Discriminación ¿por transitividad?

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¿Será que una ley matemática  puede explicar algo que sucede entre las personas, en la sociedad? Rogelio cree que sí, pues siendo él un hombre blanco, universitario, nacido y criado en un barrio residencial de La Habana, se ha sentido víctima del racismo: «me enamoré de una mujer negra y guajira, yo juraba que no había racismo en Cuba hasta que se la presenté a mis padres, los mismos que me enseñaron desde pequeño que todos somos iguales, pero no estaban listos para tener nietos mulaticos y sin pedigrí. Yo he sufrido el racismo por transitividad».

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«Mi hijo está sufriendo mucho», me cuenta Olguita, «ya he tenido que ubicar a varias madres que vienen a alertarme de que su mejor amiguito del aula está «flojo» y lo peor es que eso se lo han dicho también a sus niños y estos, que desde prescolar jugaban todos felices, ahora no solo se han distanciado de él, sino que le hacen burlas constantemente. Hace poco, mi hijo les dijo alto y claro que a él no le importa si su amiguito es gay o no, él lo quiere igual. ¿Resultado? Tampoco quieren jugar más con él». El hijo de Olguita sufre discriminación ¿por transitividad?

Mary no es homófoba. Al menos eso me dice y argumenta que ha tenido amistades gay y lesbianas, pero la mayoría de la gente sí lo es, está convencida y en parte lo entiende porque «eso es una preferencia, un gusto de cada cual que hay que respetarlo, pero no es lo natural», por eso no tiene problemas con recibir en la casa al mejor amigo de su hija, lo quiere muchísimo, pero le aconseja a la niña que no esté paseándose con él por todo el pueblo, porque la gente va a pensar que ella es lesbiana y «no es que uno viva con el qué dirán, pero qué necesidad hay de buscarse una fama por gusto».

Un hombre que ha vivido tanto como Angelito, sabeque el amor no tiene edad, ni raza, él mismo tuvo novias, jevitas y amantes de todos los colores, pero «las mujeres son diferentes, cuando una mujer tiene relaciones con un negro y la gente se entera, más nunca se empata con un blanco». Es por eso que no aprueba la relación de su hermana con ese muchacho que sí, «es tremendo pelotero y muy buena persona, pero eso no falla, si la gente se entera, más nunca se empata con un blanco». Después de repetir dos veces la misma frase en menos de tres minutos de conversación me aclara: «yo no soy racista, pero la gente sí».

Son solo algunos ejemplos que se repiten en la vida cotidiana. Rogelio, el hijo de Olguita, incluso Mary y Angelito, están sufriendo discriminación ¿por transitividad? Profesor de Matemática al fin, a mi primer entrevistado le parece una buena metáfora para explicar que el racismo y la homofobia, como cualquier otra forma de segregación, perjudican la tranquilidad tanto de quien la recibe como de quien la ejerce.

Olguita, que es médico, prefiere establecer la comparación con una epidemia, donde nadie está a salvo mientras la sociedad toda no sea inmunizada. La madre de Olguita, que es «una vieja muy moderna», según ella misma, cree que la cosa no lleva tanta poesía y más policía: «yo a la única que se atrevió a hablarme del amiguito de mi nieto le dije que la iba a denunciar por perjurio, difamación, acoso a un menor y todo lo que se me ocurrió en ese momento, pero bueno, a mí ya me dan por loca».

Una los y las escucha tratando de no tomar partido, haciendo un inmenso esfuerzo por ser imparcial, pero es inevitable preguntarse si mañana tendrá que contar una de estas historias en primera persona. Si realmente la discriminación es problema de otros y otras. Si cada vez que naturalizamos los prejuicios, no perdemos una cuota irrecuperable de humanidad.

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