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Pablo, a 86 años de su caída en combate

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Pablo de la Torriente Brau cayó luchando a favor de la República Española el 19 de diciembre de 1936, a solo cinco meses del golpe militar fascista del 17 de julio.

En correspondencia dirigida a un amigo dejó testimonio de su decisión, tomada con el entusiasmo y la fe en la victoria,: “He tenido una idea maravillosa. Me voy a España, a la revolución española. (…) “Estaré cuando ni Hitler ni Mussolini puedan sostenerse más y se lancen a la guerra, y entonces vendrá la batalla definitiva entre oprimidos y represores. Y asistiré, sea como sea, al gran triunfo de la revolución”.

Al joven escritor y periodista en sus 35 años le hubiera bastado su obra literaria para consolidarse como figura sobresaliente de la narrativa en Cuba, pero también concibió la prosa para denunciar la traición de la Revolución del 33, de la que supo desenmascarar desde el inicio a su principal actor, el sargento Fulgencio Batista, quien engañó a muchos con sus poses populistas y de izquierda.

Caracterizó al futuro dictado muy objetivamente y hasta prefiguró su acto final ante su derrota el primero de enero de 1959 al escribir: (…) “ tiene por otro lado, condiciones de demagogo; es orador y proyectista; conoce el secreto de la sonrisa y del brazo en alto; construye, roba y se pule. Desde otro ángulo, sin duda es inteligente (…). En caso de una revolución, si le dan tiempo, pertenece a los que tendrían preparado el avión para huir”.

Primero contra el régimen machadista y luego bajo la primera dictadura de Batista tras derrocar el gobierno del presidente Grau San Martín, fruto de la Revolución del 33, Pablo participó con su acción y verbo en protestas estudiantiles, fue fundador del Directorio Estudiantil Universitario y conoció la clandestinidad, represión y el presidio.

Exiliado en EE.UU. en julio de 1936, ante la asonada del general Francisco Franco contra la República española y el inicio de la guerra civil, partió a la nación ibérica como corresponsal de guerra pero lejos de establecerse en un seguro hotel de Madrid para seguir a distancia los enfrentamientos, su verdadera vocación lo llevaría a la primera línea del frente, como comisario político de un batallón de las Brigadas Internacionales.

Menos de cuatro meses de estancia le bastaron para ganar el cariño y el respeto de sus compañeros de armas por su valentía. Fue reconocido, además, como excelente orador que no tenía rival en el lado falangista cuando el combate se trasladaba a la polémica de trinchera a trinchera.

Pablo de la Torriente Brau llevó la instrucción al centro de las fuerzas que luchaban, editó una especie de periódico y nombró al poeta español Miguel Hernández como jefe del Departamento de Cultura de una brigada, al tiempo que escribió sus conocidas crónicas y testimonios que serían publicados póstumamente bajo el título Peleando con los milicianos.

Lea aquí: Pablo de la Torriente Brau, su legado más actual que nunca

Le nombraban El Cubano y no podía ser de otra forma, venía de Cuba y todas sus referencias lo vinculaban a la Isla. Conocer el detalle de que había nacido en Puerto Rico era demasiado pedir en la impronta que imponían los cortos espacios de diálogo entre combate y combate, cada vez más encarnizados y sangrientos.

Su última batalla la libró el 19 diciembre de 1936, hace 86 años en Majadahonda, en las cercanías de la capital madrileña; allí sus compañeros lo encontraron todavía con el cuerpo caliente entre las trincheras, en tierra de nadie, con un balazo en el pecho y las manos crispadas por el último esfuerzo que realizó para enterrar los documentos que llevaba.

Fue trasladado a Alcalá de Henares, donde se le rindió tributo y le condecoraron con la insignia de capitán. Lo enterraron en el cementerio de Chamartín de la Rosa, en Madrid. Luego, al parecer, sus restos fueron enviados a Barcelona para embarcarlos rumbo a la Isla, lo que resultó imposible y lo sepultaron en una fosa común sin que hasta el presente se haya encontrado.

Intelectual consecuente con sus ideas revolucionarias optó por el fusil real, de ahí que su camarada de armas, el poeta Miguel Hernández, le dedicara su Elegía Segunda:
 

“Pablo de la Torriente,/ has quedado en España/ y en mi alma caído;/ nunca se pondrá el sol sobre tu frente,/ heredará tu altura la montaña/ y tu valor el toro del bramido./ De una forma vestida de preclara has perdido las plumas y los besos,/con el sol español puesto en la cara y el de Cuba en los huesos. “ (…).

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