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En la imagen de lo justo y lo cierto, Celia

Celia Esther de los Desamparados Sánchez Manduley había traspasado la leyenda cierta de su vida, para convertirse en la encarnación misma de la sencillez y la bondad, del detalle y la justicia, de la entrega a la lucha y al trabajo, de la austeridad y el humanismo, del decoro verdadero
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«Partió envuelta en la lluvia / sobre un jinete de miel pura (…) / Partió, surcando espumas de los mares del Granma (…) / Ella, que todo lo sabía, partió una noche del llano a la montaña»

Así describiría en versos la poetisa cubana, Nancy Morejón, la esencia de aquella noticia que sacudió a un país, el 11 de enero de 1980. Había partido, hacia la inmortalidad, nuestra Celia.

Un amasijo de emociones sobrevino entonces en una Isla que despedía, con infinito dolor, a la más autóctona de sus flores, a la incansable guerrillera, a la heroína de la sonrisa diáfana, a la líder natural y querida… a la madrina de todos.  

La lloraron en Media Luna, pueblo costero testigo de su llegada al mundo; la lloraron en Manzanillo, lugar donde su bisoño espíritu rebelde emergió a prueba de balas y persecuciones durante la lucha en la clandestinidad; también la lloraron en Pilón, aquel pedazo de horizonte donde aprendió a amar el mar y los lomeríos de la Sierra Maestra; y la lloraron, además, en toda Cuba madres, campesinos, obreros… y niños, porque había dejado de latir un corazón enorme en el que encontró abrigo un pueblo entero.

No podía ser de otra manera. Celia Esther de los Desamparados Sánchez Manduley había traspasado la leyenda cierta de su vida, para convertirse en la encarnación misma de la sencillez y la bondad, del detalle y la justicia, de la entrega a la lucha y al trabajo, de la austeridad y el humanismo, del decoro verdadero.

Su existencia toda, llena de anécdotas conmovedoras y altruistas lo confirman. Basta solo con recordar a la pequeña que ahorraba monedas durante todo el año para comprarles regalos, el Día de Reyes, a los niños pobres de su pueblo; la misma que ascendió al Turquino junto a su padre para honrar con un busto al Apóstol; o la joven que, años más tarde, se convirtió en la primera de verde olivo en la Sierra; y que tras el triunfo de enero de 1959 llegó a ser dirigente incansable, alma de la Revolución, y «luz» para Fidel.

Sin embargo, su mayor virtud fue la de darse a su pueblo, pues nunca una preocupación o reclamo encontró en ella oídos sordos. A todos atendía sin etiquetas y con sobrada voluntad. Jamás en su condición de militante, diputada o dirigente miró por encima del hombro a nadie. Prefería andar entre la gente, regar helechos, disfrutar de la sonrisa de un niño o de los colores de un atardecer.

Por ello, aunque han transcurrido 44 eneros sin su presencia física, Celia nos sigue habitando, desde la sobrevida, convertida en mariposa, estrella, flor, aire vital… recuerdo entrañable y verdad de un país.

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