Panorama desolado

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Triste, verdaderamente triste saber que muchos terrenos de los que antaño exhibían su fertilidad constituyen hoy un recuerdo nefasto del pasado atribuible a múltiples causas.

Baste viajar por carreteras cubanas para observar que en gran parte de sus segmentos se extiende el marabú como dueños de una zona que muy bien pudiera revertir su utilidad en la producción de alimentos en tiempos en que el país reclama la soberanía alimentaria, si es que acaso permiten recobrar su vitalidad.

Ya la Estrategia Ambiental de 2015 definía que el 65 % de nuestros suelos estaban marcados por diferentes procesos de degradación, mientras un 76,8 % poseía limitantes para entregar alimentos debido a siglos de explotación irracional e insostenible. Pero sepa que, en el propio 2015, más del 40% de las superficies presentaban afectaciones derivadas de la erosión, y si se refiere al desgaste potencial, considerado como aquel territorio desprovisto de cubierta vegetal protectora homogénea, la cifra ascendía al 56 %.

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No resulta extraño entonces que en el archipiélago, como en gran parte de las naciones, el proceso de degradación esté marcado por el inadecuado manejo y explotación de los suelos, sin minimizar las condicionantes climáticas y topográficas, entre otros factores, que califican la erosión de fuerte a media.

Ello afecta unos 2.9 millones de hectáreas (MMha), en tanto el grado de acidez alcanza 3,4 millones de ha, la salinidad daña alrededor de 1 MMha, la compactación a 1.6 MMha, y la fertilidad unos 3.0 MMha, por lo que el 60 % de la superficie del país aparece herida por estas y otras condicionantes.

Pero en el caso de Cuba no resultan descartables los incendios forestales como incidencia mayoritaria de afectaciones en los bosques que inician en potreros, campos de caña y cultivos agrícolas para llegar a la postre a las áreas boscosas.

Los estimados anteriores pudieran resultar superiores en la mayor de las Antillas; sin embargo, el daño es respetable en el mundo al revisarse los informes de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) para la Alimentación que sitúan a la deforestación como la segunda causa más importante del cambio climático después de la quema de combustibles fósiles. Ello representa casi el 20% de todas las emisiones de gases de efecto invernadero que superan la de todo el transporte en el universo.

El asunto no constituye un juego. La degradación de los suelos, además de incidir en la emigración de pobladores hacia sitios más productivos, provoca alteraciones medioambientales con la contaminación de las aguas, el incremento de las áreas desérticas y la extinción de las especies, por citar algunas, mientras en el orden económico se necesitan inversiones mayores a fin de mantener los requerimientos productivos demandados por la sociedad.

Para los estudiosos la deforestación y la degradación se dan la mano al activarse uno de ellos por las acciones humanas. Será la antesala para que más tarde aparezca la otra. ¿Culpables? La tala indiscriminada de grandes extensiones boscosas, el accionar de la industria minera con la extracción de sus riquezas, y la pérdida de las propiedades fértiles del suelo que inducen a la resta de la biodiversidad tanto de especies animales como vegetales.

La urgencia de obtener materias primas vegetales, «€”léase madera, leña y otros derivados para la obtención de papel»€”, dejan los suelos descubiertos, por lo que se abren las puertas para la acción de agentes físicos de erosión que intervienen en las precipitaciones y el viento.

Sin dudas las negligencias han roto el equilibrio en los últimos siglos. Hemos olvidado que los bosques tropicales cumplen funciones ambientales de extrema importancia en la regulación de las lluvias el control de la erosión, y como fuentes de producción de oxígeno y escurrideros de dióxido de carbono.

También se minimiza el hecho de que la explotación forestal debe pensar en la necesaria repoblación. Baste decir que solo por la explotación de madera en América Latina y el Caribe desaparecen unos 50 000 km2 de bosques al año.

En el entorno cubano también la pérdida de la superficie boscosa influye en la modificación de las condiciones climáticas de la zona afectada. Se aprecia en las variaciones del régimen de lluvias que induce a períodos prolongados de sequía e incluso sobre la salud humana debido a la aparición de determinadas afecciones infecciosas causadas por virus, hongos y parásitos que proliferan en temporadas secas.

Sume a ello los cambios en el sistema inmunológico proclives a la aparición de procesos infecciosos, así como una mayor exposición a las radiaciones ultravioletas como consecuencia de la deforestación y su incidencia en el cáncer de piel, sin excluir las cataratas oculares acentuadas en países tropicales respecto a naciones de climas más templados.

Y en cuanto a la agricultura, con la aplicación de técnicas atrasadas en muchas regiones del Planeta, no es extraño que la productividad de esos suelos decrezca en pocos años. De esta forma se debilita el ecosistema, la producción de alimentos decrece cualitativamente y repercute, también, en la ocurrencia de enfermedades de origen metabólico.

Entonces ¿cómo contribuir a reducir las causas de la deforestación convertidas en un problema global?

  • Ojo con la tala y quema de árboles.
  • Cuidado con la conversión de terrenos para la agricultura y la ganadería.
  • Evitar los nefastos incendios forestales.
  • Ser en extremo cuidadoso ante acciones que induzcan a la pérdida de hábitats.
  • No descuidar los efectos de plagas y enfermedades que pudieran estar presentes en los propios árboles y plantas.

Imégenes del autor

Ricardo Rodolfo González

Ricardo Rodolfo González

Periodista y filólogo

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