Lecciones de un país

Fabi teleclases

–Mamá, todavía no le he sacado punta al lápiz.

–No importa, tienes tiempo aún…

Y a las 11 en punto de este lunes mi sala se convirtió, como la de muchos hogares, incluso desde más temprano, en un aula sui géneris. Libros, cuadernos, libretas, una profe en la pantalla del televisor y dos alumnas, porque yo también estaba de aprendiz.

La teleclase empezó en tiempo y fue fiel a los horarios anunciados para esa programación educativa, minuciosamente planificada por asignaturas, grados y niveles de enseñanza. Pero, más que en el reloj, mi mirada estaba puesta en todo el esfuerzo que ha de acompañar esas salidas al aire, sin duda multiplicado en tiempos de pandemia.

La primera lección, por supuesto, fue para mí. Confirmé que la profe de mi hija, la de siempre, la del aula de verdad, lleva el programa de estudio al pie de la letra, y cualquier cuestionamiento a sus plazos estuvo de más.

–Mami, abre tú el libro de lectura para que no se me pase la página, me pidió mi compañera de clases.

Y entonces anoté la segunda lección: el apoyo de los padres, sobre todo para los más pequeños, resulta imprescindible, como lo es, por ejemplo, quedarse en casa en estos días de aislamiento social.

No en vano la profe del televisor, al menos la que imparte los contenidos de Lengua Española de primer y segundo grados, recordaba, una y otra vez, con voz y hasta con pose de maestra buena, cuál debe ser el papel de la familia a la hora de explicar, orientar, acompañar y, sobre todo, garantizar que los alumnos, desde los más chicos hasta los más grandes, no pierdan ninguna sesión.

En mi caso, o en nuestro caso, mejor dicho, el ritual del lunes se repitió el miércoles, con Matemática, y continúa este viernes, con El mundo en que vivimos, y así durante los muchos días (nadie sabe a ciencia cierta cuántos serán) que dure esta situación epidemiológica.

–Mamá, díctame varias palabras con las sílabas güe y güi, y que no estén en el libro, porque así lo pidió la maestra.

Empecé por vergüenza, porque es mucha la que tiene este país que cuida a sus enfermos, insiste en proteger a los sanos y, en medio de tantas presiones, lleva la educación hasta la casa de cada uno de sus estudiantes. Seguí con halagüeño, porque es de halagos, que es como decir aplausos, el quehacer de los médicos, sí, y también el de todos los que mantienen funcionando las fábricas, las industrias…, la isla.

–Fabi, ¿por qué no hacemos ahora varias oraciones con todas las letras aprendidas desde el inicio del curso? Comencemos con dos sobre tu país, le dije…

–«Cuba es un país muy lindo y bondadoso».

–«Cuba ayuda a todos en los buenos y malos momentos».

Ya había concluido la teleclase cuando terminó sus oraciones. La abracé y sonreí. Ella asumió que no había tenido faltas de ortografía. Yo, sinceramente, aún no había reparado en eso.

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