Cuentos de la fonda

fonda-caibarien-cuba

Mi papá fue analfabeto hasta el triunfo de la Revolución, en que alcanzó noveno grado. Mi mamá solo llegó a segundo grado, porque mi abuelo decía que las mujeres con saber leer y escribir tenían.

Papá era un hombre honesto y trabajador, pero pobre, muy pobre. Gran parte de su vida la pasó durmiendo en el bote en que pescaban, porque no tenían casa donde pernoctar cuando “estaban en tierra”.

De pescador se convirtió en cocinero, aprendió con un tío suyo llamado Ladislao que tenía una fonda, y comenzó a trabajar en ella. Pero un mal día agarró un fuerte catarro, de esos que periódicamente nos atacan como los ciclones, y como su primera esposa había muerto enferma de tuberculosis, él extremó los cuidados. Cuando se fue a incorporar a la fonda del tío, ya habían puesto a otra persona por él. Así eran las cosas entonces.

Luego mi tío Ángel Luis le consiguió trabajo en un astillero como calafate. El calafate, para quien no lo sepa, es la persona que se encarga de introducir pabilo ligado con masilla en las junturas de las tablas con que se construyen los botes y chalanas; a fin de que no les entre agua. Pero ese trabajo había que hacerlo con una trincha y una maceta de madera, y había que tener buen tino y experiencia para no lastimarse, cosas que escaseaban en papá, sus pobres dedos siempre estaban maltratados.

Luego se incorporó a un barco mercante. La Estrella de Honduras que iba a Florida, cargaba madera para un aserrío en Caibarién y después iba a Belice y cargaba plátanos para la Florida. Todo andaba bien hasta que un día, navegando en el río Missisipi, por causa de una gran niebla, un carguero petrolero “paso por ojo” al pequeño mercante, y allí quedó, envuelto por el limo del río. Los tripulantes se salvaron todos y volvieron a sus tierras, pero quedaron sin trabajo.

Entonces la suerte sonrío, y una buena mañana me invitó a acompañarlo a una citación que le había hecho una persona a quien no conocía. Nunca averigüé porqué me llevó, quizás por el hecho que ya yo sabía leer y escribir y él no, no sé. El caso es que llegamos a casa del hombre que se llamaba Juan Tomás, y luego de los saludos le dijo directamente:

Mire, yo sé que usted es un hombre honesto, he pedido informaciones y todas son buenas. Le propongo un negocio. Aquí al lado de casa tengo un local que era un bar, pero fracasó. Sé que usted es un buen cocinero. Le propongo poner una fonda, yo corro con todos los gastos. Usted pone lo que puede, y al final de mes, después de pagar lo que debemos, las ganancias las repartimos entre usted y yo. Era un negocio perfecto. Hasta yo brinqué en el asiento al enterarme.

Bueno, papá puso para el empeño un fogón de carbón con cuatro hornillas que al tiempo hubo que cambiarlo por otro más moderno; dos o tres cazuelas, su talento gastronómico, y todo, casi todo su tiempo, porque excepto el jueves, los demás días de la semana se levantaba a las cuatro de la mañana y empezaba a trabajar. Luego, en la tarde, iba a la casa a bañarse y a buscarme, porque ya había salido del colegio y debía ir a ayudarlo.

Así cambió nuestra pobre vida para una más holgada, y aprendí, con muy pocos años, a servir una mesa que tenía un menú de unos setenta platos diferentes. Llegué a hacerlo tan bien que a veces hasta buena propina me buscaba.

Pero esa es otra historia que en otra ocasión la cuento.

Foto tomada de Internet

Emilio Comas Paret

Emilio Comas Paret

Escritor y periodista cultural, con diez títulos publicados, galardonado con varios premios nacionales y dos menciones internacionales. Nacido en Caibarién en el 1942 y miembro de la UNEAC.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

SI NO ERES UN ROBOT RESUELVE ESTO **Cargando Captcha...