No toda noche es el fin

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El escritor caibarienense Emilio Comas Paret reflexiona sobre la soledad y el miedo en la vejez, en su más reciente libro.

A Emilio Comas Paret (Caibarién, Villa Clara, 1942) no se le descubre solo con la lectura, como normalmente sucede con los escritores, ni se le conoce como a los hombres. A él se llega como el entomólogo al milagro de la nueva especie bajo la piedra milenaria: con la inesperada virtud de la ignorancia.

Quizá sea porque sus libros aparecen poco en las librerías del país, y porque las nuevas generaciones de lectores cubanos generalmente prefieren obras extranjeras en vez de textos con claves para configurar su propia realidad; porque de la realidad, sus versiones, trata Enfrentando la noche, última recopilación de sus cuentos, publicados por Ediciones Cubanas de Artex. Ocho historias, teselas de una pieza mayor en el tiempo de un hombre que irónicamente, sobre sí mismo, ensaya un monólogo con la vejez.

Al igual que en otras obras suyas, dígase Desconfiemos de los amaneceres apacibles o La agonía del pez volador, la trama se construye desde la supervivencia del individuo en un medio hostil. Como antes la experiencia bélica en Angola, o la irreverencia del mar; la muerte es, asimismo, un territorio ignoto. Y aquí su acierto reflexivo: en la mala hora todo ser humano es la respuesta a cada pregunta, y las consecuencias de sí mismo.

Este es un libro de miradas vueltas, al fin, una summa de un narrador a quien ahora toca la reminiscencia: la fijeza de la guerra en la memoria, del amor y los fantasmas (sus personajes) que, desde allí, luego le habitan los sueños; espacio de clarividencias que escenifican la muerte.

El uso de la primera persona, característica de la literatura de este autor, lleva los relatos a un diálogo íntimo que traspasa la voz de los personajes y la fusiona con el pesar del escribidor ante el paso de los años. Tampoco hay, en el lenguaje, limitantes para lo erótico y así, en uno de los relatos el sexo surge, con toda la tenuidad de sus posesiones, sobre sus posesores: sin ropas, y sin apariencias.

La sinceridad es el recurso inicial de la buena literatura, decía Hemingway. Y estos cuentos, incluso los puramente imaginativos, tienen ese tono sincero como la voz del miedo en el momento final, cuando mejor se explica su naturaleza.

Morir es, en las páginas de Enfrentando…, un festín innombrable. Así lo entiende Comas y utiliza la vejez como argumento temporal. En estos cuentos la senectud es la ventaja de quien ha llegado primero y desempolva el camino en la subida. A cada cual tocará escalarlo luego, con la lectura.

Si la muerte es la noche, entonces este libro es un manual para enfrentarla con una prosa limpia, directa como un disparo de luz a la nocturnidad que acusa a estas historias donde lo humano subraya sus propias condiciones. Así, quien lea ha de saber que vida, amor y muerte se trenzan, hilos invisibles, con las horas; y en un sillón quebrado –entre las manos las hebras–, un hombre espera…

Por: Randy Cabrera-Díaz

Fotos: Cortesía del entrevistado

Yudith Delgado

Yudith Delgado

Periodista, guionista y directora de programas radiales. Amante de mi familia y de Caibarién.

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