Cultura

Jazz y humanidad

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El jazz cubano posee las musicalidades de la zona del Caribe, en la cual se ha forjado un ritmo singular, propio, de resonancias universales

El jazz cubano posee las musicalidades de la zona del Caribe, en la cual se ha forjado un ritmo singular, propio, de resonancias universales. Este mare nostrum hace que La Habana y Louissiana sean parecidas en su alma, en su obra y su legado. No solo se trata de la impronta latina, que en Cuba existe en casi todos los géneros de las artes, sino de la huella de los tantos pueblos que en esta región convivieron y que poseen los mismos dolores, tristezas. Hay en el jazz una especie de llanto ahogado, de gemido ancestral, que no necesitan ser explicados, van con nosotros. Es el lenguaje común, el hilo que nos une, la improvisación sana y hermosa de una descarga.

Cuba posee al gran Chucho Valdés, multipremiado, con una impronta que no niega nadie, que no puede borrarse de la huella de la humanidad. Su talento es venido de adentro, de la isla profunda, de sus imaginerías y conciencias. Hace rato que nos acostumbramos a verlo brillar, a que sus ritmos acompañen la banda sonora maravillosa de la cotidianidad, a que sea un orgullo de la patria y que su rostro nos represente en este mare nostrum tan elegante y prolífico.  A Chucho le debemos la savia de un ritmo que en este país posee festivales como el Jazz Plaza, que tiene todo el prestigio merecido y que cada año hace de nuestros escenarios una oportunidad para la actualización de esta música y para el crecimiento de otros tantos aristas que también quieren hacer una obra cubana y universal. Este es el lujo de vivir en la Isla, de disfrutarla, de sentirse parte de su cultura y su gente. Un país que además está enmarcado en la universal visión del Caribe como crisol de culturas, como mar que aúna al mundo y que va con toda la historia del coloniaje siempre hacia un destino de redención y gloria, de aportes y de obras. Este es el pequeño pedazo azul del legado de civilizaciones que también aparecen en el jazz. Ahí está el negro arrancado de sus tierras en el África y que en el sur de los

Estados Unidos hizo una obra que se entronca con los ritmos del esclavo que vivía en Cuba. Hay una unión a través del dolor, que en el presente se traduce en un ajuste de cuentas desde la estética, la música y el amor. El jazz es también melancolía, añoranza, fuerza telúrica del africano que recuerda de dónde viene. Además, se trata de un ritmo que nos ha unido a todos, para finalmente construir un horizonte que nos sirva de salvaguardia desde lo patrimonial, lo espiritual, lo humano y lo más rico desde el punto de vista creativo.

Pero el jazz es también alegría y eso podemos catarlo cuando vamos a una descarga. Si la música clásica posee un formato y una forma de interpretación, esta otra surge de manera libre y puede adoptar miles de maneras. Este significa que el jazzista es como un demiurgo que puede convocar las mareas del ritmo y darles rienda suelta, su poder es profético y sacerdotal. En ese venir de las almas, puede pasar cualquier cosa y tal es la naturaleza de esta música. La ancestralidad está en estado puro, incorruptible, si bien puede mezclarse, puede ser resiliente, puede expresarse en códigos emergentes que enmascaren la libertad del hombre sufrido y prisionero de un duro destino. El Jazz Plaza no es de lo más promocionado en los eventos de la cultura cubana, pero debería poseer toda la fuerza mediática. En tiempos en los cuales se ridiculiza la raíz cultural de los pueblos, se la niega, se hace que calle el oprimido y se manipula; el jazz es un arma de redención, de gozo, es el grito del que ya no tiene otra cosa que su propio espíritu. Así surgió y tal es la savia que se mantiene y que lo recorre de una punta a la otra.
 

El jazz es como una pieza de Johann Sebastián Bach, solo que más nuestra. Si el alemán creía en que las notas nos acercan a la esencia divina y como tal compuso obras que se alzaban por encima de la mortal existencia, el ritmo de esta región se conecta con aquellas resonancias y nos trae la melodía continua de un elemento rebelde. Nada es del todo absoluto y hay quien cree que el arte popular, hecho por personas anónimas, posee menos poder que aquel que ya viene firmado y que detenta el aval de las academias. Falso. En su tiempo el maestro Bach tuvo la condena también, por su genialidad, por su apego a la búsqueda de libertad y de autenticidad. A fin de cuentas la música es la misma y no es otra cosa que la persecución de un lenguaje que nos una, que vaya en la línea de una misma raza de amor y fraternidad.
 

Cuba está llamada a retomar esa senda de la universalidad, de ser la isla infinita del sueño de sus mayores, de Lezama. Ese es el gran proyecto cultural de nuestros ancestros, de aquellos que forjaron el camino hacia una luz mucho mayor. Poco importa que la materialidad de un presente sea contradictoria o no nos acompañe del todo. La obra posee otra dimensión que no es la de este mundo, sino la de los dioses. El jazz es todo eso y más y su mezcla con las otras músicas de la región lo ha hecho más fuerte, es como cuando Bach es reinterpretado en el presente y siempre posee la misma resonancia misteriosa, actualizada, llevada a un registro, viva en el tamiz del artista y de los pueblos que hacen suyo el legado.
 

Cuando oigamos de nuevo un concierto de jazz, pensemos en que ahí están las notas de millones de seres que antes de nosotros dejaron la vida para que se oyera el ritmo. Solamente por eso vale la pena existir.

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