Cuba: los 570 niños que la contrarrevolución intentó asesinar

Vilma Espín conversa con los niños que acababan de ser rescatados para calmarlos, luego de haber pasado por terribles y angustiosos momentos dentro del incendiado círculo infantil. Foto: Archivo de Granma

La historia de odio y saña de los más violentos enemigos de la Revolución es una sola, desde el primer acto de terror hasta el reciente asalto armado contra la Embajada en Washington. Si los móviles que los animan son los mismos (la intolerancia, el imperio del capital, la impunidad del vicio y la explotación del hombre), entonces, aunque cambien los autores y sicarios, la ralea terrorista contra la Isla también sigue siendo la misma.

Los cubanos, y en particular los residentes en el habanero barrio de Marianao, jamás podrán olvidar lo ocurrido el 8 de mayo de 1980, cuando elementos contrarrevolucionarios incendiaron el círculo infantil Le Van Tam. La rápida intervención de estudiantes, del pueblo y de los bomberos, impidió que allí ocurriera una tragedia.

El incendio se inició a las 4:45 p.m., por el teatro del piso inferior del edificio de diez plantas. Rápidamente las llamas bloquearon la escalera central y los dos ascensores. En ese momento allí se encontraban 570 niños, de ellos 177 internos, y muchos de los 156 trabajadores y asistentes que laboraban en el centro.

Uno de los primeros auxilios lo ofreció un grupo de jóvenes estudiantes de la escuela secundaria básica José Aguilera Maceiras, que se encuentra muy cerca del círculo; ellos, al percatarse del incendio, sin pensarlo dos veces, corrieron para penetrar en el edificio.

Así lo cuenta Etián Nodarse Chirino, entonces con 14 años de edad: «Salté enseguida por el muro, penetré en el Banco, que da a un costado del círculo, y lo atravesé para salir a las escaleras del edificio. Ya en ese momento la humareda que había era muy fuerte. Subí al primer piso y me puse, junto a los bomberos y otros compañeros, a sacar a los niños hacia un patio, pues estos ya comenzaban a sentir el humo que entraba por las puertas. Comenzamos a bajar, amarrados con sogas y sábanas, a los niñitos que no podían caminar, pues eran de meses. Uno a uno los bajábamos con cuidado, y se conducían lejos del edificio.

«Luego fuimos para el cuarto piso, pues allí hacía falta ayuda, y entonces los bajábamos en nuestros brazos por las escaleras. Vi cómo todos los que ­participaron en el salvamento se ­comportaron decididos y valientes. El peligro no fue un obstáculo para salvar a todos».

El obrero Alfredo García Tarajano ese día no había llevado a su pequeña hija al círculo, porque se encontraba enferma. Cuando se preparaba para ir a la farmacia, la vecina tocó fuerte en la puerta de su casa y, muy excitada, le gritó que había un incendio en el círculo.

Voluntario de bomberos en su centro de trabajo, se sumó a las labores de rescate, y en medio del ajetreo, lo detuvo en seco una figura impresionante: «Me encontré de frente con Fidel, que estaba parado en la parte de atrás del edificio. No supe qué hacer. Me extendió la mano y le dije que tenía las mías enfangadas. Me contestó: ¡Qué fango, ni qué fango!, y me estrechó fuertemente.

«Lo primero que preguntó Fidel fue si había niños heridos, quemados. Esa pregunta era constante en sus labios. A todo el mundo que se acercaba le hacía la misma pregunta. Cuando se convenció de que los niños no corrían peligro, me preguntó mi opinión del caso. Le contesté que, a todas luces, eso era un sabotaje; pues los indicios así lo determinaban. El incendio fue premeditado, calculado».

Jesús Fernández, el electricista del círculo infantil, también validó el atentado: «Donde se inició el incendio no había ninguna instalación eléctrica; pero, además, la electricidad que sirve para iluminar el teatro estaba quitada. Personalmente, lo había hecho horas antes.

«No tengo duda de que este incendio fue un sabotaje calculado fríamente; pero una vez más, frenamos los macabros planes del imperialismo. ¡Qué monstruos!».

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