Capablanca, el primero de los genios

Cuando nació el 19 de noviembre de 1888 en el Castillo del Príncipe, en esta capital, pocos imaginaban que José Raúl Capablanca se convertiría 33 años después en el primer –y hasta ahora único– campeón mundial de ajedrez de Iberoamérica.

La historia del cubano comienza a tejerse con apenas cuatro años, y aunque las historias cuentan detalles diferentes, todas coinciden en que aprendió el juego de solo observar los encuentros de su padre con amigos y que apenas con 13 años ya logró ser campeón de la Isla.

Ese fue el anticipo de lo que lograría en su vida un Capablanca trascendido a su tiempo. Mereció el calificativo de genio y se convirtió en referente indispensable para quienes vinieron luego, pues su innovadora manera de asumir el juego hizo variar más de un concepto.

Intuitivo como pocos, veía cada posición desde su perspectiva más sencilla y buscaba las soluciones con una precisión inalcanzable para otros. Maestro de los finales, su concepción de las reglas le hizo diferenciarse de los que estuvieron antes y dejar una huella por la que irremediablemente deben transitar todos los que se dediquen a esta profesión.

Su influencia quedó mucho más marcada en los estilos de algunos de los que también exhibieron la corona del orbe, como los rusos Mijail Botvinnik y Anatoly Karpov, y el estadounidense Robert Fischer.

Como defectos le señalan su poco estudio. Dejaba todo el resultado a su talento e intuición, algunos llegaron a calificarlo de “perezoso” en determinadas situaciones, porque si no podía encontrar el camino sencillo para solucionarlas, ni siquiera lo intentaba.

Derrotó por la corona mundial al alemán Enmanuel Lasker en 1921. Se convirtió en el tercero de la historia en ostentar ese cetro, que perdió en 1927 ante el ruso Alexander Alekhine.

Perder la corona fue uno de sus grandes errores. Al parecer menospreció la capacidad de su rival y no dedicó suficiente tiempo a la preparación del match, mientras que este hacía todo lo contrario.

Aunque los datos no son siempre los mismos, la mayoría de los historiadores fijan en 315 sus victorias en partidas oficiales, 266 tablas y apenas 35 derrotas. Se mantuvo invicto en el rango de ocho años y en 1939 mereció la medalla de oro como primer tablero de Cuba en la Olimpiada Mundial de Ajedrez de Buenos Aires.

En una entrevista publicada el 14 de mayo de 1932 por el periódico ABC, y retomada ahora por el sitio especializado www.chessbase.com, el cubano ofreció una repuesta interesante a la pregunta de si era complicado el ajedrez.

«Muy difícil, pero no es tan complicado como la gente cree. Claro que hay que aprenderlo con un maestro y estudiarlo con libros, pero llega un momento en que, terminada la técnica, queda solamente la parte personal de cada uno: la iniciativa, el golpe de vista, la concentración, la rapidez, el dominio del juego».

Sin dudas, un excelente resumen de su manera de entender el ajedrez, una perfecta síntesis del estilo de quien es para muchos el primero de los genios coronados en la historia.

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