Caibarién, mi Caibarién en sus 190 cumpleaños

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Papel en blanco siempre significa sentimiento; y cuando me dijeron que el pueblo donde crecí cumplía 190 años y yo no me acordaba, las palabras se me trastocaron en algo intangible capaz de moverte a un lado u otro tratando de encontrar la mejor expresión. Pero al final, te das cuenta que no hay palabra, y disimulas para salir del paso, porque solo tienes en la boca un sentimiento.

Y entonces, buscas un papel en blanco y recuerdas en la historia tantas cosas que una vez estudiaste para escribir una crónica bomba y te das cuenta de que Caibarién es una cosa extraña que viene y va como las olas que lo zarandean a diario. Esas mismas donde mi gente se busca el sustento diario en esa conjunción tan hermosa que da trabajo y vida, y luego dices que, aunque fue un pueblo singular, lo singular nunca fue el pueblo, sino la gente que decidió un día de 1832 que era mejor iniciar una vida nueva que ser la cola de San Juan de los Remedios.

Entonces, mejor agarras el papel y le pones de un tirón lo que sientes para que se quede a gusto y la gente que nació en la Colonia de Vives sea la primera en entenderte, amarte o criticarte.

Fue el espíritu de esa gente la que convirtió a Caibarién en esa suerte de ombligo del mundo para el que lo vio desde el día de su nacimiento, y para algunos de los que recalaron en su litoral traídos por las ondas de la vida. Para los que aquí nacieron se convertía en casi un mandato divino defender a ultranza este pedazo de tierra salada, donde el mar queda tan cerca que si abres un hueco en el patio de tu casa se llena de agua al momento, como para recodarte que no eres polvo, sino mar, y, quizás, al mar un día vuelvas.

Mar porque sin mar Caibarién no es Cayo ni Barien. Y la gente, los más importantes de esta historia, huelen a mar desde nacimiento a mortaja; y pueden estar en uno de los dos polos pero siempre van a recordar que una mojarra del malecón recién pescada no necesita sal ni limón. Hay que echarla rápido al aceite hirviendo para que te comas hasta las espinas; o saber que es un arroz con manjúa, aunque no lo vendan en un restaurante chic; y que se te ponga el corazón en fase de «no creo ni en mi madre»cuando me dicen que la salsa de perro no nació en el hotel España.

Creciste, estudiaste y te fuiste, como tanta gente, unos cerca, otros no tanto, pero te queda esa cosa del orgullo secreto cuando te toca decir de dónde eres, y entonces, como mar eres, dices que naciste o te criaste en Caibarién y se te va un chorro de palabras sobre la historia de tu pueblo, o de su cocina, o hablas de Corona y la nueva trova, o de la radio, o del pedraplén o de la playa de Ensenachos o Santa María.

Es como si llevaras un pedazo de mar dentro de una botella y tu cuerpo fuera esa botella, cuando te tocan la tecla te sale tanto mar que a los demás no les queda más remedio que escucharte o más bien bañarse en esa agua marina por tanto tiempo guardada. Te sientes hijo orgulloso de tu tierra y su mar, o de su mar y su tierra, según te dicte tu sentimiento.

Y si te pones contento les cantas: «¡Los cangrejos de Caibarién son los mejores, no los maten, no les den palo, no sean abusadores!»

Y no te diste cuenta que, de pronto, te volviste ecologista, aunque te siga encantando la masa de cangrejo en enchilado, con ají, sal y limón.

Eso es Caibarién, el lugar que quizás no es, pero sigue vivo en tu mente. Puro sentimiento y hoy, celebra su cumpleaños.

Imagen. Archivo CMHS

Diseño: Maybe.

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