Al compás del son

El son, o como asertó el recordado musicólogo Danilo Orozco, lo son, merece una presencia continua, permanente, orgánica y natural, en el imaginario cultural de nuestro pueblo

El son merece una presencia continua, permanente, orgánica y natural en el imaginario cultural de nuestro pueblo. Foto: Ricardo López Hevia

Si en el orden de las telenovelas una retransmisión tiene sentido, es la de Al compás del son (2005). Sin menoscabo de otras que han venido a salvar del tedio a la programación, obligada a cubrir en sus canales principales parrillas de 24 horas en tiempo de pandemia y a afrontar la mengua de la producción doméstica, el rescate en el segmento vespertino de la telenovela Al compás del son, original de Maité Vera y dirigida por Rolando Chiong, confirma la actualidad permanente de un abordaje temático que nunca deben perder de vista ni los directivos ni los realizadores del influyente medio público de comunicación. Hasta ahora, Chiong fue un adelantado sin muchos seguidores que digamos.

El gran protagonista de la telenovela es la música cubana. Entra y se potencia en la trama mediante los resortes dramatúrgicos del argumento y sus giros; en primer plano, la historia de amor entre una muchacha de la burguesía y un mulato oriental, tresero, que lucha, se diría ahora, en la capital del país; ella, con pasión romántica y sensibilidad social; él, portador de vocación, identidad y compromiso que se van acrecentando a medida que avanzan los capítulos. La banda sonora manda, y en ello estuvo la sabia mano del inolvidable Helio Orovio.

Entre tanto, se van dibujando las tensiones de una época, los años del machadato, la frustración republicana, la corruptela y la politiquería. Drama, melodrama y humor a partes iguales, con momentos de más agudeza y otros demasiado previsibles, las interrogantes en la audiencia por lo que pasará y las certezas de lo que en definitiva pasa; costumbrismo y pintura de ambiente en dosis sabiamente administradas por la inteligencia y mano firme con que Chiong manejó los presupuestos del guion de una de las más experimentadas escritoras con que contó la tv Cubana en la segunda mitad del siglo pasado.
Actuaciones en su mayoría ajustadas, algunas meritorias y hasta sobresalientes, en los casos de Tahimí Alvariño, como la hermana de la protagonista; Rubén Breñas, como el senador Armenteros; Julio César Ramírez, en la piel de un periodista como los hubo en aquellos tiempos; y Fernando Echevarría y Carlos Padrón, quienes nunca se exceden en sus personajes negativos.

Me detengo en las caracterizaciones de Edith Massola, al frente de una orquesta femenina; Félix Beatón, el trovador; Rachel Pastor, la pianista de la orquesta; y el Mingo de Luis Enrique Carreres. Esa galería de personajes daría por sí misma para el desarrollo de una telenovela como la que quisiéramos ver más temprano que tarde: la de los músicos cubanos –mujeres, hombres, jóvenes, veteranos, venidos del Oriente o nacidos en La Habana, del solar al salón y viceversa– que se entrecruzaron en un momento definitorio de la consolidación del complejo del son –y de lo trovasonero– como núcleo fundamental de la música cubana.

Cuántas historias no se pudieran tejer en torno a Sindo y Matamoros, Piñeiro y los muchachos del Habanero, Caturla y las Anacaona, el malogrado Pablito Quevedo y los Romeu, Chano y Rita, Corona y María Teresa. En otras industrias audiovisuales, el género biográfico musical rinde grandes dividendos. ¿Por qué no ha sido así entre nosotros? ¿Por los costos de producción? ¿Por la falta de guionistas y directores interesados? ¿Por voluntades político culturales no siempre claras?

El 8 de mayo celebramos por primera vez el Día del Son Cubano. Adalberto Álvarez, promotor de la iniciativa, saludó, en un encuentro con el ministro de Cultura, Alpidio Alonso, el acompañamiento mediático. Pero alertaba acerca de que no podía tomarse el asunto como una campaña. El son, o como asertó el recordado musicólogo Danilo Orozco, lo son, merece una presencia continua, permanente, orgánica y natural, en el imaginario cultural de nuestro pueblo. No es por gusto la pegada vigente, tres lustros después de su estreno, de Al compás del son.

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