El legado de El Mayor para los juristas cubanos (+Video)

El 8 de junio de 1865, un joven cubano, Ignacio Agramonte y Loynaz, defendió su tesis de grado para recibirse como Licenciado en Derecho Civil y Canónico. En ella planteó una alianza entre el orden y la libertad, como representación de la armonía de los intereses y las acciones de los individuos entre sí, y obtuvo la calificación de Sobresaliente, en la Facultad de Derecho de la Universidad de La Habana.

Agramonte nació en la ciudad de Camagüey, en 1841, y tenía 27 años de edad cuando se sumó a la lucha por la independencia patria y alcanzó los grados de Mayor General.

El Mayor, como era nombrado por sus hombres y es conocido y respetado hoy, no fue militar de carrera. Sí desde muy joven frecuentó gimnasios, tomó lecciones de esgrima y se adiestró en el manejo del rifle.

También desde temprano se propuso luchar por la independencia de Cuba, su Patria querida. Creó la caballería del Camagüey, con la que infundía el pánico a las tropas españolas.

Al respecto escribiría Martí, «sin más ciencia militar que el genio, organiza la caballería, rehace el Camagüey deshecho, mantiene en los bosques talleres de guerra, combina y dirige ataques victoriosos…».

El rescate del brigadier Julio Sanguily, que iba a ser fusilado tras caer en manos de una fuerte columna española, fue una de sus hazañas más destacadas. Agramonte, con solo 35 mambises, realizó la heroica acción.

El Bayardo, como también fue conocido, tuvo dos amores que llenaron su corazón: Cuba y Amalia Simoni Argilagos, su esposa y madre de sus dos hijos: Ernesto y Herminia, a la que Agramonte nunca conoció.

Como jurista, participó en la redacción de la primera Constitución de Cuba en Armas, la de Guáimaro y fue elegido secretario de la Asamblea Constituyente.

En unas 30 ocasiones, a lo largo de artículos y discursos, evoca José Martí, Apóstol de la independencia de Cuba, la figura de Ignacio Agramonte, ese símbolo de la Revolución cubana. El hombre que en plena guerra, rayando las hojas de los árboles con la punta de su cuchillo, enseñó a leer al mulato Ramón de Agüero. Aquel que parecía que «curaba como médico cuando censuraba como general».

Al analizar el carácter límpido de Ignacio Agramonte lo definió como «diamante con alma de beso», que fue capaz de tallarse a sí mismo y de dejar atrás el idealismo de los primeros tiempos y las incomprensiones para convertirse en la extraordinaria figura de primera línea que llegaría a ser.

Martí también dijo sobre él: «Y a los pocos días de llegar al Camagüey, la Audiencia lo visita, pasmada de tanta autoridad y moderación en abogado tan joven; y por las calles dicen: ‘¡ése!’ y se siente la presencia de una majestad (…)».

Cuando cayó en combate en Jimaguayú el 11 de mayo de 1873, Ignacio Agramonte entró para siempre en la Historia de su Patria, la misma que reverenció como patriota, abogado, militar, pero, sobre todo, como cubano pleno.

Desde entonces, la justicia y el patriotismo en Cuba han marchado juntos en las ideas y en las trincheras. Carlos Manuel de Céspedes, José Martí y el Comandante en Jefe Fidel Castro, los tres principales jefes de las gestas del 68 y del 95 en el siglo XIX, y del 26 de julio en el siglo XX, hicieron converger en esta profesión los más nobles propósitos de libertad y de redención, acompañados de la acción para lograrlos.

Por ello, su ejemplo como dignos defensores de la justicia es una guía permanente para los trabajadores jurídicos cubanos, que nos inspira a ser cada vez mejores en el cumplimiento de las honrosas tareas asignadas por la dirección de nuestro Partido, Estado y Gobierno para defender las sagradas conquistas del pueblo, así como contribuir con nuestra labor a la implementación de los Lineamientos de la Política Económica y Social del PCC y la Revolución.

Qué mejor ocasión que esta, para resaltar los principios y virtudes que observó Agramonte durante su intachable existencia.

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