Los borrachos del barrio

borracho-puerto-arturo-caibarien-cubaPuerto Arturo es el barrio de los pescadores en Caibarién. Nunca supimos el porqué del nombre, alguien dice que en semejanza era más bravo que la batalla de Port Arthur, cuando la Primera Guerra Mundial, y de ahí el patronímico.

Y en Puerto Arturo había un grupo de borrachos consuetudinarios que deambulaban de casa en casa buscando algo que hacer para conseguir las monedas que les permitiera mantener su eterna borrachera con cuatro o cinco nuevos tragos de aguardiente Celo, a cinco centavos la copa.

Dicen los profesionales que se ocupan de eso que los alcohólicos beben para escapar de su realidad, y aprovechando la euforia que en sus primeros momentos provoca el alcohol, mantenerse en otra realidad, más amable que la primera.

Y la realidad del barrio era terrible.

Recuerdo varias familias que mal vivían, con sus hijos, (contemporáneos conmigo), famélicos, llenos de parásitos y lo que entonces le llamaban “nacíos”, que no era otra cosa que impétigo, que todos lo padecíamos, porque se contagiaba como el catarro, y se mejoraba con baños de cáscara de mangle colorado hervido.

Mi memoria se detiene en personajes como Mediopeje, nuestro vecino, muy amigo de mamá, que en pascuas pintaba la casa con lechada, botaba las basuras, limpiaba el patio trasero, podaba los árboles y otros menesteres por unos centavos. Cuando su mujer Josefina lo increpaba por su borrachera, le respondía en una media lengua: ¡Nega, no me joda que me voy a embodachar! Y ya andaba con “cuatro tablas bajo el agua”, como se dice en el barrio.

Ñico Mestril vendía pichones de corúas que buscaba en los cayos. Cuando ya contaba cinco aguardientes entre pecho y espalda, y cansado de pregonar por el barrio sin lograr negociar un animal, se paraba en las puertas de las casas más pobres y gritaba: ¡Coman pichón de corúa, carajo!  y lanzaba los animales hacia adentro. Por cierto, que muchos de mis vecinos hambrientos se alegraban de estos aspavientos aguardentosos.

A Cañandonga no se le entendía lo que hablaba, era como una salmodia en otro idioma, pero los muchachos le dábamos una moneda de cinco centavos y agarraba una rana del charquero y se la comía viva. Con la moneda, ya saben.

Juruminga andaba dando tumbos como un barco azotado por la tormenta, balbuceaba frases incoherentes y cuando lo mortificábamos, nos miraba con sus ojos muy azules, pero también muy llenos de odio y soltaba una jerigonza en algo parecido al sánscrito.

Bonifacio era un negro alto y fuerte, había sido estibador del puerto, pero el alcohol lo tenía enloquecido. Decía que era sargento de la Guardia Rural, y los simpáticos le habían hecho unos grados falsos que se cosía en cada manga. Cuando la tropa nuestra quería correr en serio, solo había que gritarle: “Bonifacio…apapipio…chivato” y nos caía detrás. Corría como un ciclón y había que apurarse, porque de agarrarte, la podías pasar mal.

Y un día muere Juruminga.

Este personaje había trabajado con los barcos chinchorreros como buzo, y existía la leyenda de que tenía tres minutos de resuello, esto es, que zambullía y podía estar tres minutos bajo el agua sin respirar. Su oficio era zafar la red cuando se trababa en una piedra del fondo marino.

Y entonces no existía la costumbre de velar a los muertos en la funeraria, además de que costaba hacerlo. Entre los vecinos se reunió, centavo a centavo, el dinero exacto para comprar el servicio funerario (el muerto no tenía familia, como era usual en casi todos estos casos), y se veló en el cuarto de pescado de Ñico el Puto.

Por supuesto que todos los cófrades del muerto estaban en el velorio, y por supuesto también que encima del cajón fúnebre descansaba una botella de aguardiente de la cual todos se servían, y cuando se acababa llegaba otra y así eternamente.

Ya en la alta noche, después de haber hablado de mareas, ciclones, mangas de viento, cuentos de aparecidos, y tesoros escondidos en los cayos, alguien pidió silencio y comenzó este extraño discurso:

“Correligionarios: ha muerto un hombre de bien. Un hombre que fuera trabajador de chinchorros por muchos años, y el mejor buzo que ha tenido el puerto, el de más resuello, el hombre sin miedo a enfrentarse a una picúa enmallada y hasta una vez se fajó con una tintorera dentro del copo. Fue un hombre de la mar. Vivió en la mar y debe ser enterrado en la mar”

Y con la misma, como a una orden, cuatro le echaron garra a la caja, y dando tumbos la sacaron del cuarto de pescado y empezaron a caminar hacia la orilla del mar, hacia lo que entonces le llamábamos eufemísticamente El Malecón, para fondear al muerto.

El mar en esa zona tendría tres o cuatro pies de profundidad, al punto que era la playita en que nos bañábamos cuando aún no habíamos aprendido a nadar.

Por suerte El Malecón quedaba a dos cuadras del cuarto de pescado, y ya casi llegando a la orilla la comitiva, se apareció un carro patrullero de la policía e impidió el singular “entierro” marino. Alguien desvelado, que había visto pasar al cortejo fúnebre, llamó a la Jefatura y vinieron los guardias.

Disciplinadamente los borrachos dieron marcha atrás con la caja, volvieron al cuarto de pescado, y siguieron velando al muerto, acompañados del aguardiente, hasta la mañana siguiente en que Juriminga fue llevado al cementerio, como era de esperar.

Fotos tomadas de Internet

Emilio Comas Paret

Emilio Comas Paret

Escritor y periodista cultural, con diez títulos publicados, galardonado con varios premios nacionales y dos menciones internacionales. Nacido en Caibarién en el 1942 y miembro de la UNEAC.

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