Código de las Familias: después de la lucha hay que seguir luchando

Ninguna ley va a dar por ganada una lucha que es, al mismo tiempo, un poco —o bastante— contra nosotros mismos, contra la jodida ceguera de nuestros privilegios. Tan blancos algunos, tan machitos, tan de ciudad, tan de academia, tan monstruos también de cierta forma; tan como nos enseñaron

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Sería demasiado ingenuo suponer que un documento legislativo barrerá de un plumazo los estigmas sociales a los que le planta cara. Ninguna ley puede significar fin, sino medio o herramienta, táctica si se quiere, en un camino largo, una lucha, que va en busca de determinado horizonte.

El Código de las Familias no es la excepción. Después de que entre en vigor, como muchas y muchos esperamos, la batalla, casi tan cruda como el día cero, seguirá por que la sensibilidad se imponga ante cinismos, discriminaciones, egoísmos y prejuicios.

La batalla seguirá para que no me resulte tan fácil estamparle un grito a mi abuela o tan expedito descargar frustraciones propias sobre la piel y las emociones de mis hijos e hijas; para que mi amigo no tenga que esconderse de sí mismo en un principio y de sus padres siempre, para que nadie le diga “maricón de mierda”, para que nadie, revirando los ojos, lo insinúe, para que no sienta la necesidad de ganarse a trompadas el respeto que de entrada le toca, para que no arrastre tanto los malditos ojos cuando va por ahí.

Seguirá, sí, la bronca, para que tu padre entienda que su mujer, tu madre, no tararea de  felicidad cuando cocina, limpia, plancha, friega, sirve, cuida… antes y/o después de ocho horas diarias de trabajo —otro— que al final de mes serán remuneradas; para que tu hermano se marche del entrenamiento de pelota —ya le aburre porque el muy malo es el onceno al bate— y pruebe suerte con el ballet y con el judo y con el nado sincronizado y que después, si le viene en gana, se convierta en un genio de la reparación de ollas o en maestro o cerrajero o periodista.

Ninguna ley va a dar por ganada una lucha que es, al mismo tiempo, un poco —o bastante— contra nosotros mismos, contra la jodida ceguera de nuestros privilegios. Tan blancos algunos, tan machitos, tan de ciudad, tan de academia, tan monstruos también de cierta forma; tan como nos enseñaron. Ninguna ley va a dar por ganada una lucha que es cultural y política, más que judicial.

Sin embargo, estas certezas no pueden nublarnos el entendimiento sobre lo mayúsculo de un logro como este Código de las Familias ni de todo el sacrificio que condensan esas cuatro palabras.

Mucho ha tenido que caminar Cuba para llegar a la hora en curso. Habrá quien piense que solo le costó la energía y el tiempo de caminar hasta el colegio, votar e irse… y puede que así haya sido. Habrá quien asuma que se trata de un costo de energía y tiempo de unos pocos años en idas y venidas, entre redactar artículos, explicarlos, escuchar, reconstruir, volver a explicar, comunicar, convencer… y de seguro tiene razón.

Pero, para muchas y muchos, se trata de un costo de energía y tiempo que, mínimamente, puede medirse en la escala de las décadas, en la escala de vidas dedicadas a convertir en sentido común una sensibilidad contrahegemónica; contrahegemónica como, por desgracia, casi siempre es la justicia.

Hablamos de personas que han nadado contra toda clase de corrientes, que han recibido burlas, ataques, desprecios, por cuanto han señalado, antes de que la mayoría lo percibiese, que el camino de ser buenos/as también tenía que pasar por ahí. Les llamaron locos, excéntricos, putas, esnobistas, diletantes. Les dijeron, tal vez, que había cosas más urgentes por salvar. Pero no se cansaron.

Entonces estudiaron y lucharon y sintieron más profundo, más… que el resto, hasta convencer y convencer más aún.

La Cuba de 2022 no es más diversa que la de 1975 ni hoy se violenta más a ancianos, mujeres e infantes que antaño. En todo caso, la Cuba de hoy ha sabido, humilde y dolorosamente, reconocer una diversidad de caracteres por siglos reprimida y castigada, ha sabido reconocer una serie de violencias por siglos normalizada e invisibilizada.

Poco nos valen argumentos que buscan acariciarnos el ego y la arrogancia o que nos tratan de elevar la moral competitiva en quién sabe qué ranking de humo: que si resulta uno de los Códigos más avanzados del mundo, que si somos más democráticos y valientes que no sé cuántos vecinos… No nos importa la hojarasca.

Lo único que nos vale, embriaga y compromete es sabernos y consumarnos algo más justos y justas que ayer. Es una cuestión de justicia… y punto.

Por eso y solo por eso —si todo sale como tiene que salir y antes de lanzarnos a interpretar lo encriptado en altos índices de abstención y en el “no” que encara—, hoy habrá fiesta en todo este archipiélago, aunque mañana, con resaca y todo, nos toque continuar la bronca interminable contra los demonios de turno.

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