Cultura

Una youtuber diferente

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Mientras la mayoría de los youtuber, en especial las celebridades, dedican horas y mucha plata para verse supuestamente magníficas en sus directas, esta muchacha solo invierte autenticidad y mucho amor.

A no dudarlo, es una influencer diferente. Y hasta el término no le asienta, dicho así, en inglés, porque ella es apego a su terruño, sus costumbres, a sus raíces.

Precisamente el ser así parece es lo que le ha merecido más de dos millones de seguidores –de los que no se quedan con las epidermis- y en estos momentos Leidy Vásquez es muy conocida, al menos en las redes sociales.

Especialmente hay un video que le ha multiplicado los me gusta, rebasando 25 millones de reproducciones en TikTok: aquel en que cuenta cómo está sembrando maíz y frijoles junto a su familia.

https://www.facebook.com/watch/?ref=embed_video&v=1087920272424131

No le avergüenza tener la cara –lindísima- tiznada y tampoco las manos bien manchadas –no digo sucias, porque comparto la idea de que el trabajo honrado no ensucia- mientras se dirige a la cámara para contar, risueña y sin ninguna impostura, cómo siembra junto a su mamá y su papá los granos que les darán luego el alimento:

“En ese huequito van a coger tres granos de maíz y uno de frijol y ‘lo encholan’ en el huequito y ya lo tapan”.

Lo más interesante es que, sin proponérselo, esta muchacha, -La Chuchunqueñita le llaman- da muchas lecciones. Enseña cuánto valor tiene el trabajo, la importancia de la familia, habla de las tradiciones cuando muestra qué están almorzando, y, lo mejor, demuestra cuán feliz es, lo evidencian su sonrisa, sus expresiones, el movimiento de sus manos.

Qué convincente y hasta conmovedor resulta ver a esta jovencita explicar sobre el instrumento que usa para sembrar, comentando sin disgusto del calor que sofoca, contando del humilde almuerzo que, a pie de campo, disfruta en una cantina. 

Es evidente que no le angustia en lo absoluto mostrar unas zapatillas de marca, las últimas tendencias del maquillaje, o enseñar relojes caros, cadenas… Muchísimo menos le interesa alimentar grotescos chismes de amoríos –tan de moda-, competir con otros o exhibir sus propiedades y dinero, que poco tiene.

Nada de esas cosas la amarran y precisamente por ello, Leidy se percibe libre, dichosa, casi como si flotara o bailara en medio de ese campo cubierto de plantación quemada, que probablemente allá en Cañasgordas, departamento de Antioquia, Colombia, la ha rodeado desde que nació, al que siente suyo y le agradece, inmersa en un tempo bien suyo y único que nada tiene que ver con urgencias digitales.

Lo decía el gran Umberto Eco (1932-2016), ensayista y literato italiano, pionero en el campo de la semiótica, en un artículo publicado en 2002, cuando aún las redes sociales y el mundo digital no habían extendido sus tentáculos como ahora, pero ya él lo intuía desde su genialidad:

“A este niño que crece le parecerá natural vivir en un mundo donde el bien principal (ahora ya más importante que el sexo y el dinero) será la visibilidad. Donde para ser reconocidos por los demás y no vegetar en un espantoso e insoportable anonimato se hará cualquier cosa con tal de salir en la televisión, o en los medios que por entonces hayan sustituido a la televisión”. 

Así escribía el autor de Apocalípticos e Integrados, de En nombre de la Rosa y de muchos otros textos magistrales, pensando en su nieto, entonces un pequeño. Y agregaba en ese artículo titulado «Saludar con la manita»,  contenido en su libro póstumo De la estupidez a la locura : “Porque el ser humano, para saber quién es, necesita la mirada del otro, y cuanto más le ama y le admira el otro, más se reconoce (o cree reconocerse); y si en vez de un solo otro son cien o mil, o diez mil, mucho mejor, se siente completamente realizado”.


Absortos en la pantallita mientras la vida pasa. Foto: tomada de arduratu.info

Más delante, apuntaba –pido perdón por lo largo de la cita, pero resulta un espejo inmejorable de este presente:

“Sin embargo, lo que tal vez no lograrán recordar ni siquiera los maestros de escuela o quienes ocupen su lugar es que en aquel tiempo antiguo existía una distinción muy rígida entre ser famoso y estar en boca de todos. Todo el mundo quería ser famoso como el arquero más hábil o la mejor bailarina, pero nadie quería que hablaran de él por ser el cornudo del barrio, el impotente declarado o la puta más irrespetuosa. En todo caso, la puta pretendía hacer creer que era bailarina y el impotente mentía contando maravillas de sus aventuras sexuales. 

“En el mundo del futuro (se parecerá al que ya se está configurando hoy) esta distinción habrá desaparecido; se estará dispuesto a hacer cualquier cosa con tal de que le «vean» y «hablen de él». No habrá diferencia entre la fama del gran inmunólogo y la del jovencito que ha matado a su madre a golpes de hacha, entre el gran amante y el ganador del concurso mundial de quién la tiene más corta, entre el que haya fundado una leprosería en África central y el que haya defraudado al fisco con más habilidad. Valdrá todo, con tal de salir en los medios y ser reconocido al día siguiente por el tendero (o por el banquero)”.

Así exactamente está ocurriendo hoy y por eso esta muchacha colombiana es una youtuber diferente, a quien las miradas de los otros no le importan demasiado y cuyo mirar necesitamos todos.

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