El otro Mundial

En esta danza de los millones, no hay sorpresas; en ella no ocurre, como ha pasado en este Mundial, que una Argentina caiga ante una modesta selección; o que la gran Alemania sea superada, pese a mostrar su sólido juego, definitivamente no. En ese otro Mundial, el pez grande se come al chiquito, o lo que es lo mismo, este paga para ver la fiesta, o para no ser comido

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Si el promedio de goles por partido en la actual cita, hasta ayer, apenas rebasaba los dos por partidos (2,2), además de cinco encuentros saldados en empates sin dianas, hay otra cifra en el Mundial de Catar que se disparó antes de que el primer balón llegara al fondo de las redes. Los montos por derecho de televisión son estratosféricos.

Entre los principales destinatarios están las naciones que poseen sus selecciones en el escenario competitivo, pero también aquellas que, aunque no llegaron, cuentan con una afición apasionada y delirante. Por ejemplo, en Europa, la tetra campeona, Italia, y en América, Colombia, de vistoso y aguerrido fútbol, a la cual se le extraña en Catar.

Para esta lid del orbe, hace meses que esos derechos son comercializados por la Federación Internacional de Fútbol Asociado (FIFA) en más de 200 países, con el objetivo de vender señales en exclusivas, justamente, a 85 años del primer partido transmitido en directo por televisión. Ese duelo fue, en 1937, un amistoso en Inglaterra, entre el equipo titular del club Arsenal y sus suplentes.

Cálculos de la fifa, antes del pitazo inicial de la justa mundialista, situaban las ganancias en 2 460 millones de dólares por vender el beneficio a las distintas cadenas televisivas. Está claro que el planeta, cada cuatro años, se convierte en un balón. Como nos pasa en Cuba, con nuestra televisión, pública y con derechos para todos, con los 64 partidos del Mundial, el televisor es el estadio de mayor aforo del mundo.

No todas las negociaciones incluyen los 64 juegos de la lid. Hay algunas que cubren ese 100 %, pero con una parte de los choques de forma diferida; otras reducen el servicio a un número de encuentros, por ejemplo, 32, más los que jueguen la selección del país. En la Mayor de las Antillas, poseedora de una vasta cultura deportiva y de una gran afición por el balompié, llegan –de manera gratuita, en vivo y en directo– todos los cotejos, privilegio del que se goza desde el Mundial de México-1986.

En esta danza de los millones, no hay sorpresas; en ella no ocurre, como ha pasado en este Mundial, que una Argentina caiga ante una modesta selección; o que la gran Alemania sea superada, pese a mostrar su sólido juego, definitivamente no. En ese otro Mundial, el pez grande se come al chiquito, o lo que es lo mismo, este paga para ver la fiesta, o para no ser comido.

Ante esa lluvia de goles, o de dólares, nadie se acuerda de sus necesidades y de que el mundo es cada vez menos equitativo. Pero cuando se anote el último tanto, tras la euforia del título mundial, las porterías de los más pequeños volverán a llenarse de las angustias de siempre y, así como desaparecieron durante un mes –aparentemente– las penurias, también se esfumará el grito de gol para volver a escuchar el del dolor del Mundial de la desigualdad.

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