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Ahí vienen julio y agosto

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Por ahí vienen julio y agosto, ¡qué venga la alegría más sana, lo mejor de las personas, los valores que no sucumben! Y  sepamos que, las vacaciones de verano se preparan un día cualquiera de diciembre, cuando un niño aprende que caminar es mucho más que sostenerse sobre los pies. Y que respetar es, volver a mirar

Por ahí vienen julio y agosto, no los emperadores, sino los meses que se igualan en días y fiestas. Llegan las vacaciones, y hacemos planes. Cada familia ajusta sus ilusiones y las tira contra sus bolsillos. Es larga la escalera para alcanzar los precios; unos pueden subir, otros se divierten a bajo costo, y a su manera se divierten.

Para muchos jóvenes el asunto se vuelve más difícil; algunos estudian y trabajan pero casi todo se va en comida. Se puede mirar y mirar las estrellas pero es más difícil bailar sin música.  La familia intenta romper la rutina porque hay vacaciones. ¿A dónde ir? ¿A dónde llevar a los hijos, a los viejos más allá de la cola de medicamentos? Un abuelo mira por la ventana, y pasa por la memoria el viejo ritmo de una melodía que ya nadie escucha.

Por ahí vienen julio y agosto, pero no es el propósito hablar de  los dilemas, los precios, o las opciones, sino del comportamiento allí donde hay aglomeración de personas que se divierten, no pocas veces, con rones en vena. Y la pregunta cae por su peso: ¿Cómo asegurar que las vacaciones no se conviertan en campo de violencia cada vez más habitual entre nosotros?  

Este es un asunto que va más allá de  las instituciones,  centros de recreación,  espacios culturales o fuerzas del orden público. Vivimos tan ajenos a ciertas realidades y conflictos, que todavía algunos no plantan cara a las grietas de múltiples crisis: drogas, violencia juvenil o doméstica,  alcoholismo, enajenación digital, pérdida de referentes éticos…

Y la lista podría crecer. Muchas de  estas amenazas recaen sobre los jóvenes, que buscan salidas a sus sueños, exploran realidades meramente emocionales, son víctimas de adicciones que echan mano a la violencia, o estimulan el abandono de sí mismo.

Cuando estalla un problema en un espacio público, no debe limitarse el debate, a qué cantidad de personas había, si la puerta era estrecha o si la actividad estaba o no autorizada. Hay que ir hasta el fondo: Nuestra sociedad padece de males que están en pleno desarrollo y comprometen la tantas veces mentada, “tranquilidad ciudadana”.

Ahondar en sus causas, procurar soluciones y debatirlas en la palestra pública, no solo con especialistas y académicos sino con todas las voces, es un paso urgente y cada vez más necesario. Y eso no admite el discurso de las justificaciones, o el silencio de mirar al otro lado.  Muy pronto sabemos en qué lugar del mundo se produjo un tiroteo, pero solo por redes digitales, primero nos enteramos de la trifulca de la Finca.

Ahora el gran desafío es educar en tiempos de velocidad y emociones que disminuyen la atención del sujeto humano. La escuela no puede porque ya no es la misma, ni es el mismo tiempo. Ahora educar es, educar en el tiempo sin tiempo.

Todos vivimos muy de prisa, ¿hablan los padres con los hijos? ¿Escuchan los hijos a sus padres? ¿Alguien habla con la abuela que en una esquina de la casa retuerce su memoria? Si en la sala  cada uno sostiene un celular, y se olvida de la palabra en común, ¿Cómo se trasmiten hoy los valores dentro de una familia?

Una joven recién parida, con una mano sostiene a la hija que intenta dormir, y con la otra mira al celular. No hay cantos infantiles ni concentrada atención para el bebé; por la pantallita puede pasar el último chisme de un famoso o el estribillo repartero; es la “educación” al por mayor, que estandariza y fabrica sueños y adicciones. 

Por otro lado, en un mundo que nos proponen sobredosis de consumos y placeres, para algunos lo mejor es el mínimo esfuerzo, y  pensar críticamente requiere esfuerzo. En esta lógica,  lo útil es lo que me da dinero, o el placer de alejarme de esta realidad. La violencia es el grado extremo en el que lo humano se pierde de lo humano.

¿Y la música y la violencia? La música puede reproducir la violencia, o estimular el amor. No es casual que un personaje de La Montaña Mágica, de Tomas Mann,  asegure que “la música es políticamente sospechosa”  El reto  es estimular el gusto estético, promocionar lo mejorde Cuba y el mundo,establecer las reglas,sin la necesidad de prohibir o lanzar las maldiciones.

Por ahí vienen julio y agosto, ¡qué venga la alegría más sana, lo mejor de las personas, los valores que no sucumben!, pero nadie olvide a Confucio, el gran chino: “Ver no es ver lo que tienes delante sino lo que viene después”. Y  sepamos que, las vacaciones de verano se preparan un día cualquiera de diciembre, cuando un niño aprende que caminar es mucho más que sostenerse sobre los pies. Y que respetar es, volver a mirar.

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