Martí, y los pies desnudos

Es maravilloso descubrir como José Martí, un hombre consagrado a la independencia de Cuba, dedicase parte de su escaso tiempo a la educación de las niñas y los niños de su época, cautivándolos con novedosos argumentos desde las páginas de su genial obra literaria.

Sin lugar a dudas nuestro Apóstol es reclamante protector de los “príncipes enanos”. Una actitud devenida de la infinita sensibilidad humana de este ser extraordinario, quien llegara a manifestar: “Lo que importa es que el niño quiera saber”, evadiendo con esta frase la alusión a cualquier sacrificio probable.

Una cuestión preponderante en el pensamiento martiano es la reiterada alusión a los pies desnudos, o descalzos de los pequeños. Basta seguir un orden cronológico, revisar en su obra a partir del año 1882, y comenzar por los versos de “Mi Caballero”, inspirados en su hijo José Francisco Martí y Zayas-Bazán, pertenecientes al poemario “Ismaelillo”.

       Ebrio él de gozo,         
de gozo yo ebrio,
me espoleaba
mi caballero:
¡Qué suave espuela
sus dos pies frescos!
¡Cómo reía
mi jinetuelo!
Y yo besaba
sus pies pequeños,
¡Dos pies que caben en solo un beso!

El gozo, la alegría y los pies menudos de su hijo evocan en Martí todo un mundo de sensibilidad infinita en amalgama de sentimientos de padre y poeta. Basta leer cada verso para descubrir la impronta de un hombre que escapa a su  tiempo para hacerse eterno en su obra literaria.

Sin embargo, el amor de Martí por las niñas y los niños va más allá de su paternidad para manifestarse en la genialidad descriptiva literaria. Así en las Obras Escogidas, en el Tomo II, del artículo Escenas Neoyorquinas…Los vendedores de diarios (octubre de 1888) puede leerse: Hay un padre en Nueva York que suele llevar a su hijo de cinco años a que vea cómo batallan por la vida los niños pobres; y como nunca se ve esto mejor que a la hora de vender los diarios de la tarde, por allí suelen ir padre e hijo cogidos de la mano…[ ]…El vendedor de los diarios deja caer su fardo del mil periódicos, al pie de un farol. Y arrodillado en el fango, va contando a media luz. El compradorzuelo espera ansioso, con la mano tendida. Un real, veinte periódicos. Y echa a correr: “¡Extra, Extra!” Va descalzo, a medio pantalón, sin chaqueta, sin sombrero…[ ]…Y al piadoso, que regala dos números de sus diez a un angelito que lo mira triste, con su carita de color de concha, y la saya rota, y el pantalón en la cabeza, y sin zapatos…

De julio de 1889 es el cuento “Bebé y el señor don Pomposo”, que forma parte de la publicación para niños “La Edad de Oro”, y donde el Apóstol retoma la imagen de los niños descalzos vendedores de diarios: Bebé y Raúl han hecho hoy muchas visitas…[ ]…han ido a la calle de los periódicos, a ver cómo los niños pobres que no tienen casa donde dormir, compran diarios para venderlos después…

 
Por medio de esta narración Martí nos revela mucho más de lo que nos dice a través de la óptica ingenua del niño. Nos ofrece un cuadro costumbrista de la sociedad clasista burguesa de fines del siglo XIX, donde existen niños hambrientos y descalzos que venden periódicos para sobrevivir, y niños ricos como Bebé.

También hay ricachones vanidosos como el tío don Pomposo, que solo puede ofrecer su fortuna material, carente de valores humanos, sin embargo cuando regala algo lo hace a quien tiene tanto o más que él, nunca el obsequio deviene acto generoso.

Así Martí, con asombrosa validez, unas veces emplea el estilo indirecto del narrador y otras monólogos directos e ingenuos del niño, para revelar cosas esenciales por medio de detalles hasta llevarnos por último a un clímax dramático en el que Bebé toma una decisión que es una verdadera catarsis.

Un mes más tarde, de agosto 1889 datan “Los zapaticos de rosa”, uno de los poemas más emblemáticos de “La Edad de Oro”, donde Martí

desviste los contrastes entre la pobreza extrema y el lujo: la generosidad y la bondad de Pilar, una niña movida por la compasión que la impulsa a despojarse de sus objetos valiosos.

Frente a los pies desnudos de la niña, Pilar recuerda los muchos zapatos que posee y le regala los suyos, los de rosa, en una enseñanza de ternura social con la niña en situación protagónica en los roles de sujeto y objeto, en un contexto marcado por la sensibilidad:

Con sus dos brazos menudos                                                    
Estaba como abrazando;
Y yo mirando, mirando
Sus piececitos desnudos.

—“¡Se parece a los retratos
Tu niña!”—dijo:—“¿Es de cera?
¿Quiere jugar? ¡si quisiera!…
¿Y por qué está sin zapatos?”

Mira, ¡la mano le abrasa,
Y tiene los pies tan fríos!
¡Oh, toma, toma los míos,
Yo tengo más en mi casa!

¡No sé bien, señora hermosa,
Lo que sucedió después;
¡Le vi a mi hijita en los pies
Los zapaticos de rosa!

Todas estas apreciaciones martianas validan la infinita compasión que le provocan los infantes pobres. El Apóstol las retoma una vez más en “La última página” (octubre de 1889), de la revista  “La Edad de Oro”, cuando escribe: “…los niños que no tienen padre, los niños que no tienen quien les dé velocípedos, ni caballo, ni cariño, ni un beso…”

En “La exhibición de flores”, un artículo compilado en el texto Martí en la universidad, en su Tomo IV, el Apóstol describe, como solo él sabe las penurias de los chicos pobres: “Los pilluelos peroran en las esquinas, con los diarios bajo el brazo, la colilla pegada al rincón de la boca, y la nariz al viento, mientras abra las puertas algún caserón hospitalario, donde habrá pavo y pastel hasta morir, y “¿quién sabe, Jim, si nos dan para este frío terrible algún chaquetón viejo?” “¡Brrr, Jim, que se me hiela este pie descalzo!”

Sus Versos Libres no escapan a los pies desnudos, en la poesía “Media noche” puede leerse:

¡Oh, sed de amor! Oh, corazón prendado

De cuanto vivo el Universo habita:
Del gusanillo verde en que se trueca
La hoja del árbol; del rizado jaspe
En que las ondas de la mar se cuajan;
De los árboles presos, que a los ojos
Me sacan siempre lágrimas; del lindo
Bribón que con los pies desnudos
En fango y nieve, diario o flor pregona.

Martí, una y otra vez retoma la imagen de los infantes pobres, desamparados por una sociedad excluyente, incapaz de ver en las niñas y los niños “la esperanza del mundo”. Solo un hombre de su intelecto, bajo ningún concepto ignora los valores humanos asociados a la necesidad de luchar para alcanzar una sociedad donde se distinga y proteja su mayor tesoro los “príncipes enanos”.

Es nuestro Apóstol quien con infinita ternura ama los pies desnudos de su hijo y clama con vehemencia por los pequeños con pies descalzos… “¡Padre, oh Dios, para todos los huérfanos! ¡Zapatos, oh Dios, para todos los descalzos!”

Fuente:
-Investigación del Prof. Diego Esteban Valdés Pérez.

Imágenes tomadas de Internet

Yudith Delgado

Yudith Delgado

Periodista, guionista y directora de programas radiales. Amante de mi familia y de Caibarién.

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