Patria chica…mi Caibarién

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La piel que habita lleva las marcas del agua del mar, del salitre furibundo, ese que deja sus huellas en una piel tostada y bendecida por el reino de Tritón. De niño solía jugar a las escondidas, allá en su natal zona pesquera y de allí no pudo desprenderse. Es como si el alma se le hubiese quedado cubierta entre el olor a pescado y sal.

Todas las mañanas sale en su barquito y tiene días buenos y algunos malos. Bueno, salía todas las mañanas, hasta el fatídico 10 de septiembre, en que al ver los destrozos de su Caibarién, prefirió recogerse. No esconde el desasosiego ante la fatalidad.

Tiene la edad que dibuja su rostro, a pesar del curtimiento de su piel. La callosidad de sus manos, según él, denota su capacidad de trabajo. Por eso, hoy busca en tierra lo que antes le destruyó el mar. Pues a él, hombre de pocas palabras y buen trabajador, el huracán Irma lo dejó sin nada.

La zona pesquera de Caibarién es uno de los lugares que más sufrió ante los embates del poderoso meteoro que asoló a la costa norte cubana. Por su cercanía al mar, muchas de sus edificaciones cercanas, sobre todo, las casas de familia, recibieron los perjuicios de este evento meteorológico.

No es la primera vez que este pueblo, ubicado a más de 50 kilómetros de Santa Clara y con grandes perspectivas para el turismo, sufre las consecuencias de un ciclón tropical. Antes lo hicieron otros como el Kate, en 1985, o el Lily, en 1996, pero, ¡qué va!, la pasión de Irma por la destrucción ha minimizado los daños de sus anteriores.

Si existe un pecado capital en estas tierras debe ser el de visitarlos sin ir al mar o la playa simplemente, a pesar de que la playa de Caibarién no es la mejor del mundo, de hecho, ni por discreción se le acerca. Sin embargo, era la playa de muchos que podían llegar hasta ella, y se sentían felices. Era también la playa para algunos que la hicieron su vida y la utilizaban para beneficio propio. Hoy es el lugar más feo de la Villa Blanca.

Como dirían algunos, Caibarién duele, y duele por el amor que se le ha cogido en esta tierra. Duele porque son personas las que perdieron un mar de cosas. Duele, porque la tristeza duele, y hay niños que aun no van a la escuela, ni tienen corriente, ni juguetes, ni zapatos. Porque los adultos sacan los colchones en aras de que se sequen al sol, y no tienen agua. Duele porque en un final, una isla tan pequeña y tan pobre no debe pasar por estos tormentos, ni hacer movimientos con sus escases cual juego de ajedrez.

Sin embargo, él está ahí mirando al mar por ratos. Distraído. Tal vez pensando en la fuerza destructora de esas olas que hoy se ven tan mansas. No conoce de otras penas porque se conforma con las suyas y las de sus cercanos. Caibarién es su patria chica y hoy a ella se debe.

Reporte: Luis Yaim Martínez Acebal/lmacebal@telecubanacan.icrt.cu

Tomado de Telecubanacán

Yudith Delgado

Yudith Delgado

Periodista, guionista y directora de programas radiales. Amante de mi familia y de Caibarién.

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