El complejo diseño del amor (II y final)

La semana pasada comentamos la visión de Edgar Morin a propósito de lo que llamamos amor en la actualidad, un análisis que emplea las herramientas de las teorías sobre complejidad, en las que este filósofo y sociólogo francés es un experto de talla internacional. Hoy volvemos sobre este tema

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Como ocurre con otros mitos, somos conscientes de la irrealidad del amor, pero no podemos prescindir de él. Autor: Internet Publicado: 18/10/2022 | 09:10 pm

 ¿Cómo entra la luz en una persona? Si la puerta del amor está abierta.
                                                                                                         Paulo Coelho

La semana pasada comentamos la visión de Edgar Morin a propósito de lo que llamamos amor en la actualidad, un análisis que emplea las herramientas de las teorías sobre complejidad, en las que este filósofo y sociólogo francés es un experto de talla internacional.

Si la humanidad instituyó la exogamia y las reglas de parentesco, prescribe el matrimonio, prohíbe el adulterio… ¿cómo el deseo y el amor sobrepasan normas y transgreden lo prohibido, como el incesto o la traición?

Según Morin, es parte de la disyuntiva entre el amor vivido como mito y el vivido como deseo: lo espiritual que teme contaminarse con el contacto carnal y la «bestialidad» delegada en el contacto prostituido: «La bipolaridad del amor, si bien puede desgarrar al individuo entre amor sublime y deseo infame, puede hallarse también en diálogo, en comunicación: hay momentos felices en los que la plenitud del cuerpo y la plenitud del alma se encuentran».

El verdadero amor se reconoce en que sobrevive al coito, mientras que el deseo sin amor se disuelve en la famosa tristeza poscoital, dictamina. Como todo lo vivo, el amor se somete al segundo principio de la termodinámica, que es un principio de degradación y desintegración universal. Así el amor no vive más que renaciendo sin cesar, y lo que en él consideramos sublime se ve en la etapa de su nacimiento. Irónicamente, su meta es la eternidad, pero el apego prolongado con la pareja suele ahogar al deseo erótico que le dio origen, un conflicto que alimenta la literatura desde hace milenios: la constancia y comodidad produce un afecto filial que contradice al desenfreno inicial.

Pero el amor es paradójico y puede haber amores que duren, dice Morin. Condenado a renovarse cíclicamente, podría enfocarse hacia el mismo sujeto. La experiencia prueba que cuando un vínculo espiritual se siente amenazado puede sobrevivir reavivando el deseo, el elemento carnal de esa relación… y viceversa. Depende de la calidad de lo vivido.

Más allá del mito

Es digno de destacar cómo la unión de lo mitológico y lo físico en las emociones se opera en el rostro, apunta el experto. En la mirada amorosa hay algo que describimos en términos magnéticos o eléctricos, y en los ojos ha puesto la mitología una de las localizaciones del alma. También el beso en la boca, un mito de Occidente, concentra el encuentro de todas las potencias biológicas, eróticas, mitológicas… unión física y fusión de almas a través del aliento. Ojos y bocas que gritaban de amor, protagonizan entonces sus silencios más elocuentes… Hermoso misterio.

Ante esa experiencia innegable, el saber humano ha disuelto el amor, al tildarlo de ilusión y locura, o lo ha elevado a la categoría de suprema verdad que satisface la necesidad de salvación: Entre homo sapiens y homo demens no hay una frontera neta. No sabemos cuándo se pasa de uno a otro, y además pueden volverse del revés, advierte Morin. ¿Acaso una vida toda racional no es locura? Para él el amor es «el culmen de la unión entre la locura y la sabiduría». Ese es el problema que afrontamos en la vida y no hay claves que permitan encontrar una solución exterior o superior.

Como otros mitos, desde que es reconocido como tal deja de serlo: se llega al punto de la conciencia en que nos damos cuenta de su irrealidad, pero no podemos prescindir de él. Esa creencia en el amor es de los más nobles y poderosos mitos. Quizá el único al que deberíamos adherirnos, propone.

Como no podemos probar empírica y lógicamente la necesidad del amor, no podemos más que apostar por y para ese sentimiento, y eso implica ser capaces de entregarnos a él, dialogar con él de manera crítica, vivir esa «poesía de la vida» sin pretender que abarque todo en nuestra vida. Implica aceptar el riesgo de la ilusión, de saber que lo absoluto es al mismo tiempo incierto, y que no solo compromete nuestra existencia, sino también la de esa persona que amamos, y la de quienes nos aman sin que los amemos, y quienes les aman sin reciprocidad…

El amor posee en sí un sentimiento de «verdad», que da origen a graves errores. ¡Cuántos desdichados se ilusionaron con la mujer o el hombre de su vida! Pero «nada es más pobre que una verdad sin sentimiento de verdad».

Por eso el amor es la religión más verdadera y la más certera enfermedad mental, afirma: «Oscilamos entre esos dos polos, tan real uno como otro», y lo extraordinario de eso es que nuestra verdad personal nos la revela y aporta el otro: «La autenticidad del amor no está solo en proyectar nuestra verdad sobre el otro, para finalmente no verlo más que a través de nuestros ojos, está en dejarnos contaminar por la verdad del otro», revela.

Pero algunas personas proyectan solo la respuesta que esperan: es tal su necesidad de amor que un encuentro en un buen (o mal) momento desencadena el proceso de fascinación, se aferran a eso e ignoran la verdad del otro, convertido en tótem: lo ignoran creyendo adorarlo. Ahí está una de las tragedias del amor, la incomprensión de sí y del otro.

La belleza del amor es la reciprocidad. Es ese «hallar la propia verdad a través de la alteridad» lo que nos permite poseer lo que nos posee, concluye Morin: «Somos individuos producidos por procesos que nos precedieron; estamos poseídos por cosas que nos sobrepasan y que irán más allá de nosotros, pero, en cierto modo, somos capaces de poseerlas», y como su coterráneo, el poeta Rimbaud, busca una verdad que esté a la vez «en un alma y en un cuerpo».

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