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65 años de amparo a la primera infancia

Nacidos con la Revolución, los círculos infantiles hoy sortean las trabas que impone el bloqueo, con ingenio y la voluntad inquebrantable de sus educadoras.

ANIVERSARIO 20 FIDEL

La brisa del archipiélago ya musitaba en sus entrañas el nombre de Girón cuando aquel 10 de abril de 1961, en los pliegues más humildes de La Habana, comenzaba a tejerse una obra de hondo aliento humanista. Fue así como en barrios de Arroyo Naranjo, Diez de Octubre y Centro Habana, un colectivo de mujeres —impulsadas por la férrea voluntad de Vilma Espín y la visión transformadora de Fidel Castro—abrió por vez primera las puertas de un microcosmos de ternura: los círculos infantiles.

Bautizados con el nombre de mártires, surgieron los círculos «Camilo Cienfuegos», «Ciro Frías» y «Fulgencio Oroz»: tres trincheras del afecto que constituyeron, a un mismo tiempo, salvoconducto para emancipar a la mujer del encierro doméstico al brindar cobijo a sus hijos durante la jornada laboral y al garantizarles, además, una formación temprana. Sesenta y cinco años más tarde, esta iniciativa se ha extendido por todo el país, y miles de niños en su primera infancia acuden hoy a dichos espacios para aprender y recrearse.

Durante esa hora en que la luz aún se derrama tibia y perezosa sobre la tierra, comienza la romería infantil. Se les ve llegar desde la esquina, con la compañía de un adulto que camina con la urgencia contenida de quien ya siente latir en la sien el reloj de la fábrica o de la oficina. Los niños, en cambio, avanzan con serena expectación, como quien se encamina a un reino propio.

Luego hay un instante, justo frente al portón de rejas, en que se consuma la temporal despedida: la mano grande cede, los dedos pequeños resbalan con parsimonia y, previo a la separación, se prodigan besos y caricias. La «seño» se agacha a la altura de los recién llegados para recibir el abrazo matinal y los conduce hacia el interior. 

Es entonces cuando las paredes, los juguetes y los muebles parecen recobrar el brillo de forma súbita, como si la sola presencia de esa pequeña avalancha de infantes les devolviera el alma. Dentro, una amalgama de aromas asalta las fosas nasales: colonia para bebé, témperas recién aplicadas y el leve olor a cloro que deja el trapeador sobre el piso de granito pulido por décadas de carreras menudas. 

Ya dispuestos los recursos —materiales y humanos— para recibirlos, da inicio una nueva jornada de aprendizaje. Acomodados en diminutos taburetes, los pequeños abren sus cuadernos de trazos y, con manos vacilantes pero henchidas de esmero, delinean las figuras allí plasmadas. Todo acontece bajo la mirada atenta de las educadoras, quienes, con perseverancia infinita, guían esas palmas minúsculas que parecen extraviadas, a fin de asegurar un resultado armonioso. No obstante, para ellas, cualquier grado de progreso, por ínfimo que resulte, es motivo suficiente para brindar halagos y mimos a los menores. 

Más tarde, los infantes se entregan a otras formas de creación: rasgan, dibujan y colorean con la firme determinación de no rebasar jamás los bordes establecidos. En otras ocasiones, la historia cobra protagonismo. Dispuestos en una amplia circunferencia, con la mirada fija y el corazón en vilo, contemplan los rostros de los patriotas cubanos mientras escuchan los relatos de sus hazañas. Y al calor de esas imágenes, aprenden poemas que, al regresar al hogar, recitan ante sus padres con la elegancia y la soltura propias de un declamador consumado.

En ocasiones, el patio se colma de veloces torbellinos. Algunos juegan a las escondidas con la emoción recorriendo sus cuerpos mientras buscan el mejor refugio. Otros se balancean en los columpios y se deslizan por los toboganes como avecillas que ensayan el vuelo. Y no faltan quienes, tomados de las manos, conforman una ronda al compás de canciones infantiles, la cual se encoge, se ensancha, se deshace en abrazos y vuelve al punto de inicio.

Sin embargo, no todo es luz en estos reinos de dulzura. Hoy persisten desafíos derivados del bloqueo de los Estados Unidos hacia la isla, que lastran el funcionamiento de dichos centros y, con ello, el bienestar de los niños. La cocinera ahora debe maniobrar con cautela para preparar el almuerzo y la merienda, a menudo insuficientes en sus aportes nutricionales y calóricos. En medio de este escenario, impacta además el estado constructivo de tales espacios, pues muchos claman por reparaciones. La voluntad de hacer no falta, pero la escasez de materiales convierte cada obra de mantenimiento en una ardua batalla.

El material didáctico escasea y algunos juguetes yacen desgastados por el uso continuo y la mella inexorable de los años. Aun así, las educadoras obran a diario con el alma colmada de amor e improvisan con aquello que tienen a mano para asegurar el disfrute y las risas de los infantes: con cartón viejo fabrican un rompecabezas, con retazos de tela cosen títeres y con una botella de plástico conforman una maraca, porque las limitaciones no les han robado el ingenio ni la voluntad de cuidar y amar.

Cuando el sol declina y los padres regresan por sus hijos, la sonrisa de cada niño que retorna al hogar reafirma la razón de ser de quienes consagran sus días a su cuidado y formación. El tiempo no se detiene, y las trabas tal vez acompañen el trayecto futuro, mas estos refugios de la infancia no perecerán. En sus cimientos pervive el eco de aquel febrero de 1960, cuando el Comandante en Jefe sentenció: «Los niños de hoy son el pueblo de mañana. Hay que cuidarlos y velar por ellos como los pilares con que se funda una obra verdaderamente hermosa y verdaderamente útil».

Tomado de Vanguardia

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El propósito central del Periódico Vanguardia es mejorar la sociedad villaclareña y la cibersociedad mundial mediante la creación de contenidos de calidad. Un órgano de la Revolución, en la provincia cubana de Villa Clara.

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