Cuba: ¿Quién tiene más que quién?

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Podemos encontrar muchas, y algunos, cubanas y cubanos en las reuniones de padres de las escuelas: por encima del nivel, y no exactamente como Van Van.

Reuniones que, por cierto, bien podrían llamarse reuniones de madres, a juzgar por la cantidad de unas y otros que suelen asistir, pero eso ya es harina de otro mal: el machismo.

«Las dos reuniones previas al Día del Educador fueron épicas», me cuenta una joven cuyos hijos asisten a la primaria, y se explica: «no te puedo contar la bronca entre las madres que ponen «peros» a todo y las que quieren tirar la casa por la ventana, como si la cosa estuviera tan buena. Yo me levanté y me fui, porque no estaba para eso, empezamos a las 4 y a las 6 de la tarde no había acuerdo».

Otra amiga se queja de que su niña fue la única del destacamento que no llevó un regalo directamente a la maestra, pues en la famosa reunión acordaron hacer una «valija» y entregarla en nombre de todos los alumnos, sin distinción: «Ah, pero a la hora de los mameyes, todas mandaron sus regalos individuales, porque no podían perder la oportunidad de destacarse».

Tres cakes, de 1800 pesos cada uno, fue la solución que encontraron en cierto grupo de una escuela habanera, para que los niños pudieran compartir el habitual dulce con la maestra, pues la idea inicial era comprar uno y que ella se lo llevara a su casa, o sea, los niños mirarían, pero no comerían.

Amigo lector, si usted es un cuarentón como yo, dígame: ¿de qué estaban hechos los cakes que nos comíamos en nuestras fiestas escolares? Exacto: panetela y merengue. Pues bienvenido a la nueva realidad: por más que no nos alcance el salario, ahora hay que tener «tartas» o «pasteles» revestidos con crema de mantequilla, mousse o fondant. ¿Que son excesivamente caros? No importa. ¿Que a los niños lo que más les interesa es pasar el rato? Tampoco importa. El tema es solo uno: «no podemos ser menos».

No me atrevo a decir que sean todos los casos, ni siquiera afirmaré que la mayoría, pues me parece irresponsable sin datos que lo corroboren, pero de que un raro elitismo, que raya en la idiotez, se está expresando cada vez más en las relaciones familia-escuela, no tengo dudas.

Gente con muchas necesidades reales se inventa o permite que le inventen otras, ya sean los forros más caros para los libros, la «gastronomía gourmet» para las fiestas o el alquiler de «salones VIP» para una graduación de sexto grado, por solo citar algunos ejemplos que he visto con estos ojos que tengo aquí. ¿Y dónde quedan las esencias? Hace poco más de un mes, debimos vivir una de las celebraciones más importantes y llenas de sentido que hacen tradición en las escuelas cubanas.

Sin embargo, en no pocas aulas, el enorme orgullo de que esta islita se declarara, un 22 de diciembre, el primer territorio libre de analfabetismo en América, el reconocimiento a tanta juventud que prendió la luz del aprendizaje para todos y todas, y a la Revolución que lo hizo posible, incluso el agradecimiento, infinito y merecido, a maestros y maestras que hoy desafían carencias y dificultades para mantenerse enseñando, se diluyó en el sinsentido y la batalla por demostrar quién tiene más que quién, como si eso definiera lo que somos.

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