Hasta el 2021, Longina

Concierto de Haydée Milanés en el teatro La Caridad

Todo un año tendrán que esperar los amantes de la trova hasta que el «Longina» llame a su puerta. Por ahora les queda el buen recuerdo de un festival que, aunque con sus inconvenientes, recordó la importancia de la canción de autor en Villa Clara.

Fueron cuatro noches de encuentros y desencuentros, de buena música y mejores amigos, de risas y vinos, de insomnios acumulados, de sorpresas y las infaltables ojeras de trovadictos.

Aunque el sentimiento general agradece tan buen festival, resulta necesario acotar que no todo salió «a pedir de boca», y muchos fueron los cambios de última hora que, si no molestaron, por lo menos confundieron al público.

Poquísimos conciertos salieron a la hora programada, algunos debido a la constante lluvia nocturna que se negaba a abandonar el evento; otros, a problemas organizativos, pues una vez que una actividad comienza a deshora resulta casi imposible retomar el programa tal como estaba concebido.

Exposición de dibujo dedicada a trovadores
Exposición de dibujo dedicada a trovadores. (Foto: Carlos Rodríguez Torres)

«Siempre el “Longina” lo que más nos deja son experiencias, cosas que debemos perfeccionar para los próximos festivales. Ocurrieron situaciones con el inicio de los conciertos que nos obligó a cambiar los horarios, muchas de ellas ajenas a nuestra voluntad, pero que debemos tener en cuenta los próximos años, por respeto al público», explicaba Yordan Romero, uno de los organizadores.

Otras de las situaciones que empañaron la imagen del encuentro fueron las cancelaciones de artistas previstos, luego de que se anunciaran y promocionaran por distintos medios. Afortunadamente, estos espacios pudieron ser cubiertos por viejos amigos de la casa, que sin formalismos aceptaron presentarse y compartir con los longineros. Este es el caso de los trovadores Erick Méndez y Tony Ávila, siempre dispuestos a compartir su obra en tierras pilongas.

Pero entre los imprevistos más agradables y menos esperados fue la preinauguración de La Luna Naranja, espacio que, sin formalismos y con condiciones mínimas, sirvió de refugio ante las inclemencias del tiempo y demostró su valía como centro cultural. Esperemos que este buen impulso ayude a su terminación.

La Luna Naranja
La Luna Naranja acogió al público que deseaba disfrutar de la presentación de Virulo. (Foto: Carlos Rodríguez Torres)

«Santa Clara es increíble. Cuando el jueves nos dimos cuenta de que el concierto de Virulo no podía ser en Las Arcadas porque no paraba de llover, fueron las personas del público, junto a los músicos, quienes limpiaron La Luna y montaron los equipos», explica Romero.

De hecho, Virulo resultó todo un personaje durante el evento. Iba de un lado para otro con cara de asombro, como si no esperaba que en esta ciudad, que no visitaba desde hacía 23 años, existiera un movimiento trovadoresco tan fuerte, con una audiencia educada y acostumbrada al buen arte.

Otra de las invitadas de lujo fue Haydée Milanés, quien llenó el teatro en la noche del sábado. Entre canciones propias y de otros artistas, sus buenas energías y su talento cautivaron a los presentes, que hicieron coro en cada uno de los temas interpretados, especialmente en los de su padre.

Haydée Milanés
Haydée Milanés. (Foto: Miriam Elisa Peña López)

«Para mí es un placer estar aquí, pues este es un festival con mucho prestigio. El público de Santa Clara es especial, es muy receptivo, respetuoso, muy culto y el del “Longina” es como más especializado, muy deseoso de escuchar canciones», declaró Haydée.

Otros que también deleitaron al público fueron Pedro Pastor y Los Locos Descalzos (si se le puede llamar así deleitar a la verdadera locura que fueron cada una de sus presentaciones). Esos músicos españoles pusieron a bailar y reflexionar a los santaclareños, con canciones que beben de diversas fuentes del folclor latinoamericano.

Rosalía León, Darío Parga, Tobias Thiele y Nicolás Miquea también regalaron conciertos espectaculares, y demostraron que la selección de los invitados siempre resulta minuciosa y bien justificada por una obra artística de valor.

No cabe duda de que fue un buen festival, en especial, por la calidad de las propuestas y el empeño de La Trovuntivitis, siempre tras bambalinas para que no fallaran los espacios, pero mejorar debe convertirse en la palabra de orden para los próximos encuentros.

Quizás, y como última sugerencia, deberían ajustarse más las actividades al tema central del evento, para que se justifique su selección y no quede relegado a un segundo plano.// Por Laura Seco Pacheco

Tomado de Vanguardia

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