El baseball y la Nube de Collado

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Cuando era niño me gustaba practicar deportes como a casi todos los niños.

A pesar de mi baja estatura jugué baloncesto en el Instituto, y alguna vez gané un primer lugar en una competencia provincial de campo y pista, corriendo los 400 metros planos; pero donde nunca pude destacarme en verdad, a pesar de intentarlo una y otra vez, fue en la pelota. No era mal fildeador y bateaba duro por el cuadro, pero mi brazo siempre andaba de capa caída. Es decir, no sabía tirar duro, nunca aprendí y nunca pude hacerlo bien. Por eso, generalmente, me ponían a jugar segunda base.

Mi retirada definitiva del baseball sucedió de manera patética, y jamás la voy a olvidar.

Entonces estudiaba el primer año de bachillerato en el colegio “La Progresiva” de Cárdenas. Aprovechando la casualidad de que cumplo años a mediados del mes de diciembre, y ante mi interés de integrar el equipo de baseball menores de trece del colegio, y como  no cumplía los catorce hasta fin de año y por supuesto, que era más viejo y más corpulento que los otros muchachitos; me gané un puesto en el banco del equipo.

Eran impresionantes los campeonatos que se jugaban con otras escuelas de La Habana, y la cantidad de público que movían.

Y ese día estábamos jugando contra el Colegio Academia Pitman, discutiendo el campeonato, y con las gradas llenas hasta el tope de alumnos y familiares.

Entonces me sucedió lo clásico.

Hay que decir que en muchas ocasiones,  a lo largo de la vida, me he visto en situaciones desesperadas, pero quizás esta es la que más me ha impresionado. El asunto  fue que el juego estaba en el noveno inning, con dos outs,  y ganando la Pitman por una carrera. Nosotros teníamos las bases llenas y entonces me sacan de bate emergente. Quizás porque era más grande que los demás, o porque de vez en cuando bateaba alguna buena línea, el caso es que el entrenador pensó en mi, y antes de lo que canta un gallo, me vi en el home, meneando el bate y aturdido por los aplausos que venían de las gradas.

Y sucedió la hecatombe: el pitcher me lanzó tres pelotas por el centro, a las cuales les hice swing de manera desganada y me ponché. El alarido que salió de las gradas nunca se me va a olvidar. En la escuela todos teníamos nombretes y a mi me decían Tembleque, nunca supe por qué. Aquella tarde infausta,  mientras me alejaba hacia el dogout sentía clarito la voz de un coro que decía: “Tembleque hijoe….”. Impresionante.

Pero la primera idea no era hablar de mi mala condición de pelotero, sino contar  la saga de Collado y su nube, una historia que papá nos hacía cuando aún éramos pequeños.

Resulta que en Caibarién se practicaba la pelota en un terreno baldío que había en las afueras del pueblo, frente al cuartel de la Guardia Rural, y papá jugaba con un team del barrio de Puerto Arturo que capitaneaba un guajiro de apellido Collado, quién era más fanático de la pelota que el que más fanático fuera.

Entonces andaban por el séptimo inning,  los dos equipos empatados, y en eso empieza a llover, más bien a lloviznar. Los peloteros se refugiaron bajo unos árboles y algunos empezaron a recoger sus cosas para irse. Pero Collado les dijo. ¡no se vayan caballeros, que esto es una nube pasajera!

Dicen que estuvo lloviendo cuatro días con tres noches.

Todavía los más viejos cuando ven una nube oscura en el cielo, recuerdan y dicen: no se vayan que esa es la nube de Collado.

Emilio Comas Paret

Emilio Comas Paret

Escritor y periodista cultural, con diez títulos publicados, galardonado con varios premios nacionales y dos menciones internacionales. Nacido en Caibarién en el 1942 y miembro de la UNEAC.

2 comentarios sobre “El baseball y la Nube de Collado

    • Yudith Delgado
      el 5 julio, 2018 a las 7:03 pm
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      Gracias Daily, es un placer y una fortuna para el portal web de Radio Caibarién contar con la colaboración del reconocido escritor caibarienense Emilio Comas Paret. Le invito a seguirnos porque próximas crónicas se publicarán. Una vez más gracias.

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