robert fuera asesinado, fue publicado su libro Trece días, un recuento personal, dentro del Gobierno de Estados Unidos, durante la Crisis de Octubre.

Robert usa su libro para hacer una oda póstuma a su hermano Jack, y su liderazgo durante aquellos días tensos, para dejar sentado que aquellos acontecimientos fueron un punto de cambio para el mundo.

Siendo el hombre leído y astuto que era, cuesta trabajo pensar que no supiera que el título de esas memorias harían regresar, a más de un lector, al clásico de John Reed, Diez días que estremecieron el mundo.

La analogía y el simbolismo son demasiado directos para que fuera casual. Reed era un periodista comunista yanqui, que fue testigo, de primera mano, de la Gran Revolución de Octubre. Su libro es un recuento personal del día a día de la toma del poder bolchevique de la Rusia que, desde la insurgencia de febrero, había derrocado al zar Nicolás.

El libro comienza: «A fines de septiembre de 1917 vino a verme a Petrogrado un profesor extranjero de sociología que visitaba Rusia. Había sido informado por hombres de negocios e intelectuales que la revolución estaba declinando». John entonces pasa a narrar cómo «las clases poseedoras se hacían cada vez más conservadoras; las masas del pueblo cada vez más radicales».

Una pléyade de personajes varios, incluidos diversos partidos a los que les asustaba la radicalización revolucionaria, pedían que se pusiera orden.

«El 14 de octubre, decía el órgano oficial de los socialistas moderados, el drama de la revolución tiene dos actos: la destrucción del viejo régimen y la creación del nuevo. El primer acto ha durado ya bastante», para, dos oraciones después, los propios moderados, asustados del extremo revolucionario, apelar a una cita de mediatización: «Apresurémonos, amigos, a terminar la revolución. Aquel que la haga durar demasiado no recogerá los frutos».

Dos meses después, el Palacio de Invierno en Petrogrado era tomado por las fuerzas revolucionarias sin apenas resistencia, entre el 7 y el 8 de noviembre, y Lenin lanzaba su proclama A los ciudadanos de Rusia.

La revolución soviética era un hecho. Por segunda vez en la historia, los obreros y campesinos intentaban tomar al cielo por asalto.

La primera no pudo sostenerse por mucho tiempo en el París de La Comuna. Esta vez, se coronaría por más de 70 años.

En ese tiempo, pese al asalto continuado del sistema mundo capitalista, se enfrentó a la intervención imperialista en la propia cuna de su victoria; venció a las tropas fascistas; puso en el espacio la primera nave humana, el primer hombre y la primera mujer en el cosmos; industrializó un país de campesinos; creó la sociedad de mayor nivel educativo promedio; creó el primer sistema de salud universal gratuito de la historia; empoderó a la mujer y la hizo una protagonista activa; y sirvió de freno a la voracidad imperialista, permitiendo una correlación de fuerzas que hizo posible el éxito del movimiento descolonizador, posterior a la II Guerra Mundial, en África, Asia y América Latina.

Aún hoy, la capacidad de resistencia de las fuerzas revolucionarias del mundo es posible gracias a que hubo una Gran Revolución Socialista de Octubre.

Marx enunció aquella famosa tesis de que «Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo». Los soviéticos rusos lo hicieron. 

A 105 años de aquel comienzo, los revolucionarios del planeta deberíamos dejar atrás complejos inducidos de derrota, y volver a las raíces de aquella revolución, y proponernos, otra vez, superar al capitalismo.

Al fin y al cabo, los hombres no han hecho más que destruir de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de salvarlo. Salvémoslo.

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