Especiales

La otra historia de Estados Unidos: mitos, falacias y verdades

Vistas: 0

Jorge Hernández Martínez*

Tanto la historia real, cual despliegue objetivo de acontecimientos, como la historia entendida cual ciencia social que la estudia e interpreta, relacionando hechos alejados en el tiempo con situaciones actuales o hallazgos recientes y estableciendo ordenamientos cronológicos, poseen la capacidad de relativizar criterios establecidos previamente, considerados como verdades absolutas. A menudo, han sido los propios hechos los que desafían explicaciones y muestran hasta lo contrario de aseveraciones que la historia oficial de un país –la que reproduce el sistema escolar, desde la enseñanza elemental hasta la universitaria y la que divulgan los medios de comunicación–, presentaba con contundencia, de forma irrefutable. En otros casos, han sido los estudios que, motivados por condicionamientos clasistas, perspectivas ideológicas o intenciones políticas –insatisfechos ante la complacencia intelectual con la que una sociedad se mira a sí misma–, quienes han aportado nuevos referentes analíticos, actuando a contracorriente de lo establecido como autoconciencia nacional.

Lo planteado no hace sino reafirmar la dialéctica del conocimiento, la cual se explica, del modo más sencillo, mediante una metáfora ampliamente difundida: la del viejo topo. Ella habla, como probablemente le resulte familiar al lector, de que en su interminable cavado de túneles bajo la tierra, el pequeño animal siempre acababa asomando la cabeza por algún agujero. Así opera la historia, con su persistente e irrebatible significación, dado el peso de las evidencias y de los ajustes que acompañan sus análisis, al cruzar miradas entre el pasado y el presente.

En Estados Unidos hoy, no casualmente, se está reavivando el debate historiográfico, como ha sucedido antes al acercarse y arribarse a determinadas fechas que son objeto de conmemoración, debido al significado que, por partida doble, han tenido para el acontecer histórico en sí mismo y para la revalorización de los juicios establecidos sobre ello. Este es el caso del año en curso, toda vez que en 2024 se conmemora el centenario de algunos acontecimientos en la historia real norteamericana, cuyas interpretaciones a la luz de la historia que transcurre en la actualidad, aconsejan prestarles alguna atención. Se abre, así, un marco propicio para la confrontación de visiones, siguiendo la mencionada dialéctica del conocimiento. Seguramente, no pocas procurarán apuntalar la mitología de que Estados Unidos es la sociedad perfecta, reproducir las falacias implantadas. De ahí que, como en otras ocasiones, el autor de estas notas aproveche la oportunidad para ir en dirección contraria.

En ocasiones precedentes, ante determinados aniversarios, como sería el 240 de la Revolución de Independencia, en 2016, o el 150 del fin de la Guerra Civil, en 2021, se registró una muy amplia gama de publicaciones, derivadas de indagaciones que aquilataban convenientemente, incluidas algunas con aproximaciones novedosas, el significado de tales hechos para la configuración de la nación como emblema universal de la democracia, la libertad y los derechos humanos, civiles y políticos, dentro del marco de la civilización occidental. Eran las visiones funcionales a la ideología dominante, la de los grupos de poder. Junto a ellas verían la luz otras, con miradas contrastantes, que destacaban lo contrario, en el sentido de que se oponían a tal glorificación del pasado, presentando otra historia de la sociedad norteamericana. Una historia crítica o revisionista, basada en las experiencias de genocidio, etnocidio, despojo, violencia racial, marginación, opresión y exclusión impuesta por la evolución del capitalismo, que no competía en alcance, influencia o aceptación, ni se integraba al consenso prevaleciente.

Recuérdese que el pensamiento social, el cualesquiera de sus manifestaciones, posee un elevado coeficiente ideológico. Como señalaba Lenin, en los marcos de una sociedad clasista no puede existir una ciencia social imparcial. Con tales antecedentes y desde las coordenadas anotadas es que resulta oportuno dirigir la vista a la sociedad norteamericana en 1924.

Al mirar a Estados Unidos cien años atrás, llama la atención que, en la mayoría de los textos acerca de la historia de ese país, la década de 1920 es considerada, indistintamente, como el período de los “alegres veintes”, “felices años veintes” o “años locos”, concentrándose la atención en el auge general que siguió a la Primera Guerra Mundial y en sus implicaciones para la sociedad, sobre todo para el bienestar material. Si bien se trató, en efecto, de un decenio de gran crecimiento económico, en el que se dinamizó la producción industrial y floreció la cultura, debido a los resultados de la Segunda Revolución Industrial y al papel del país –que no sufrió cuantiosos daños en su territorio, como los europeos, lo cual le benefició–, como acreedor de las potencias involucradas en la Primera Guerra Mundial, fue un tiempo de estremecimiento político.

Lo que suele preponderar en los libros de historia y en la literatura que refleja la época, es la visión almibarada, la que presenta la vertiginosa construcción de altos edificios, conocidos como rascacielos, especialmente en ciudades como Chicago y Nueva York, la diversidad cultural que trajo consigo el aumento de la inmigración, la difusión en la música de ritmos como el ragtime, el jazz, el charleston y el tango, la modernización de la moda en el vestir, el estilo art decó en la pintura y la arquitectura, el movimiento de escritores denominado la Generación Perdida, junto a la expansión del consumo de masas, con el impulso de la radio para y el cine, que empezó a ser sonoro en 1927. Como ejemplos, puede mencionarse uno de los edificios más icónicos, el Chrysler, de Nueva York, o a novelistas destacados, integrantes de la llamada generación perdida, como Ernest Hemingway, John Steinbeck, F. Scott Fitzgerald, William Faulkner, John Dos Passos.

Adicionalmente, se inicia en el período la ley seca, que se profundiza luego en el decenio siguiente, que prohibía la comercialización de bebidas alcohólicas en Estados Unidos, trayendo consigo el auge de bares clandestinos y del crimen organizado, lo cual se trata con ambivalencia en los textos referidos, en el sentido de que se condena lo ilegal, pero a la vez, se resalta el efecto, considerado favorable, para la reanimación de espacios de interacción social y del mundo de los negocios. Como elementos llamativos, se presta gran atención al impacto del taylorismo y el fordismo, como como concepciones y prácticas trascendentes en la historia de la administración y la producción industrial. Ambos fenómenos surgieron durante la Segunda Revolución Industrial y tuvieron un impacto significativo en la forma en que las empresas eran gestionadas y los bienes de consumo eran producidos, en la medida en que impulsaron la maximización de la eficiencia a través de la división del trabajo y la especialización de tareas, lo cual propició la producción en cadena o en masa, la reducción de la jornada laboral y de los costos, contribuyendo a que los productos fueran accesibles a un mayor número de consumidores. En el cine, la película dirigida y actuada por Charles Chaplin, Tiempos Modernos, sería un excelente reflejo satírico de la dinámica situación.

La expansión de Estados Unidos en el decenio de 1920 se basó, en resumen, en una profunda transformación productiva dominada por la innovación técnica. Fue la época en la cual se popularizó el uso del teléfono, el automóvil y los equipos electrodomésticos, que solían ser demasiado costosos, hasta que, entonces, se aplicó por primera vez el sistema de la venta a plazos. Esto estimularía el consumo, y con ello, aparecería un ascenso del endeudamiento, asociado a niveles de compra que excedían las posibilidades de muchos consumidores, que se endeudaban por encima de sus posibilidades. Los “alegres veintes” se consideran, en el imaginario estadounidense, como los “mejores” para aquella sociedad, como tiempos de excelente bienestar y de gran optimismo frente al futuro.

Sin embargo, en el período, dicho país fue escenario de expresiones de intolerancia social y de violencia institucional. El hecho histórico, probablemente el más descollante, fue el desencadenamiento de la ola de discriminación que promovió en el mes de julio de 1924 la organización conocida racista, el Ku Klux Klan (KKK), surgida al concluir la Guerra Civil, en 1865, como reacción represiva ante las enmiendas introducidas en la Constitución, que convertían a los esclavos de origen africano en hombres libres y les concedía e derecho al trabajo, al voto, y les hacía ciudadanos. Luego de su auge inicial, que sirvió como caja de resonancia de actos de barbarie, crímenes racistas y linchamientos, marcados por una crueldad desbordada, el Klan viviría una etapa de contracción de actividades y proyección pública, hasta su reaparición, en una mayor escala, orientada no solamente contra la población de piel negra, sino además contra judíos y católicos, en el contexto previo y posterior a la Primera Guerra Mundial.

La citada ola racista se despliega, no casualmente, hace cien años, bajo una sombrilla, política y legal, que amparaba su quehacer, En mayo de 1924, había sido designado director del Buró federal de Investigaciones (FBI), John Edgar Hoover, un sujeto siniestro, que, con profunda xenofobia, posiciones racistas y anti inmigrantes, haría el juego a la estrategia del KKK e  impulsaría, desde su posición dirigente en la citada institución, corazón de la contrainteligencia o policía política estadounidense, una intensa actividad represiva contra los movimientos sociales de orientación radical, de izquierda, progresista o contra hegemónica. Y en noviembre del mismo año, Calvin Coolidge sería reelegido presidente, quién se había desempeñado como vicepresidente del anterior mandatario, Warren Harding, tras cuya inesperada muerte, asumiría el cargo.

A Coolidge se le dio crédito por una economía en auge en el país y ninguna crisis visible en el extranjero, considerándose por los historiadores que represento un momento de «marea alta” del conservadurismo estadounidense, en la medida en que se opuso al papel central del Estado, favoreció el libre mercado, haciendo suyo el eslogan del laissez faire, favoreciendo al mundo empresarial privado y limitando la intervención estatal en la economía y la vida social. Ensalzado a partir de esta posición por los partidarios del neoliberalismo, así como por los defensores del aislacionismo de la política exterior norteamericana, lo cual favoreció, considerándosele como un exponente del conservadurismo tradicional, alejado de la derecha radical, comprometido con la mitología fundacional referida al rol mesiánico mundial de Estados Unidos, y a la consideración del país como la Tierra Prometida. Su primer mensaje al Congreso en el mes de diciembre de 1923, llamó al mencionado aislamiento en la proyección internacional.

En su Discurso Inaugural, afirmó que el país había alcanzado «un estado de alegría raramente antes visto», y se prometió a si mismo mantener el estatus quo. Durante su período de gobierno, que terminó en 1929, sería que, más allá de su retórica a favor de la igualdad racial, tendría lugar el reavivamiento del KKK y en general, de la intolerancia, ejercida con particular énfasis hacia la inmigración. Un hecho sobresaliente en ese marco fue el de la detención poco tiempo antes de los inmigrantes italianos Nicola Sacco y Bartolomeo Vanzetti, que en 1920 habían sido acusados injustamente de un doble asesinato, llevado a cabo de forma despiadada, quienes luego de un prolongado proceso, entre apelaciones y juicios, serían ejecutados en la silla eléctrica en1927. El acontecimiento, expresivo de la persecución contra el movimiento anarquista –reflejado en la literatura mediante la novela histórica escrita por Howard Fast en 1953, en el cine por la película de Giuliano Montaldo, en 1971, y en la música a través de la balada compuesta para el filme como parte de la banda sonora por Ennio Morricone e interpretada por Joan Baez, uno de los principales exponentes entonces de la canción protesta–, se mantiene  en la memoria como símbolo de la intolerancia gubernamental norteamericana, junto a la ejecución por electrocución de los esposos Rosenberg en 1953 y al también amañado proceso legal contra los Cinco Héroes Cubanos, a partir de 1998, que condujo a su injusto encarcelamiento en Estados Unidos.

Desde el terreno del pensamiento crítico en las ciencias sociales, viene al caso mencionar a uno de lo intelectuales sobresalientes por sus contribuciones a la historiografía norteamericana. Howard Zinn, autor de La otra historia de los Estados Unidos, publicada en Cuba por la Editorial de Ciencias Sociales hace veinte años, en 2004, y agotada su venta en pocas semanas. Sus numerosas ediciones en inglés, desde la primera hasta la última, eran sin embargo conocidas en el país, porque los estudiosos entraron en contacto con ellas al difundirse en Cuba y el resto de América Latina, con el apoyo fundamental de editoriales mexicanas, que propiciaron su traducción, impresión y comercialización. A través de donaciones de libros, profesores, estudiantes, periodistas y muchos individuos solidarios o simpatizantes con la Revolución, se dio a conocer el libro de Zinn. A partir de ahí, la obra se extendería con rapidez en los círculos académicos de la región, colocándose frente a las principales corrientes dominantes en la historiografía estadounidense, de orientación burguesa, ampliamente divulgadas hasta entonces a través de los libros de texto y de otras representaciones culturales que fijaban una visión sesgada de Estados Unidos, promovían sus valores y mitos, y legitimaban al imperialismo.

Así, ante los enfoques tradicionales que escribían una historia norteamericana de arriba hacia abajo, basada en las acciones de figuras o personalidades ilustres articuladas, difundiendo falacias sobre la democracia norteamericana y desdibujando el proceso de desarrollo del capitalismo en el poderoso Vecino del Norte, emergía una nueva manera de asumir la historia, de abajo hacia arriba, con antecedentes tempranos en las décadas de 1960 y 1970, pero que no cristalizan sino al finalizar esta última y comenzar la siguiente. Bajo el liderazgo intelectual de Howard Zinn y de algunos otros, como la nueva historia, con el signo del pensamiento crítico, narraría las vivencias de aquellos a los que se les negó la voz en el pasado o, dicho de otro modo, interpretaría la historia de la gente sin historia. Se trataba de una corriente de tradición marxista, que tomaba en cuenta a los sectores marginalizados, excluidos, explotados, segregados, a los olvidados: el movimiento obrero, la población negra, las mujeres, los indios, los chicanos, los grupos de origen asiático, mediante una lectura que revelaba la lucha de clases, las relaciones reales de explotación y dominación.

Como es conocido, Zinn fue mucho más que un historiador. Fue un creador comprometido con su tiempo, que podría ser considerado como genuina expresión del intelectual orgánico que definió el luchador revolucionario italiano, marxista y comunista, Antonio Gramsci.

Ante todo, fue un destacado activista político, un referente de los movimientos sociales en defensa de los derechos civiles y pacifistas en la sociedad norteamericana. Al momento de morir, de un ataque cardíaco en marzo de 2010, cuando viajaba por California, tenía 87 años y era profesor emérito del Departamento de Ciencia Política de la Universidad de Boston, donde enseñó entre 1964 y 1988. Su trayectoria profesional comprendía un sostenido desempeño en el periodismo como columnista en diversos medios de la prensa escrita y como dramaturgo, aportando obras teatrales y críticas de arte.

Nacido en Brooklyn, en 1922, en una familia de inmigrantes judíos, se educó en la Universidad de Nueva York y en la Universidad de Columbia, donde recibió su doctorado en historia. Trabajó como profesor en Spelman College, una universidad para mujeres negras, en la racista ciudad sureña de Atlanta, hasta su traslado para la Universidad de Boston.

En un artículo publicado en el rotativo mexicano La Jornada a raíz de su fallecimiento, el conocido periodista David Brooks señalaría que Zinn había dicho en un discurso pronunciado en Baltimore en los años de 1960 que “el problema no era la desobediencia civil, sino la obediencia civil”, durante un acto al cual acudió en lugar de presentarse ante un juez para ser sentenciado por sus acciones contra la guerra en Vietnam.

Después, cuando regresó a la Universidad de Boston, la policía lo esperaba para arrestarlo. Veterano de la Segunda Guerra Mundial, donde participó en los bombardeos aéreos contra Alemania, Zinn regresó después del conflicto para ver la destrucción que se cometió y desde entonces decidió que se opondría a la guerra. En ese contexto es que se inicia en las luchas del movimiento de derechos civiles, alentando a sus estudiantes a participar en él, siendo entonces una de ellos la joven Alice Walker, quien mantendría una larga amistad personal con Zinn, y que posteriormente sería la conocida activista y autora de la novela El color púrpura, llevada al cine con una versión magistral por Steven Spielberg.

Según referiría Brooks, en lo que tal vez fuera la última contribución de Zinn a un medio de comunicación, el historiador escribiría unos párrafos para The Nation sobre el primer año de gobierno de Barack Obama, donde expresaba: “No me ha decepcionado porque no esperaba mucho de él. Esperaba que fuera un presidente demócrata tradicional. En política exterior, eso es poco diferente a un republicano: nacionalista, expansionista, imperial y bélico. La gente –añadía Brooks– está impresionada por la retórica de Obama, y creo que ya debería entender que será un presidente mediocre, lo cual significa un mandatario peligroso, a menos que se presente un movimiento nacional para empujarlo en una dirección mejor”.

Para el profesor argentino Fabio Nigra, especialista en historia de Estados Unidos en la Universidad de Buenos Aires, Zinn fue un exponente destacado de una serie de historiadores comprometidos con su pueblo, en particular en los Estados Unidos. Así, señalaría: “Es como si hubiera sido un historiador del Tercer Mundo inserto profundamente en el aparato académico norteamericano, poniendo en evidencia de forma sistemática las prácticas imperialistas, racistas y escasamente democráticas de su clase dominante, perspectiva ideológica que contradice claramente la visión hegemónica dentro de las grandes universidades estadounidenses”.  

Es importante precisar que la obra de Zinn debe comprenderse a partir de elementos que remiten a una veintena de años antes. Es decir, el origen de sus ideas se inscribe en el contexto de los conflictos sociales y políticos de las décadas de 1960 y 1970, que terminaron con el optimismo político de no pocos historiadores norteamericanos, debido a la ola de movimientos sociales de los famosos sixties (los 60s).

Este punto de vista es compartido, en líneas generales, en numerosos estudios sobre el período, donde se distingue a aquella Nueva Izquierda por su crítica a la corriente historiográfica del consenso, centrada en el Estado y la identidad nacional de los Estados Unidos. Fue así que la propuesta de reconstruir la historia norteamericana a través de una nueva perspectiva, asumía como objeto de estudio, según ya se apuntó, a los grupos excluidos por la historia oficial: obreros, campesinos, mujeres, grupos étnicos minoritarios, regiones y comunidades tradicionales. De ahí que, como también quedó anticipado, a esta nueva orientación de los historiadores se le conoció como exponente de una historia “desde abajo” y que el campo intelectual donde floreciera tal punto de vista fuera el de la historia social. De modo que la nueva historia social norteamericana (la que para Zinn sería “la otra historia”) vendría a ser como una reacción en contra de la historiografía burguesa tradicional, centrada en las élites, en la esfera de la política circunscrita a sí misma, desconocedora de la lucha de clases, y alejada de la economía, la cultura y el pensamiento social en su sentido más amplio.

Mientras que en Estados Unidos y en círculos intelectuales que ven con admiración al poderoso Vecino del Norte se recuerda con cierta nostalgia el período de los “alegres años de 1920”, vale la pena tener presente la mirada desmitificadora de Zinn.

*Investigador y profesor universitario.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *