Libros: ¿el regalo que no será?

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Arreglando el librero, me tropecé con ejemplares que conservo desde la infancia y allí estaba, perfectamente forrado, el Platero y yo que me entregó la directora de aquella escuelita primaria cuando aprendí a leer.

Tenerlo entre las manos, hojearlo, fue revivir esos años idos, el orgullo infantil de haber aprendido, «como los grandes»», a descifrar lo que decían aquellas páginas. Hasta regresó el color y la textura de la mesita de madera donde dejé una marca con la cuchilla de sacar punta y luego me sentía tan avergonzada y culpable como si hubiera atentado contra una escultura de Miguel Ángel.

A mi amiga no hay quien le haga deshacerse de los libros que le regaló su mamá, ya fallecida, porque conservarlos es también seguir teniendo un pedacito de ella, es volver a sentir su abrazo cada vez que los mira.

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Fotos: imosver.com

A mí me sucede otro tanto. Guardo con celo los volúmenes de Julio Verne que leí en la infancia, porque, entre otras razones, me hacen evocar aquellos Días de Reyes. 

Sabía que los juguetes no los traían los Reyes Magos, pero igual me hacía ilusión levantarme al amanecer y encontrar los regalos que mis padres habían repartido amorosos sobre el sofá. Nunca fueron muchos, pero no faltaban los libros.

Y antes de ir a ver la muñeca nueva o el juego de yaquis, primero desenvolvía el paquete de libros y hundía la nariz entre sus páginas para sentir el olor de la tinta de imprenta, de la aventura por descubrir.

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Foto: tomada de cuba.cu

Es muy cierto que los libros tienen precios diferentes a los de entonces y hoy las prioridades de los cubanos son sobre todo referidas al alimento, las medicinas»€¦ 

Pero, aun así, el pasado Día de Reyes vi acabarse en solo horas los dinosaurios plásticos que vendían en una instalación estatal. Costaban 4 mil pesos cada uno porque eran de cuerda, emitían luces, y casi que, por su precio, te llevaban de vuelta al período Jurásico.

Me quedé contemplándolos, mirando cómo prácticamente los arrebataban del lugar, y pensaba cuántos libros, aun hoy, podían comprarse con 4 mil pesos.

Pero no es así. Incluso creo que los propios niños valoran más al dinosaurio que a unos libros. Quizás esta actualidad, con sus valiosas y sin duda útiles tecnologías, olvidó enseñarles que dentro de esos volúmenes podrían tropezarse con cientos de dinosaurios y con mucho más.

Por eso, aunque disfruten de ese juguete que les durará, a lo sumo, unos meses; aunque se entusiasmen con videojuegos y otras variantes pantalla mediante, siento pena por ellos.

Porque cuando sean ya adultos no tendrán libros que acariciar evocando los aplausos de la escuela donde les premiaron con ese ejemplar, porque no se tropezarán con aquella página donde quedó marcada la lágrima por el protagonista que había sido apresado, porque no podrán evocar el beso de la madre al regalarles el libro, que siempre será mucho más que papel impreso.

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