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Peor más que mal

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La presencia militar norteamericana en Oriente Medio y Asia Central a cuenta de combatir el terrorismo no puede ser más deslucida e inútil para sus planes hegemónicos.

Peor más que mal
A estas alturas del despotrique militar norteamericano y de sus acogotados aliados en Oriente Medio y Asia Central, ciertamente las aguas cenagosas llegan al cuello. (AFP)

Hay casos en que los planes y las grandes «€œilusiones»€, por carencia de cálculos objetivos, terminan por convertirse en meros pantanos insalvables.

Y a estas alturas del despotrique militar norteamericano y de sus acogotados aliados en Oriente Medo y Asia Central, ciertamente las aguas cenagosas llegan al cuello de los que hace dos decenios comenzaron la desestabilización regional con la jácara del «€œcombate global al terrorismo»€.

Lo primero»€¦ la cantinela venía del impulsor del extremismo islámico armado desde la década del setenta del pasado siglo en Afganistán contra el gobierno popular de entonces y las tropas soviéticas que acudieron en su apoyo.

Lo segundo»€¦ más allá de la oportunista algazara luego de los atentados del 11 de septiembre de 2001, Washington no se deshizo para nada de sus vínculos con el terrorismo confesional y no solo acogió a cuanta rama de Al Qaeda apareció en su nueva área geográfica de conquista, sino que además dio cuerpo y vida «€”siempre con la venia de su caterva de profanos»€” al mismísimo Estado Islámico, EI, instruido especialmente para amputar y trozar a Iraq y Siria.

¿Descuido o subvaloración? Lo cierto es que luego de primarios éxitos terroristas, las cartas geopolíticas reclamaron sus verdaderos fueros porque ya había jugadores de talla sobre la cancha dispuestos a frenar los trazos de una nueva y gravosa cartografía en las inmediaciones de sus propias casas.

Hablamos en concreto del valioso apoyo de Rusia, Irán y el Hizbolá libanés a la causa siria y de los crecientes lazos de colaboración de Teherán con las fuerzas populares iraquíes, empeño que en poco más de un lustro ha hecho del dibujo regional un gráfico nada agradable para los Estados Unidos y sus comparsas.

Atosigado en un empantanamiento de veinte años altamente costoso en billetes verdes y credibilidad política y bélica, Washington decidió que sus últimas tropas abandonaran Kabul en días pasados a marcha forzada y sin mirar atrás, y seguramente con el presentimiento de que en Iraq y Siria algo similar estaría por repetirse.

Y para algunos analistas se trata, en efecto, de agüeros cuasi tangibles. En el caso iraquí ni el gobierno ni las diferentes fuerzas de la resistencia armada cohabitan con la idea de la prolongación de la injerencia militar Made in USA en el país, y junto a crecientes ataques a bases y emplazamientos gringos y a la permanente tarea de postrar a los injertados remanentes del EI en suelo nacional, demandan que los efectivos foráneos se vayan de regreso a casa con el cierre de diciembre de este año so pena de ver arder sus barbas.

En Siria el escenario no es muy diferente, y en especial en los últimos tiempos en que el Ejército Nacional y sus aliados rusos, iraníes y del Hizbolá libanés se muestran empeñados en operaciones militares de carácter determinante para la eliminación de los desechos terroristas aupados por Washington, y para abortar la creación de grupos separatistas en las áreas del país donde los ejércitos norteamericano y turco se despliegan de manera ilegal, y a los que igualmente Damasco ha prometido expulsar de sus ilícitos emplazamientos.

Así, se conoció hace muy poco de las resonantes victorias de las fuerzas armadas nacionales en la sureña provincia de Daara, hasta hace poco en manos de los terroristas, y del avance, por primera vez en diez años de conflicto, sobre localidades como la de Al-Yadudah, donde pretendidos rebeldes deponen las armas ante los militares y autoridades tribales.

Mientras, Rusia anunció el aumento de sus dotaciones de misiles crucero Kalibr en Siria, la mayoría de ellos ubicados en unidades navales y submarinos cercanos al puerto de Tartus, con la intención de realizar tiros directos sobre las posiciones de los extremistas islámicos tanto en la ya mencionada región de Daara como en la provincia de Idlib.

De manera que los defensores de la soberanía de Iraq y Siria parecerían decididos a que, luego de Afganistán, sus respectivas naciones queden también libres de tropas «€œcoaligadas»€ y de sus compinches extremistas, con la salvedad de que, a diferencia de lo ocurrido en suelo afgano, el control de ambos países quedará en manos seguras, experimentadas y patrióticas.

Y no será, por tanto, una dádiva ni un acto signado por rejuegos políticos, sino una contundente victoria de la razón, de la comunión de intereses, y del coraje masivo.

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